The Project Gutenberg EBook of Memorias de un Hombre de Accin: #6 La Ruta
del Aventurero, by Po Baroja

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Title: Memorias de un Hombre de Accin: #6 La Ruta del Aventurero

Author: Po Baroja

Release Date: December 20, 2015 [EBook #50726]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIN ***




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  Nota del Transcriptor:


  Se ha respetado la ortografa y la acentuacin del original.

  Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

  Pginas en blanco han sido eliminadas.

  Letras itlicas son denotadas con _lneas_.

  Las versalitas (letras maysculas de tamao igual a las minsculas)
  han sido sustituidas por letras maysculas de tamao normal.




                              PO BAROJA

                    MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIN


_El aprendiz de conspirador._

_El escuadrn del Brigante._

_Los caminos del mundo._

_Con la pluma y con el sable._

_Los recursos de la astucia._

_La ruta del aventurero._

_Los contrastes de la vida._

_La veleta de Gastizar._

_Los caudillos de 1830._

_La Isabelina._

_El sabor de la venganza._


                        LA RUTA DEL AVENTURERO




                             ES PROPIEDAD
                          DERECHOS RESERVADOS
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                          RAFAEL CARO RAGGIO
                                 1921


  Establecimiento tipogrfico
  de Rafael Caro Raggio




                              PO BAROJA


                    MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIN


                              LA RUTA DEL
                              AVENTURERO

                                NOVELA


                            [Ilustracin]


                          RAFAEL CARO RAGGIO
                                EDITOR
                            MENDIZBAL, 34
                                MADRID




                                PRLOGO


ESTAS dos historias, _El Convento de Monsant_ y _El Viaje sin objeto_,
parece que fueron escritas, hace aos, por un ingls, J. H. Thompson,
que vivi mucho tiempo en Mlaga, donde se dedicaba al comercio de la
uva.

Algunos dicen que el tal ciudadano no se contentaba con el comercio del
susodicho gnero al exterior, sino que lo consuma tambin en zumo y al
interior; pero esta debe ser una de tantas calumnias que se ceban en
los hombres de aspecto y costumbres distintos de la generalidad.

Como ver el curioso o indiferente lector, en las dos narraciones
thompsonianas aparece nuestro hroe Aviraneta de una manera un tanto
episdica.

Quiz los aviranetistas cientficos o aviranetistas de la ctedra nos
pregunten: Qu garantas tiene ese J. H. Thompson como historiador
veraz? Qu grado de certeza pueden conceder a sus afirmaciones las
personas serias y sensatas? Lo ignoramos.

Por ahora, a pesar de haber revisado todos cuantos diccionarios
enciclopdicos han cado en nuestras manos, no lo hemos visto citado
entre los Bossuet, los Sols, los Macaulay, los Cant, los Thiers
y otros grandes historiadores, magnficos por su elocuencia, su
pedantera y su moral, que han contribudo a aburrir al mundo; tampoco
se sabe que el dicho Thompson perteneciera a ninguna academia de buenas
ni de malas letras, histrica, arqueolgica, lingstica o filatlica,
lo cual, unido a que no tuvo, al parecer, ninguna cruz, ni encomienda,
ha hecho pensar a muchos que debi ser hombre de poca formalidad y de
poca importancia.

Los datos que hemos podido recoger de este ingls extravagante y
jovial, proporcionados por uno de sus amigos, son los siguientes:

Juan Hiplito Thompson era hijo de un disecador de animales de Holborn
Street, en Londres, y sobrino de un farmacutico de Soho, de la misma
ciudad.

J. H. pas la infancia en el taller de su padre, entre tigres,
serpientes, caimanes, cocodrilos y otros animales disecados, llenos de
escamas, garras, uas, picos, y de furor en vida; y de paja, papel de
peridicos, virutas, y serenidad despus de la muerte.

J. H. jug con los ojos de cristal que haban de resplandecer en las
cuencas vacas de los monstruos; J. H. se divirti con los dientes
afilados de las fieras; J. H. se entretuvo con las lenguas rojas de
las alimaas, con las plumas de los pavos reales y las crestas de las
abubillas.

J. H. vi claramente que un cocodrilo nunca tiene una mirada tan
fascinadora como cuando se le ponen ojos de cristal, y que una
serpiente de cascabel nunca parece tan de cascabel como cuando se le
ata uno de estos adminculos a la cola.

Tan grandes descubrimientos le condujeron con rapidez al escepticismo.

Esta coleccin de uniformes barrocos que posee la madre Naturaleza,
esta guardarropa absurda y caprichosa, llev a J. H. a mirar con
cierto desdn la realidad fenomenal y a sentir una gran inclinacin
hacia el conocimiento de esa incgnita que los sabios llamamos lo
noumnico, y tambin la cosa en s.

Como hemos indicado antes, J. H. tuvo un to, soltero y de alguna
posicin. Este seor, biblifilo y ex farmacutico, que viva rodeado
de libros y de estampas, hizo leer a su sobrino las obras de los
filsofos, entre ellos Bacon, el caballero Locke, Berkeley y Kant.

J. H. discuti con sus amigos acerca de las grandes antinomias del
pensamiento humano.

J. H. profundiz los tres dilogos entre Hylas y Philonous de Berkeley,
y se convenci de que el mundo, la materia, los astros, el amor y
hasta las casas de prstamos, que a veces frecuentaba por ineludible
necesidad, no tenan realidad objetiva.

Llevado por estas ideas, o por sus inclinaciones, en vez de dedicarse
a cosas sanas, decentes y respetables, como la abogaca, el comercio
o el prstamo usurario, J. H. se dedic al dibujo, a la caricatura, a
la pintura y a otras absurdidades que, en general, no conducen mas que
a sentir el hambre con violencia y en horas intempestivas, en que no
suenan los tres golpes de la campana del comedor de un hotel.

A J. H., adems de llevarle a la ruina, le obligaron a escapar de
Inglaterra.

--Adnde ir?--se dijo J. H.--. En dnde colocar la dbil e insegura
planta?

Conoces t el pas donde maduran los limoneros y en el follaje sombro
brilla la naranja de oro.

Esta pregunta se hizo J. H., como Mignon en la cancin de Goethe.

No; no conoca el pas donde maduran los limoneros, ni la montaa y su
sendero brumoso, ni la tierra que se adorna con el mirto discreto y el
soberbio laurel.

No conoca J. H. mas que las calles sucias de Londres y las tabernas
de la City; y como un ibis de los que haba disecado su padre, antes
de caer bajo el plomo de un cazador irrespetuoso, extiende sus alas
sobre las aguas del Nilo y se lanza en el espacio azul, l levant el
vuelo y se vino a Espaa. Sus aventuras en nuestro pas le impulsaron a
escribir el _Viaje sin objeto_.

Despus Thompson hizo la expedicin de Missolonghi con lord Byron, se
cas en Andaluca y acab olvidando a Kant, a Berkeley, los dibujos,
las caricaturas y vendiendo pasas.

Ya sabemos que la mayora de los crticos suspicaces no creern en la
existencia de J. H.; que supondrn que es un Homunculus creado por
nosotros con una frmula ms o menos vulgar, pensando que el ingls
jovial no existe y que, a lo ms, es un embolado que el editor de esta
obra trae del cabestro para entretener al pblico.

Piensen lo que quieran estos crticos suspicaces, el editor no vacila
en afirmar, con la mano puesta en el corazn y con la lealtad de un
hombre que desciende, segn su difunta ta, de uno de los ms ilustres
caballeros de la antigedad, contemporneo del reino, que J. H. vivi,
existi, tuvo realidad objetiva en nuestro pequeo e insignificante
planeta.

Algunos escpticos han intentado sembrar dudas acerca de la
autenticidad del _Convento de Monsant_, basndose en hallarse raspados,
borrados y sustitudos por otros escritos encima los nombres de los
personajes que intervienen en la accin.

Al mismo tiempo afirman que est cambiado el nombre de la ciudad
levantina que aparece como fondo, pues la Ondara que figura aqu no es
la Ondara de la provincia de Alicante, que no es puerto de mar.

Nada de esto ha podido quebrantar nuestra fe en la existencia de J. H.
y en la veracidad de su relato.

Para nosotros, _El Convento de Monsant_ es tan autntico, tan
demostrado como el _Viaje sin objeto_.

Se podr argir que ambas narraciones no son brillantes, que no tienen
la magia de estilo de un poeta meridional, que estn escritas, como
quien dice, en tono menor; pero todo ello depende de que la visin de
J. H. es la visin escueta y descarnada del que mira y contempla con la
pupila fra de un hombre del Norte, acostumbrado, como disecador, a ver
la entraa de las cosas.

Hechas estas salvedades, para dejar en buen lugar nuestra seriedad
de hombres histricos y nuestro respeto por las grandes verdades de
la filosofa, la geografa, etctera, etc., pasamos a copiar los dos
relatos de J. H., ex disecador, ex acuarelista, ex caricaturista y
vendedor de pasas.




                        EL CONVENTO DE MONSANT




                                   I

                         UNA CIUDAD LEVANTINA


A orillas del Mediterrneo y en el fondo de una ensenada hay una
pequea ciudad blanca colocada sobre alta colina y rodeada por una
sierra que forma gran anfiteatro de montes desnudos y pedregosos.

Ondara, nombre que unos consideran de origen griego y otros de origen
ibrico, se repliega en la falda de un cerro, promontorio destacado de
la cordillera que penetra en el mar.

Este promontorio, llamado por los romanos Promontorio Ondaroe, tiene un
viejo castillo en la cumbre, y debi ser en otro tiempo una Acrpolis
donde se encerraban las tropas con su caudillos a la llegada del
enemigo y se guardaban los dioses lares de la ciudad.

La gran sierra, en anfiteatro, de Ondara se levanta al acercarse al mar
en un monte ms alto, denominado el Monsant.

El Monsant limita la baha de Ondara por el norte. Hacia el interior
tiene un picacho cnico y desnudo, gigante abrumado en la soledad, que
debi ser en otro tiempo un volcn, con sus aristas y surcos, por donde
corri la lava. Hacia el mar avanza formando un cabo, como una proa
formidable rota por alguna convulsin gnea en lminas negras, hendidas
por rajaduras, en cuyo fondo penetra el agua y golpea como un ariete.

El desmoronamiento del Monsant ha dejado pequeos archipilagos
rocosos: tritones negros que se baan entre los meandros blancos de las
olas y de las espumas.

Neptuno y Anfitrite, con su cortejo de nereidas y de sirenas, parecen
presidir estos locos desvaros del mar.

La ensenada de Ondara, cerrada al norte por el Monsant, circunscrita
por la sierra con sus rocas azules por la maana y moradas al
anochecer, termina hacia el sur en una punta baja de arena con un faro
en su extremo. Tiene esta ensenada dos playas grandes, abiertas, llenas
de pedruscos, ennegrecidas por las algas, y un puerto natural al pie
mismo de las casas.

Durante el primer tercio del siglo XIX Ondara era todava pueblo de
alguna importancia estratgica; tena un castillo y una muralla.

El castillo haba sufrido mucho durante la guerra de la Independencia;
los caones estaban desmontados; las casamatas, destrudas; por todas
partes quedaban reliquias de una lucha violenta y tenaz.

La muralla general del pueblo, de poco valor defensivo, era baja,
sin fosos ni obras exteriores, a trechos aspillerada y a trechos
no, interrumpida por baluartes y torreones circulares, con sus
correspondientes garitas.

Esta pared moderna, blanca y de poca altura, que rodeaba la ciudad, se
una al castillo y tena hacia el puerto una explanada grande, llamada
la Glorieta, y un hornabeque con sus bateras.

Haba, adems de la pared baja, que circunvalaba a Ondara, restos de
fortificaciones, antiguos lienzos de muralla de color de mbar dorados
por el sol de los siglos y ennegrecidos por el aire del mar.

Uno de stos, el ms extenso, cerraba un gran barranco que exista
entre el castillo y el barrio de pescadores.

Era una cortina de piedra de grandes bloques tallados. Los eruditos no
se hallaban muy de acuerdo en sealar la poca de construccin de esta
muralla. Unos la consideraban del tiempo de los etruscos, fundadores de
la ciudad; otros, de origen romano.

Los eclcticos afirmaban que haba parte de muro antiqusima; otra,
romana, y otra, reedificada por los rabes.

El conjunto de murallas de Ondara levantadas en distintas pocas se
una, trazando un 8, encerrando en sus dos crculos el castillo y la
ciudad.

Se comprenda que antiguamente Ondara debi de ser fortaleza
importante, casi inexpugnable; del lado del mar tena que ser muy
difcil su conquista, y difcil tambin del lado de tierra, guardando
los pasos de su anfiteatro de montaas.

Todava fuera de su recinto la ciudad presentaba vestigios de defensa,
y a la entrada del puerto, sobre unas rocas, se levantaban dos
torrecillas negras medio derrudas: una, llamada el Fortn, y la otra,
la Torreta.

La ciudad de Ondara, muy vieja en sus ruinas y muy nueva en sus
construcciones, era casi en su totalidad moderna. nicamente la iglesia
mayor, y algunas casas prximas a la muralla, procedan de edades
pretritas.

La iglesia mayor, de traza gtica, tena una fachada pintada de color
azul claro, con una portada barroca y una galera con remates en forma
de jarrones.

Esta iglesia se levantaba en el centro de una plazoleta, y se ergua
sobre el casero ondarense con su torre cuadrada y su cpula de
azulejos verdes.

Por dentro, la alta nave mostraba las nervaduras de sus columnas y sus
ojivas pintadas de amarillo, y en las claves tena escudos coloreados.

En las capillas resplandecan los grandes altares churriguerescos, con
sus columnas salomnicas retorcidas, y las tablas antiguas pintadas por
maestros imitadores de los flamencos.

Otra iglesia exista en Ondara, hacia el puerto; los arquelogos no
hubiesen encontrado en ella belleza alguna; sin embargo, pintada de
azul y de rosa, daba la impresin de juventud y de fuerza de una
aldeana rozagante.

El casero de Ondara, agrupado en torno de la iglesia, en la colina del
castillo, tena un aire de inocencia, de beatitud, de paz; pareca un
rebao blanco que rodease a su pastor. En las azoteas de las casas se
secaban al sol trapos de mil colores. A los pocos tejados del pueblo la
humedad del mar los llenaba de musgo y haca brotar en ellos hierbales
frondosos y verdes.

Ondara no ofreca nada de caprichoso ni de pintoresco; tena un barrio
de campesinos y otro de pescadores. El centro lo formaban dos o tres
calles bastante anchas, con comercios importantes. Paseaban por ellas
los seoritos desocupados, los jvenes militares, arrastrando el sable,
y los curas, con su gran teja y las manos a la espalda, recogiendo
el manteo por detrs. A ciertas horas cruzaban grupos de mocitas muy
garbosas, muy limpias y pizpiretas, que trabajaban en el embalaje de
las naranjas.

De vez en cuando pasaba algn coche o una tartana de familia rica, y
los jvenes saban inmediatamente si era Vicenteta o Doloretes, o el
padre o la madre de una de stas, la que iba en el carruaje.

Fuera de las calles cntricas y comerciales, las dems eran rectas,
bastante anchas y desiertas. Las casas, bajas, sin alero, de grandes
puertas y rejas pintadas de verde, se alineaban una tras otra,
inundadas de sol, como ensimismadas en la calma soolienta.

Los transentes eran escasos.

Slo por la maana se vean viejas vestidas de negro, de ojos
desconfiados, y alguna con su poco de barba, que sacaban una llave de
debajo del manto, abran un postigo y cerraban despus dando un gran
portazo, manifestando su desprecio para el resto de los mortales.

El barrio de pescadores era lo ms pintoresco de Ondara: all se vean
calles estrechas y en cuesta, con casuchas pequeas, chozas, barcas
metidas en los corrales y una poblacin marinera expresiva, exagerada y
gesticulante. Los hombres trabajaban, hablando, gritando, en su lengua
mediterrnea; las viejas, ennegrecidas por el sol, componan redes
y velas, y los chiquillos haraposos, con harapos rojos, amarillos,
verdes, de los colores ms vivos, correteaban con los pies descalzos...

       *       *       *       *       *

Si Ondara no presentaba nada extraordinario desde el punto de vista
arqueolgico, posea una luz mgica que la doraba, la hermoseaba, la
converta a ciertas horas en una ascua de oro, en una ciudad de fuego,
y en otras le daba un aire de pueblo oriental, de inmovilidad, de calma
y de luz.

Como todas las ciudades del Mediterrneo, nacidas del beso suave de
la tierra con el mar, Ondara tena algo armnico por encima del caos
producido por la mezcla de muchas razas y de diversas gentes.

Era ciudad provinciana y cosmopolita, campesina y pescadora. En ella
el ser ms humilde, el pescador ms msero, llevaba en el cerebro, por
la misma limitacin del mar interior, una idea del mundo. All cerca
estaba el Africa, con sus misterios; ms lejos, Grecia, Roma, Egipto,
con sus ciudades opulentas de cielo incomparable y de suelo fecundo...

El habitante obscuro del Atlntico mira el mar como un final ilimitado;
el habitante obscuro del Mediterrneo mira el mar como un camino.

De ah quiz su superioridad colectiva, su sentido social.

Para un hombre llegado de las costas del Atlntico, las orillas
del _mare nostrum_ guardan siempre una sorpresa, que a veces toma
aspecto de leccin. En estas aguas azules del mar latino, que cantan
eternamente en las costas, el hombre vive una vida ligera y elstica;
all, a veces, parece superficial lo que en otras partes parece
profundo; all la marea no amenaza constantemente al hombre como en el
Ocano, y la vida humana se desarrolla en el contacto plcido de la
tierra con el mar; de la tierra, que es la patria y la ciudad; del mar,
que por el remo o por la vela se convierte en el camino del mundo...

A pesar de esto, la misma magia de la decoracin, la misma esplendidez
del fondo, hace en estos lugares que el hombre parezca de contornos ms
limitados, ms acusados y quiz por esto ms pequeo.




                                  II

                              EL CASTILLO


EL castillo era un pen rido que se destacaba de la sierra y avanzaba
hundiendo en el mar sus acantilados rojos y amarillentos.

Contemplado a lo lejos apenas se adverta en l mas que alguno que
otro lienzo de muralla de color de ceniza, la torre de seales y las
bateras altas de su cumbre.

Desde el puerto apareca imponente con sus paredones grandes de piedra,
dorados por el sol; sus torres, sus bateras, sus fortines, sus garitas
verdinegras, los traveses, que iban trazando zig-zag por los glacis, y
los viejos caones, que miraban al mar.

La tierra, rojiza, de entre muralla y muralla tena rincones con
almendros y melocotoneros, que en primavera resplandecan como ramos de
nieve y de rosa, y taludes con vias y hierbas salvajes esmaltadas de
flores amarillas y azules.

Subiendo al castillo y entrando en su recinto se vea que era ya una
ruina, un amontonamiento confuso de murallas viejas, griegas, romanas,
visigodas, rabes y alguna que otra moderna.

Los militares consideraban la restauracin de la fortaleza casi intil,
y el Gobierno no tena, al parecer, intenciones de artillarla.

El castillo tena tres puertas: la puerta de Tierra, que sala cerca de
la plaza de la Iglesia; la de la Marina, que miraba al muelle, y la del
Socorro, que daba al campo.

Esta ltima, de extramuros, serva para recibir refuerzos y auxilios
del exterior en el caso de que la ciudad estuviese rebelada contra el
Poder o se hallara ocupada por el enemigo.

Entrando por la puerta de la Marina y pasando por un puente levadizo,
limitado por cadenas y flanqueado por dos garitas, se atravesaba un
arco, a uno de cuyos lados estaba el cuerpo de guardia.

All, en unos bancos, sola verse a los soldados sentados, mientras que
el oficial paseaba por delante del muelle o fumaba en una mecedora.

Del arco de entrada parta una cuesta muy agria, que pasaba por
debajo de un tnel de ocho o diez pasos de largo, y al salir de l
se desembocaba en un anchurn con casamatas, parque de municiones y
almacn de plvora.

Desde aqu el camino se bifurcaba; uno iba por la izquierda mirando
a la sierra; el otro, por la derecha, frente al mar. Los dos se
encontraban en la explanada de una batera y rodeaban la ciudadela.

El camino de la izquierda pasaba por encima del pueblo, amenazndole
con sus viejas torres, rojizas, guarnecidas con matacanes, y sus
baluartes del tiempo de Vauban; luego iba la contraescarpa dando vista
a la campia, limitada por el anfiteatro de montaas, que comenzaba en
el Monsant y segua por las otras alturas que formaban la sierra.

El camino de la derecha presentaba puntos de vista admirables; tena al
principio una batera enlosada, la batera de la Marina, encima mismo
del puerto.

Los caones de esta batera eran de bronce, verdes, con escudos y
letreros, y pesadas cureas llenas de adornos. Era aquel sitio uno de
los ms pintorescos del Castillo. Por entre las almenas se vea el mar.
Una garita de piedras, vacilantes, colgada en el vaco, con un agujero
redondo en el suelo, dejaba ver el puerto a vista de pjaro.

Saliendo de la batera de la Marina, el camino escalaba una cuesta,
corra por encima de los acantilados, pasaba por delante de la Cueva de
Pastor, que terminaba en el mar, y llegaba a la batera de las Damas.
Aqu la vista se haba alargado, ensanchado, enriquecido.

Ms arriba se hallaba la batera de San Antn, donde se encontraban los
dos caminos que daban la vuelta al monte, y, desde esta batera, suba
otro camino, que escalaba lo ms alto del promontorio. Desde aqu se
divisaban dos o tres pabellones, una torre grande y cuadrada, el Macho,
una pequea azotea convertida en jardn, el Mirador, y una ltima
batera, la batera del Rey, sin muralla ni troneras, desde la cual,
los morteros podan disparar en todas direcciones.

De lo alto de aquella altsima explanada se abarcaba el paisaje y el
pueblo, excepto algunas rinconadas muy prximas al castillo.

Dominbase desde la altura, como de ninguna otra parte, la sierra,
Ondara, el mar azul y las rocas del cabo de Monsant.

El pueblo, acurrucado debajo del castillo, tena un aire ensimismado y
sooliento; centelleaban sus luceros de cristal, la cpula de azulejos
de su iglesia, sus tejados verdosos y sus azoteas, llenas de ropas
blancas. En los alrededores, al borde de las sendas, crecan las
grandes piteras entrecruzando sus lminas verdes y agudas como puales,
cubiertas de polvo.

Hacia la sierra, el campo fulguraba ardoroso y requemado; en las partes
bajas algunos pequeos huertos de hortalizas regados por acequias
mostraban su verdura, y otros ms grandes de naranjos brillaban en
invierno con sus constelaciones de frutos dorados entre el obscuro
follaje. En los repechos y faldas de la sierra se respaldaban alqueras
rodeadas de bosquecillos, de olivos y de almendros. En las cumbres, los
montes secos y pedregosos, como formados por ceniza y piedra pmez,
erizaban sus aristas, y los caminos blancos parecan sembrados de yeso.

En una cuesta, dos filos de cipreses, interrumpidas por cruces de
piedra, escalaban una altura hasta llegar al camposanto.

En lo ms elevado del castillo, sobre el antiguo promontorio ardoroso
y calcinado, estaba el jardn del Mirador. Este jardn era un repecho
de la muralla, anejo al pabelln donde viva el coronel que mandaba las
fuerzas de la ciudadela. Tena el Mirador una torrecilla, llamada el
Castellet, y unas escaleras para subir a la batera del Rey.

Desde all se dominaba el mar, el mar azul, de un color esplndido,
intenso, bajo el cielo fulgurante.

A lo lejos, sobre un acantilado que pareca de mrmol, brillaba la
mancha blanca de un pueblecito.

En el Mirador brotaban rosales con rosas de todos colores; jazmines
mezclados con mirtos y con el follaje obscuro de los naranjos. Una
adelfa, de flor encendida, pareca una cascada de fuego.

La coronela cuidaba con mucho cario las plantas del Mirador.

Todos los das, los soldados sacaban agua para regar el jardn de una
cisterna, la cisterna del Moro, que era antigua, revestida de piedra y
profundsima.

       *       *       *       *       *

En el castillo de Ondara haba de guarnicin dos compaas de
infantera y un destacamento de artillera. Esta pequea fuerza, que
apenas llegaba a cuatrocientos hombres, contaba con una oficialidad
numerosa, mandada por un coronel titulado gobernador.

Este, con su mujer, viva en uno de los pabellones del castillo; en
otro pabelln habitaban, con sus familias, un comandante y un capitn.
Los dems oficiales tenan sus casas en el pueblo.

Por las tardes de primavera y otoo, y el verano, por las noches,
sola haber tertulia en el Mirador del castillo. La coronela haca los
honores en su jardn, e iban a saludarla los oficiales distinguidos de
la guarnicin.


                                  III

                            LOS SOSPECHOSOS


UNA tarde de mayo, al caer el sol, despus de un da ardoroso y
sofocante, el puerto de Ondara se vea ms animado que de ordinario.
Estaban desembarcando dos lades de carbn llegados de Ibiza, y volvan
al mismo tiempo de retorno las lanchas de los pescadores.

El mar estaba azul, de un azul casi negro, tranquilo, sosegado; sobre
su anchura brillaban, como alas mgicas, las triangulares velas latinas.

El sol poniente iluminaba la tierra. El castillo centelleaba en sus
acantilados rojizos y amarillentos. Parte del pueblo refulga como un
ascua, y saltaban chispas de incendio de las vidrieras, de los luceros
y de los azulejos; parte, hundido en la sombra, se baaba en un aire de
color de violeta.

En el muelle, los cargadores, con sus gorros rojos, iban y venan
llevando fardos; los carpinteros de ribera aserraban cuadernas y
armaban las costillas de las barcas en esqueleto, tendidas en los
arsenales; los chicos jugaban y correteaban como gorriones, acercndose
a la lancha que llegaba; las viejas componan redes, y algunos
carabineros, sentados en un banco, delante de la puerta de la Marina,
hablaban entre s. Mozos, negros por el sol, con aire de piratas
berberiscos, cargados con cuvanos llenos de pececillos brillantes,
pasaban delante de los carabineros, pagaban unos cuartos y entraban en
las calles voceando pescado.

En las tabernas, los marineros hablaban a gritos; otros, agrupados
en las mesas, oan las explicaciones sabias de algn piloto experto
y decidido: viejo Palinuro, conocedor de las corrientes y de los
vientos...

En esto, a la cada de la tarde, se present a unas millas de Ondara
un barco, que produjo gran sorpresa en el pueblo. Era un navo de
alto bordo que, en aquel momento, se acercaba con sus velas blancas
desplegadas, fantstico, como una alucinacin.

El atalayero de la fortaleza hizo las seas con gallardetes, y el barco
iz la bandera en el castillo de popa.

Los curiosos de Ondara se acercaron al puerto a contemplar el navo, y
los militares de la ciudadela aparecieron en la batera de la Marina y
en la batera del Rey a mirar con anteojos y gemelos.

Alguno de los oficiales se acerc a la atalaya, y el atalayero, en
tono que no tena rplica, dijo que el barco aquel era una polacra de
doscientas cincuenta toneladas, que llevaba bandera del reino de las
Dos Sicilias.

Sabidos la nacionalidad y el tonelaje del navo, los oficiales de
guardia del castillo se pusieron a hacer comentarios acerca del objeto
que poda tener la polacra al acercarse a Ondara.

Estara la embarcacin napolitana a una milla prximamente de distancia
del puerto cuando cayeron unas velas, se levantaron otras y la polacra
qued al pairo, inmvil. Entonces se vi que de su costado bajaba un
bote al mar, que poco despus avanzaba, a fuerza de remos, hacia el
muelle.

El coronel, gobernador del castillo, mand que un oficial fuera a
interrogar a los del bote, y qued l con un anteojo mirando al mar
desde la alta explanada de la ciudadela.

La gente marinera contemplaba tambin, con curiosidad, la lancha de la
polacra, que iba avanzando.

Esta se acerc, dejando una estela plateada en el agua, hasta atracar
en una de las escaleras del malecn del muelle. Inmediatamente bajaron
tres hombres.

Eran del aspecto ms heterogneo que puede imaginarse: uno, alto,
grueso, colorado, vestido con un viejo redingote; el otro, tambin
alto, encorvado, amarillo, con aire de enfermo, cubierto con un carrick
negro con rayas blancas; el tercero, pequeo, engallado, rubio,
vestido elegantemente con frac azul de botones dorados, pantalones
azules, chaleco de grana y cachucha de oficial de Marina inglesa.
Los dos primeros parecan vestidos en una trapera; al tercero se le
hubiera tomado por un currutaco que iba a un baile o a una recepcin
aristocrtica.

El hombre alto, al desembarcar, subi las escaleras con un saco; el
enfermo llevaba un fardel en la mano; el pequeo, rubio y elegante,
hizo que un marinero le llevase al muelle una gran maleta.

El oficial enviado por el gobernador se acerc a los tres individuos
con el fin de interrogarles.

Los marineros del bote, al momento que dejaron a los hombres con
sus equipajes en tierra, separndose del muelle comenzaron a remar
furiosamente y se alejaron dirigindose a la polacra.

--Se van!--exclamaron los del pblico con sorpresa.

--No; es que van a traer otros--replicaron algunos de esos seres
perspicaces que siempre estn en el secreto de los acontecimientos.

Los desconocidos acabados de desembarcar se hallaban en el malecn,
rodeados de un crculo de marineros, mujeres y chiquillos.

--Bueno, bueno, basta ya!--gritaba el hombre pequeo y rubio,
dirigindose a la multitud--. No seis imbciles. Aqu no hay nada que
ver. Fuera!

En esto, apartando la gente, se acerc a los tres individuos el oficial
enviado por el coronel gobernador.

--De dnde vienen ustedes?--pregunt con voz seca.

--Venimos de Grecia, despus de haber tocado en Npoles--contest el
hombre alto y rozagante.

--Son ustedes espaoles?

--No; somos ingleses.

--Qu hacan ustedes en Grecia?

--Eramos comerciantes. Los turcos saquearon la ciudad donde vivamos y
tuvimos que escapar.

--Y por qu los han desembarcado?

--Es que nuestro compaero se encuentra enfermo y quera a toda costa
dejar el barco.

Un sargento que acompaaba al oficial se acerc a l y le dijo en voz
baja:

--No vayan a tener la peste.

El oficial di unos pasos atrs. La frase y el movimiento no pasaron
inadvertidos para la gente, que al momento ensanch el crculo que
rodeaba a los tres hombres.

El oficial habl con mucha reserva con el sargento y dijo despus
dirigindose a los sospechosos:

--No pueden ustedes entrar en el pueblo.

--Por qu?--pregunt el hombre alto.

--Porque tienen que ir al lazareto en observacin.

Los desconocidos se miraron unos a otros.

--No habr un mozo o una caballera para llevar nuestro
equipaje?--pregunt el elegante pequeo y rubio con voz seca--. Se le
pagar lo que sea.

Un campesino, despus de vacilar mucho, dijo que l tena una mula y
que la traera.

Se esper a que viniera, se sujetaron encima de la caballera el saco
y la maleta, se fu el oficial, y el sargento, dueo de la situacin,
dijo severamente a los supuestos apestados:

--Vengan ustedes detrs de m; pero de lejos eh! No hay necesidad de
acercarse.

Los tres hombres, llevando en medio al enfermo, siguieron al sargento
y al campesino de la mula. Avanzaron por la playa. De trecho en trecho
tenan que pararse para que el enfermo descansara. Cruzaron un pequeo
barrio formado por cabaas y algunas barcazas convertidas en viviendas
y adornadas con tiestos y cajas llenas de tierra con flores.

All por donde pasaban iban produciendo expectacin; la voz de que eran
apestados haba corrido por el pueblo.

El sargento, dejando la parte habitada de la playa, se acerc a un
arenal desierto en donde se levantaba una casa cuadrada, medio ruinosa,
montada sobre un basamento macizo de piedra, que impeda que el agua
del mar entrase dentro en los temporales. Para subir a la casa haba
unos escalones.

Veanse alrededor de ella cajas de mercancas abiertas y algunas
lanchas podridas.

--Este es lazareto de Ondara--dijo el sargento--. Aqu van ustedes a
pasar la cuarentena de observacin. Bajen ustedes los equipajes.

El enfermo se sent tristemente en una de las escaleras de la casa
abandonada, mientras los otros dos y el campesino descargaban la
caballera.

Hecho esto, el sargento dijo como despedida:

--No se les permite a ustedes acercarse a la ciudad bajo pena de
muerte. Por la maana y por la noche se les traer pan y rancho, que se
les dejar en la puerta. Ya lo saben. Adis!

El campesino tom el ronzal de su macho, cogi el dinero que le di el
hombre rubio, lo cont y comenz a alejarse despacio por la playa.

Se quedaron los tres hombres solos, y mientras el enfermo, envuelto en
una manta, miraba el mar, los otros dos entraban en la casa solitaria.

Abrieron las carcomidas ventanas. El sitio era destartalado y sucio:
una nave como una sala de hospital con una cocina pequea en el fondo.

--Puesto que aqu tenemos que estar algunos das, vamos a ver si
limpiamos esto--dijo el hombre alto.

--Vamos all--repuso el pequeo.

Se quitaron los dos las levitas, y en mangas de camisa y con un cubo
cada uno, fueron a orillas del mar a buscar agua. Estuvieron despus
una hora, armados de escobas, barriendo y baldendolo todo, hasta dejar
el suelo limpio.

Terminada esta faena, sacaron unos jergones viejos y los sacudieron al
aire libre.

El enfermo dijo que tena ganas de tenderse; le pusieron dos jergones
en el suelo, uno encima de otro, y se acost envuelto en una manta.

Los dos hombres sanos, despus de acabar la tarea, quedaron a la
puerta, cansados, sin hablarse, en una plcida contemplacin del
paisaje.

Iba anocheciendo. Enfrente se vea el mar, rizado, con adornos de
plata; a la derecha brillaban las murallas del castillo con los ltimos
resplandores del sol; a la izquierda se vea una punta lejana azul con
un faro, cuya luz escintilaba plidamente en el cielo incendiado del
crepsculo.

Las nubes, grandes y algodonosas, tomaban un tinte cobrizo; el
viento fuerte del anochecer rizaba el agua en pequeas olas; seguan
resplandeciendo blancas, amarillas, remendadas, las velas latinas a
lo lejos. Las barcas pescadoras volvan de dos en dos; la polacra
napolitana haba encendido un fanal que pareca un gran lucero
vespertino, y con todas sus velas desplegadas comenzaba a alejarse, con
el aire misterioso de una alucinacin...




                                  IV

                               ENTIERRO


POR la noche todo el mundo hablaba en Ondara de los tres hombres
llegados en el bote al puerto, a quienes se tena como pestferos. Se
recelaba que el capitn de la polacra siciliana los haba expulsado de
su barco por considerarles sospechosos de padecer la peste. Algunos
vecinos afirmaban que el gobernador debi prohibirles terminantemente
bajar en el muelle; otros, ms piadosos, decan que no era lcito
abandonar y dejar desamparados a unos hombres aunque estuvieran
enfermos.

Los tcnicos aseguraban que todo dependa de no tener organizados los
servicios sanitarios. Segn ellos, si se hubiera ido con la lancha de
sanidad al encuentro del bote lanzado al mar por la polacra, se hubiera
impedido el desembarco.

En la tertulia de la seora del coronel Hervs, en el mirador del
castillo, se habl mucho de los supuestos pestferos, y un mdico
militar, don Jess Martn, y un teniente de artillera llamado
Eguaguirre, decidieron visitar a los aislados en el lazareto.

A la maana siguiente montaron a caballo y se presentaron en la casa
abandonada de la playa.

Al llegar se encontraron a los dos hombres sanos, al alto grueso y al
pequeo delgado, afanados en calafatear un bote viejo. Les saludaron y
les preguntaron qu hacan.

--Aqu estamos--dijo el alto con una alegre sonrisa--trabajando a ver
si componemos este bote.

--Para qu?

--Para salir al mar. As podremos entretenernos un poco y pescar y
cambiar de alimentacin.

--Y el enfermo?--pregunt el mdico.

--Est igual.

--Qu tiene?

--Tiene unas fiebres paldicas que le han consumido.

--Voy a verle. Soy mdico.

El hombre alto subi los escalones de la casa, abri la puerta e hizo
pasar al doctor adentro. Este se acerc a la cama del enfermo. Apenas
poda incorporarse con la debilidad.

El doctor Martn reconoci al paldico, sali de la casa y se lav las
manos en un cubo de agua del mar.

--Este hombre est muy grave--dijo.

--S; ya se ve.

--Ha tomado quinina?

--Con poca constancia.

--Cmo se alimenta?

--Mal; ya ve usted; nos mandan rancho nicamente. Le damos el caldo,
que filtramos por una tela.

--Bueno; pues ya enviaremos otro alimento y quinina.

--Veremos a ver si mejora--murmur el hombre alto.

--No, creo que no--dijo el mdico--. Est ya muy depauperado. No durar
una semana.

Al salir el mdico y el hombre alto a la playa se encontraron
al pequeo y delgado, que segua trabajando en mangas de camisa
calafateando el bote, mientras el teniente Eguaguirre le contemplaba.

--Veo que son ustedes gente que no se deja amilanar por la
desgracia--exclamo el doctor.

--Est uno acostumbrado a todo.

--Ser difcil que pongan esta lancha a flote--salt el oficial de
artillera.

--Ya veremos--replic el hombre delgado--. Se intentar.

--Les voy a enviar a ustedes--repuso el mdico--un bote viejo que
tenamos para el servicio de sanidad, y que ya no se emplea. Est feo y
sin pintar, pero no hace agua.

--Oh, muchas gracias!

Se fueron el mdico y el joven oficial, y al da siguiente haba un
bote delante del lazareto. Los dos marineros que lo tripulaban bajaron
a la playa y, desde lejos, advirtieron a los pestferos que all estaba
la lancha.

El doctor haba mandado llevarles un aparejo de pesca, que vieron en el
bote sobre un banco, envuelto en un papel.

Durante una semana la vida de los dos hombres fu la misma. Por la
maana se levantaban al amanecer, daban alimento al enfermo, almorzaban
ellos y salan a pescar en el bote; por la tarde volvan al mar, y de
noche, uno de los compaeros velaba al paldico mientras el otro dorma.

A los ocho das de llegar al lazareto el enfermo muri.

El hombre delgado escribi al gobernador del castillo y al alcalde. Les
deca en su carta que haba muerto de fiebre uno de los recogidos en el
lazareto, coronel ingls al servicio del Gobierno griego. Aada que el
coronel profesaba la religin evanglica y que por este motivo rogaba a
las autoridades dijeran dnde poda ser enterrado su cadver, para lo
cual peda les facilitaran instrumentos: un pico y una pala para cavar
la sepultura.

El alcalde contest secamente diciendo que podan enterrar al muerto
cerca de la playa. Cualquier cosa era buena para malvados herejes como
aqullos.

El gobernador mand a dos soldados con una pala y y un pico.

Los dos hombres del lazareto recorrieron la playa. Encontraron lejos de
la casa un trozo de terreno firme, de arena petrificada, al pie de un
acantilado, y all decidieron cavar la fosa. Hicieron un hoyo profundo
y, terminado ste, volvieron al lazareto. Despus vistieron el cadver,
lo metieron en el bote y se acercaron al lugar escogido. Tomaron el
muerto entre los dos sobre una escalera, cruzaron la playa y dejaron
el cadver en la fosa. El hombre alto sac del bolsillo una Biblia y
comenz a leer versculos en ingls; el otro le escuchaba atento. Este,
de cuando en cuando, echaba un montn de arena en la fosa y despus
quedaba inmvil, apoyado en el mango de la pala. Hecha la obra, los dos
hombres volvieron al bote, y mientras remaban hablaron.

El alto y grande atenda y respetaba al pequeo, a quien consideraba
como capitn. Este llamaba a su compaero por su apellido: Thompson.

--Amigo Thompson--dijo el Capitn--, desde este momento cambio de
nombre y de personalidad.

--Cmo?

--Voy a tomar mientras est aqu el nombre del pobre Mac-Clair, que
hemos enterrado. Llevo pasaporte de sbdito ingls con mi verdadero
nombre, pero prefiero usar el de Mac-Clair.

--Pero usted no sabe ingls, Capitn.

--No importa. Mac-Clair ser un ingls que ha vivido en Espaa y en
Francia y que no quiere hablar su idioma. Un ingls antiingls de la
escuela de nuestro lord Byron.

Llegaron en el bote a la playa, desembarcaron, encallaron la lancha en
la arena y entraron en el lazareto. Dejaron la pala y el pico en un
rincn y leyeron los papeles del muerto. Podan servir para el Capitn.
Al revisar los documentos Thompson encontr un sobre pesado. Tena
dentro veinte libras esterlinas.

--Se ha muerto Mac-Clair y la situacin mejora--dijo Thompson.

--Mac-Clair ahora soy yo--replic el Capitn--. No se le ocurra a usted
decir que ha muerto.

--Ya que usted se empea, lo har as. Me acostumbrar a llamar al
muerto el Coronel. El pobre Coronel tena mala suerte.

Al da siguiente Thompson y el Capitn salieron a pescar como de
costumbre.

As estuvieron viviendo un mes, aislados, sin hablar con nadie.

Difcil hubiera sido encontrar otros hombres tan obedientes a las
rdenes dadas por las autoridades. No se acercaban al pueblo con el
menor pretexto.

Al terminar el mes, en vez de ir ellos hacia la gente de los
alrededores, fu la gente de los alrededores la que comenz a
aproximarse a ellos. Una vieja, que tena una cantina en un lanchn,
sostenido por cuatro montones de piedras en la playa, se ofreci a
hacer la comida y la cena a los dos hombres sospechosos.

Estos dejaron el rancho a algunos hambrientos, y los pescadores, viendo
que los supuestos pestferos estaban cada vez ms sanos y fuertes, se
hicieron amigos suyos y salan a pescar juntos.

Desde el momento que se supo en el pueblo que los desterrados del
lazareto no estaban enfermos ni daban seales de impaciencia ni de
clera, la opinin comenz a manifestarse contra ellos. La mayora
consideraba irritante que los tales hombres vivieran en el lazareto
como en un lugar de placer.

Tambin les pareca una prueba de indiferencia absurda el que no
hubiesen hecho el menor intento de entrar en Ondara, como si la ciudad
no les interesara lo ms mnimo.

--Qu gentes sern stas!--se decan los ondarenses.

El gobernador, al saber que haba transcurrido el tiempo reglamentario
de cuarentena, di la orden de que no se llevara el rancho a los
detenidos y de que desalojaran inmediatamente el lazareto.

El Capitn y Thompson mandaron a un chiquillo en busca de una tartana.
Cuando lleg sta metieron los equipajes en ella y fueron los dos
hombres al pueblo.

Compraron ropa blanca y algunas prendas que necesitaban, se afeitaron
y cortaron el pelo y se presentaron en la fonda de la Marina, en donde
les contemplaron con sorpresa.

Todo el mundo los crea unos lobos de mar, aventureros, medio piratas,
negros, barbudos, y se encontraron bastante sorprendidos al hallarse
con dos caballeros, uno de ellos elegante hasta el _dandysmo_.




                                   V

                        EL TENIENTE EGUAGUIRRE


AL instalarse en la fonda, el Capitn dijo a la duea que pensaba
estar pocos das; esperaba un barco para marcharse a Francia. Thompson
asegur que l tambin se dirigira a Gibraltar cuanto antes.

La fonda de la Marina, en donde se instalaron ambos, era bastante
cmoda y limpia. Los cuartos que les destinaron daban a un ancho balcn
corrido, que caa hacia un huerto.

Desde este balcn se vea, delante, el castillo sobre los glacis, con
sus cubos y murallones, baados por el sol, que los iluminaba, segn
las horas, con luz diferente.

Thompson comenz a pintar acuarelas, poniendo por fondo las ruinas del
castillo.

Ocupaba la fortaleza todo el horizonte. Comenzaba por un torren de
piedra rojiza, cuadrado, con matacanes en la parte alta y saeteras
estrechas y ventanas enrejadas en la baja.

El sol poniente sola dorar esta torre al caer de la tarde, y le daba
un color de miel.

El torren se una con lienzos de paredes amarillentas, almenadas, con
otra torre que se prolongaba hasta el mar, dejando cubos y baluartes
y cortinas de piedra entre ellos. A un nivel ms bajo, rodeando la
fortaleza, haba una muralla blanca, moderna, con garitas redondas y
troneras que limitaba el camino de ronda.

Desde la parte alta del castillo a la contraescarpa bajaba la colina
formando gradas de anfiteatro y taludes de tierra, cortados en diagonal
y en zig-zag por los muros de poca altura de los traveses.

En estos taludes, cuyas trincheras estaban muy mal conservadas,
brotaban toda clase de hierbas: aqu haba un jardincito con unos
cuantos rosales y un almendro; all, unas plantas de via. Arriba,
arriba, se vea el follaje de un laurel del mirador de la coronela...

       *       *       *       *       *

El huerto de la casa era triste; reinaban all el silencio y la sombra;
los naranjos altos suban en busca de sol, y un limonero mostraba en
sus ramas limones marchitos, atados a ellas con bramantes. La luz clara
y difana de las maanas, la reverberacin cegadora del medioda y de
las primeras horas de la tarde, el ambiente tibio del anochecer, el
silencio, el ruido de agua en la acequia cercana, suman a Thompson en
una gran delicia.

En tanto el acuarelista se ocupaba de sus dibujos y de sus manchas, el
Capitn iba al puerto y quera preparar su viaje en seguida.

En la fonda de la Marina haba cuatro oficiales y algunas otras
personas de menos importancia. Entre estos oficiales, el que se
consideraba, no se saba por qu, con ms derechos, era el teniente
de artillera Eguaguirre. Eguaguirre tena el mejor cuarto y pagaba
como los dems. Algunos intentaron protestar de esta distincin
injustificada; pero Eguaguirre sigui siendo el hombre mimado de la
casa.

El teniente tuvo, al llegar a Ondara, dos desafos, que produjeron
una gran emocin en la ciudad. En el primero hiri gravemente a su
adversario en el cuello; en el segundo le dieron una estocada en el
pecho que le oblig a estar en la cama cerca de un mes.

La patrona trataba a Eguaguirre con gran consideracin. Los dems
oficiales de la fonda no se atrevan a tutearle como a sus camaradas.

Juan Eguaguirre era poco querido.

Su impertinencia, su frialdad, su tendencia al malhumor, su manera
de hablar con desprecio de los hombres y de las mujeres le hacan
antiptico.

Era Eguaguirre alto, moreno, esbelto, de nariz fuerte y bien dibujada,
ojos negros, bigote corto, patillas pequeas; el pelo, bastante largo,
con un mechn sobre la frente. Eguaguirre tena una gran elegancia; los
ademanes, siempre fciles y acadmicos. Vestido de uniforme, pareca
un personaje. Al contemplarle por primera vez, se vea que era un
orgulloso, un conquistador que se crea digno de todo.

Esta seguridad de algunos hombres, que convencen con su ademn de que
tienen ms derechos que los dems, la posea l en grado sumo. Cuando
Eguaguirre entraba en algn sitio, sobre todo donde hubiera mujeres,
era el primero; senta la conviccin de su valer, que llegaba a
comunicar a los otros.

Por lo que se contaba, Eguaguirre haba tenido disgustos en su
infancia, cuando viva con su to el coronel del mismo apellido que fu
encausado durante la primera reaccin de Fernando VII.

Eguaguirre era puntilloso, de un amor propio exagerado, que disimulaba
con afectada indiferencia.

El orgullo es, sin duda, planta que crece en las razas viejas y en los
pueblos en ruina. La vanidad es sentimiento de pases ms jvenes y con
ms ilusiones. El orgullo es lo que queda a las razas y castas cadas.

Eguaguirre era de una antigua familia acomodada de Navarra, cuya casa y
cuyos bienes haban desaparecido.

Al encontrarse en la mesa de la fonda de la Marina, Eguaguirre y el
Capitn se sintieron hostiles.

El Capitn habl a Eguaguirre en tono ligero, cosa que al oficialito
produjo enorme asombro.

No slo hizo esto, sino que al segundo da el Capitn comenz a
interrogarle.

--Es usted sobrino del coronel Eguaguirre?--le dijo.

Eguaguirre no contest.

--Si es usted sobrino del coronel Eguaguirre?--volvi a preguntar el
Capitn.

--Por qu me lo pregunta usted?

--Por nada, por saberlo.

--Es que yo le pregunto a usted quin es, ni quines son sus
parientes, por curiosidad?

--No; pero puede usted preguntrmelo. Yo le contestar si me parece.

Eguaguirre mir con una sorpresa creciente al Capitn. El tono ligero
de ste le produjo verdadera estupefaccin.

Eguaguirre esper a que terminara la comida, y acercndose al Capitn
le pregunt de un modo fro y seco:

--Qu tena usted que decirme del coronel Eguaguirre?

--Yo, nada. Que es un valiente y un buen liberal.

--Lo dice usted como censura?

--No; al contrario.

La mano derecha del Capitn hizo entonces el signo de reconocimiento de
la masonera escocesa, al cual contest el teniente.

--Saba que era usted amigo o enemigo--dijo Eguaguirre--, que no era
usted persona indiferente.

--Somos hermanos--replic el Capitn.

--Dgame usted qu quiere usted hacer aqu para que le ayude.

--Mi amigo Thompson y yo--dijo el Capitn--volvemos de Grecia, donde
hemos estado en compaa de lord Byron. A la altura de este puerto
tuvimos que desembarcar y salir de la polacra siciliana donde bamos
por imposicin de los marineros, que haban supuesto que Thompson,
el enfermo y yo estbamos los tres apestados. Respecto a nuestros
proyectos, Thompson quiere marchar a Espaa, y yo pienso ir a Marsella,
luego a Burdeos y trasladarme a Mjico.

--Creo--repuso Eguaguirre--que lo que ms le conviene a usted es ir a
Valencia.

--No; no me entusiasma esa idea. El Angel Exterminador tiene muchos
agentes en esas ciudades del litoral mediterrneo.

--S, es verdad--dijo Eguaguirre estremecindose y mirando a derecha
e izquierda--. Entonces tendr usted que esperar un lad que vaya
directamente a un puerto de Francia.

Tras de una larga conversacin a solas, Eguaguirre intim con el
Capitn. Thompson, en cambio, nunca simpatiz con el oficial de
artillera. Este era aficionado a dar largos paseos a caballo. Thompson
prefera ir a pescar.

El Capitn, buen jinete, comenz a acompaar a Eguaguirre en sus paseos
a caballo por los alrededores de Ondara. Muchas veces se cruzaban
con otros militares jvenes, y tambin con frecuencia con una damita
rubia y pequea que, vestida de amazona y montada en un caballo tordo,
marchaba muy esbelta y elegante.

--Es la coronela--dijo Eguaguirre al verla por primera vez yendo en
compaa del Capitn--. Es _msis_ Hervs.

--Inglesa?

--Mixta, hija de un militar ingls y de una espaola.

--Pero casada con un espaol?

--S; con el gobernador del castillo.

Otros muchos das se cruzaron con la coronela.

El Capitn lleg a creer que entre la angloespaola y Eguaguirre haba
algo, y que sus saludos fros y corteses escondan una pasin o un
principio de amor.

El Capitn, al parecer, conoca bien la vida y los tipos de la milicia,
porque pronto lleg a calar a Eguaguirre.

--Este es un hombre de pasiones--le dijo a Thompson--, sensual, poco
inteligente. Aunque no me ha dicho nada, le creo jugador y me figuro
que est en relaciones ntimas con la coronela.

--Parece un hombre aptico.

--No, no. Es todo lo contrario: de una sensibilidad aguzada y de un
amor propio enfermizo. Toda esa indiferencia es una comedia, una
finta. Eguaguirre, por lo que creo, es un caso curioso. Est en parte,
desesperado, porque se considera como liberal perseguido y cree que
no va a prosperar en el ejrcito; por otra parte, los amores con la
coronela y el juego le tienen en una continua exaltacin...

La historia de Eguaguirre era interesante.

Al poco tiempo despus de salir de la Academia, a mediados de 1822,
haba sido destinado a Valencia, donde se afili a la masonera.
Eguaguirre era valiente y estaba dispuesto a batirse para ascender en
la carrera. En 1823, despus de la expedicin de Bessieres, Eguaguirre
busc la ocasin de salir al campo.

El 19 de marzo, los cabecillas realistas Sempere y Ulman sorprendieron
Sagunto y se apoderaron del castillo. El Gobierno orden al coronel
Fernndez Bazn que saliera a atacar a los facciosos. Bazn encontr a
los realistas entre Sagunto y Almenara, y, a pesar de que tena menos
fuerzas que ellos, los derrot.

Poco despus, Bazn se encontraba en Chilches con las tropas reunidas
de Sempere y de Capap y sufri un completo descalabro.

Se haban unido Sempere, Capap, Ulman, algunas compaas de Prast y
Chamb, y haban colocado sus fuerzas de artillera en un repliegue
del terreno. Bazn, al ponerse en contacto con la primera lnea de
los realistas la hizo retroceder; los realistas se acogieron a su
lnea de trincheras. Bazn mand que, al mismo tiempo que avanzaba su
infantera, la caballera diera una carga por uno de los flancos; pero
el escuadrn completo, en vez de obedecer, huy cobardemente en todas
direcciones; los realistas rodearon a los constitucionales, y stos,
entre los cuales estaba Eguaguirre, quedaron prisioneros.

Los realistas ataron a los constitucionales y los llevaron al castillo
de Sagunto.

Eguaguirre, que no tena ideas polticas muy arraigadas y a quien,
en el fondo de su alma, lo mismo le daba el rey absoluto que la
Constitucin, se desesper al verse atado como un bandido y conducido
en manada como cabeza de ganado.

Eguaguirre tuvo que devorar durante el camino los mas violentos
ultrajes. _Lladres! Negres! Chudios!_--les llamaban las viejas.
Mueran los franc-masones! Mueran los asesinos de Elo!--gritaban los
hombres.

Cuando Eguaguirre lleg a entrar en el calabozo del castillo de
Sagunto, y se ech en un montn de paja, llor de desesperacin y de
rabia.

Unos das despus estaba el oficialito tendido en su camastro,
pensando en la posibilidad de ser fusilado, cuando se abri la puerta
de la mazmorra y aparecieron dos mujeres: una de ellas, la mujer del
cabecilla Chamb; la otra, la del coronel realista Espuny, gobernador
del castillo de Sagunto.

La mujer de Chamb era una moza brava, de Ulldecona, frescachona y
guapa; la de Espuny era del mismo Valencia, una rubia perfilada y
redicha.

Las dos mujeres hablaron con Eguaguirre y decidieron salvarle. Al da
siguiente, el oficial era trasladado de cuarto, y a la semana estaba
libre para andar por la ciudad.

Entre las dos mujeres, la de Chamb y la de Espuny, se estableci una
rivalidad celosa por salvar a Eguaguirre. El oficialito se dej querer
con su indiferencia de sultn.

Un da, Chamb, que era hombre arrebatado y decidido, detuvo a
Eguaguirre, y, agarrndole de la solapa, le provoc a un desafo.

--No tengo armas--le contest Eguaguirre, plido de clera.

--Yo le traer a usted un sable--replic el cabecilla en su acento
cataln rudo.

Chamb volvi al poco tiempo con dos caballos y dos sables.

--Sgame usted--dijo.

Montaron los dos a caballo y se dirigieron por el camino de Valencia,
al trote, sin hablarse.

No hara cinco minutos que haban salido cuando dos jinetes, al galope,
fueron tras ellos.

Llevaban un parte urgente para Chamb.

El cabecilla, al leerlo, se enfureci, tir la gorra al suelo con rabia
y comenz a lanzar juramentos.

--Espreme usted aqu--dijo a Eguaguirre--. Vuelvo en seguida.

--Esperar--contest ste.

Chamb desapareci, seguido de los dos hombres. Eguaguirre qued solo
y reflexion. Realmente, era una tontera esperar; tena el camino
abierto ante l; un caballo bueno; era excelente jinete. Se decidi,
afloj la brida, di dos espolazos y se lanz camino de Valencia.

Lleg a la ciudad, que estaba alarmada con las noticias del avance de
los franceses.

Eguaguirre no se uni a las fuerzas constitucionales del general
Ballesteros; tena una seora amiga de influencia y se acogi a ella.

Esta seora consigui que Eguaguirre fuese purificado al terminar la
guerra y enviado a Ondara.

A pesar de sus maniobras para ocultar el pasado, Eguaguirre no haba
podido borrar del todo las huellas en su liberalismo, y los voluntarios
realistas de Ondara sospechaban de l y le espiaban.




                                  VI

                        EL MIRADOR DEL CASTILLO


UN da, Eguaguirre dijo a sus nuevos amigos, el Capitn y Thompson, que
la coronela quera conocerlos y que les invitaba a tomar el t en el
mirador del castillo. Aceptaron los dos invitados con satisfaccin.

Por la tarde, Eguaguirre, Thompson y el Capitn montaban a caballo
delante de la fonda de la Marina, entraban por la puerta de Tierra y
suban las cuestas de la ciudadela.

Thompson, a cada paso se paraba, admirado, entusiasmado, a contemplar
el paisaje. El da era de viento sur, luminoso y sofocante; una
languidez pesada pareca desprenderse del cielo, azul obscuro, y del
mar, verde e inmvil.

--Qu vista ms esplndida!--exclamaba el ingls, sacando el pauelo
para enjugarse la cara.

El Capitn sonrea, y Eguaguirre, con cierta impaciencia, murmuraba:

--La seora de Hervs nos espera. No lleguemos tarde.

En pocos minutos subieron a la parte alta del castillo; pasaron por
delante de una casamata, a cuya entrada se vean unos cuantos soldados;
Eguaguirre llam a uno, le entreg las riendas y baj del caballo.

Thompson y el Capitn hicieron lo mismo, y se acercaron los tres al
pabelln donde viva el coronel; llam Eguaguirre, y les pasaron por un
patio hasta el jardn del mirador.

La seora de Hervs les sali al encuentro, y Eguaguirre hizo las
presentaciones.

Era la coronela una mujer de mediana estatura, ms bien baja que alta,
los ojos negros, el pelo rubio castao, la boca de almendra, el cuello
redondo y las manos muy pequeas.

--Esta seorita es la hija del coronel?--pregunt el Capitn, aunque
saba que no lo era.

--No; es la coronela autntica--repuso Eguaguirre.

--No me llame usted coronela, por Dios!--dijo ella.

--Es para convencer a este amigo de lo que es usted y de que no es
usted una supuesta hija del coronel.

--Este seor es muy galante.

--No; de verdad que parece usted una muchachita soltera--replic
el Capitn--, y hace usted muy bien al protestar de que la llamen
coronela, porque esta palabra parece que ha de referirse siempre a
alguna seora vieja y avinagrada.

Thompson cambi unas palabras con Kitty; le pidi despus permiso para
contemplar las vistas desde el mirador y desde la batera del Rey.
Kitty le acompa, sealndole los pueblos y los montes que se vean a
lo lejos. Thompson miraba el paisaje con exclamaciones de entusiasmo.

Eguaguirre y el Capitn hablaban. El jardn aquel era pequeo y tupido.
Los rosales y los mirtos estaban cuajados de flor, y en las manchas
verdes de follaje de las enredaderas brillaban las campanillas blancas,
rojas y moradas.

En un extremo del jardn se levantaba el castillejo o castellet,
antigua torre del homenaje, desde donde se dominaban los alrededores
casi a vista de pjaro, como desde un globo.

Recorrieron Thompson y Kitty los rincones de la batera, y
descendieron por una escalerilla de piedra al jardn, a reunirse con el
capitn y Eguaguirre. Se sentaron en unas butacas de mimbre y charlaron
los cuatro.

Kitty era hija de un militar ingls y de una seora alavesa, de
Vitoria. Haba quedado hurfana muy joven y se haba casado con el
coronel Hervs, que le llevaba ms de treinta aos de edad.

Despus de un largo rato de conversacin, Kitty les invit a subir a
una galera abierta que daba al jardn, por unas gradas. Esta galera
tena unos arcos. En ella, un criado estaba preparando un refrigerio.
El Capitn y Eguaguirre tomaron caf, y Kitty y Thompson, t.

Desde la galera, a travs de los cristales, se vea el cuarto de
trabajo de la coronela. Kitty les hizo pasar a sus invitados para
verlo. Tena una pequea biblioteca, un piano y un arpa, y cuadernos de
msica clsica y de canciones populares inglesas.

Los entusiasmos literarios de Kitty eran Walter Scott, lord Byron y
Schelley. Senta un gran entusiasmo por Diana Vernon, la herona de
Rob Roy, a quien confesaba haba querido imitar. Tambin tena en la
biblioteca obras de Sterne, Fielding y Goethe.

El Capitn mir todos los libros, las estampas y un retrato de mujer
pintado al leo.

--Quin es? Quiz su madre?--pregunt.

--S.

--Vive?

--No. Muri cuando yo nac. No la he conocido.

--A juzgar por el retrato, deba ser una mujer encantadora.

--Todos los que la conocieron hablan de ella con entusiasmo.

Kitty qued melanclica.

Eguaguirre, para borrar esta impresin, inst a Kitty a que cantara,
y ella, sin hacerse rogar, cant acompandose con el arpa algunas
canciones irlandesas, que produjeron un gran entusiasmo en Thompson.

Tras de recibir los plcemes de todos, Kitty fu a la mesita, donde
guardaba sus papeles de msica, y sac el _Don Juan_, de Mozart.

--Ah! Mozart--exclam Thompson--. Conozco algunas de sus sonatas.
Dicen que _Don Juan_ es de una msica muy obscura.

--Yo no lo creo as--contest Kitty.

--Vamos--le dijo a Eguaguirre--. Cante usted.

--Oh! No, no. Por Dios. Es molestar a estos seores.

--De ninguna manera.

Eguaguirre insisti en que lo haca mal; pero, al fin, cant con gran
maestra la serenata de _Don Juan_.

                       Deh vieni alla finestra.

--Admirable!--exclam Thompson--. Magnfico!

Eguaguirre perdi su habitual expresin de tedio y qued confuso y
sonrojado de placer.

Despus Kitty enton el aire de _Doa Elvira_:

                        In quali eccesi o numi,

y tras de ste la coronela y el teniente cantaron el admirable do de
_Don Juan_ y de _Zerlina_,

                         La ci darem la mano,

que tuvieron que repetir una porcin de veces.

Daban a la cancin una gran malicia y desenvoltura que ocultaba, sobre
todo en ella, su entusiasmo amoroso. No haba necesidad de ser muy
psiclogo oyndolos a los dos para comprender que haba entre ellos
algo ms que una efusin artstica.

Era lstima vindolos tan bellos el pensar que slo saltando por encima
de las leyes y afrontando el desprecio de la multitud podan llegar a
unirse.

Habran dado el salto?--pens el Capitn--. Todo haca creer que
Eguaguirre no era de los hombres que sienten temor a coger las flores
al borde del precipicio.

Despus del concierto y del canto charlaron largamente. El Capitn
haba conocido a lord Byron, por quien Kitty tena gran admiracin,
y cont sus entrevistas con el noble poeta. Tambin haba conocido a
la amazona realista Josefina Comerford, y esta dama interesaba de tal
manera a Kitty, que el Capitn tuvo que describirla con gran lujo de
detalles.

Al anochecer se present en la galera el coronel Hervs, el marido de
Kitty.

Era un hombre viejo, opaco, fro, con una amabilidad desdeosa y una
manera de hablar balbuceante, de paraltico.

Kitty present al Capitn y a Thompson, y el coronel, tomndole a
ste por su cuenta, se puso a explicarle un sinfn de menudencias
burocrticas que a l, sin duda, le parecan importantsimas.

Hablaba de una manera fatigosa y pesada:

--En estas cuestiones ejem!... hay que atenerse a la parte ex... po...
si... ti... va ejem! como a la dis... po... si... ti... va ejem!
ejem! Usted me comprende? Porque si usted no se fija mas que en la
parte dis... po... si... ti... va ejem! ejem! no podr comprender el
sentido claro y preciso que el legislador ejem! ejem! ha querido dar
a la ley... ejem! ejem!

Thompson soport lo ms amablemente los ejem! ejem! y las
explicaciones pesadsimas del coronel; Kitty mientrastanto sonrea con
aire de excesiva amabilidad, y Eguaguirre, con su aspecto habitual de
tedio y de desesperanza, miraba hacia el mar.

Era ya de noche. Los contertulios se despidieron del coronel y de su
seora y montaron a caballo.

La noche estaba esplndida. Thompson fu mostrando la Osa Mayor y
Arturus, la Estrella Polar, la Corona Boreal, Casiopea, en medio de la
Va Lctea, y los grandes astros, como Capella, Altair y Aldebaran...

El mar murmuraba all abajo y se oa el rtmico batir de sus olas.

Al acercarse a la batera de San Antn son el grito del centinela.

--Centinela, alerta!

Y despus los alertas se oyeron ms lejanos, hasta que volvieron a
acercarse.

Llegaron a la puerta de Tierra. Eguaguirre habl con el capitn de
Llaves, y los tres pasaron al pueblo.




                                  VII

                             LOS OFICIALES


EN los buenos tiempos en que el castillo de Ondara era una fortaleza
importante, el cuadro del Estado Mayor de la plaza estaba completo y la
oficialidad era numerosa. Haba entonces un gobernador, el teniente del
rey, el sargento mayor o mayor de plaza, el asesor, los comisarios, el
comandante de Artillera, el comandante de Ingenieros, los ayudantes y
el capitn de Llaves.

En el tiempo de decadencia del castillo, despus de la guerra de
la Independencia, ya estos cargos no tenan ms valor que un valor
burocrtico. En esta poca de la segunda reaccin de Fernando VII, el
cuadro de oficiales del ejrcito no ofreca el carcter homogneo de la
oficialidad anterior a la guerra de la Independencia; ya no era sta
exclusivamente aristocrtica, sino mezclada; los jvenes de buenas
familias se encontraban revueltos con los antiguos guerrilleros, con
los liberales traidores y luego purificados y con los aventureros
absolutistas que haban ganado sus grados a las rdenes de Mosn Antn,
el Trapense, Bessieres o Quesada.

Entre los oficiales de la guarnicin de Ondara haba individuos de
estos diversos orgenes.

En un pueblo de escasa poblacin y sin vida poltica no era fcil que
las divergencias ideolgicas de militares y paisanos se hicieran
ms intensas, y, efectivamente, all se amortiguaban; en cambio, las
categoras sociales se acusaban y se llegaban a aquilatar los ms
ligeros matices de riqueza, distincin y superioridad.

Kitty haba querido influr y suavizar estas diferencias en su tertulia
del jardn del Mirador.

Al principio iban muchos oficiales de la guarnicin; luego comenzaron a
faltar y, al ltimo, quedaron una media docena.

De las seoras nunca fueron mas que dos o tres.

Sabido es, y ya lo demostr un fraile en un librito publicado a fines
del siglo XVIII, titulado _Los peligros de las tertulias_, que estas
reuniones tienen muchos agarraderos para las uas del Diablo.

Las seoras de Ondara, como la seora doa Proba, que aparece en el
librito del fraile, crean muy peligrosas las tertulias de Kitty, y no
iban.

De los hombres, uno de los ms asiduos eran don Jess Martn, el mdico
del regimiento, hombre grueso, lento en el hablar, muy grfico y
exacto. Don Jess era el ms entusiasta de los contertulios de Kitty,
un adorador incondicional de su inteligencia y de su gracia.

Otro de los contertulios temido por su pesadez era el capitn
Barrachina, hombre alto, de pecho saliente, que se crea conquistador.
Barrachina tena los ojos negros, el bigote retorcido, las patillas
cortas y el color bilioso.

Barrachina era una buena y estpida persona, con la mentalidad de un
muchacho de diez y seis aos. No haba ledo nada en su vida. Crea que
ser un hombre--y l supona una gran cosa--era ser un fantoche vestido
de uniforme, con el pecho muy abombado y el ademn desafiador.

Barrachina tena muchos hijos, y mientras su mujer bregaba con ellos,
l paseaba su estupidez por el pueblo.

Barrachina haca la gracia de desacreditar a su mujer; contaba si
llevaba postizos, si se apretaba el cors, indiscreciones que a Kitty
molestaban profundamente.

Otro de los asiduos a la tertulia era el capitn Embun, aragons,
hombre fuerte, alto, tosco, de pmulos salientes, que haba campeado
con los realistas de Eroles, y estaba enamorado de Kitty. A veces le
deca a Eguaguirre:

--Esta mujer me vuelve loco--y aada--: Y est por usted.

Tambin solan frecuentar el pabelln de Kitty un teniente de
artillera, de anteojos, muy tmido y distinguido, que se llama Urbina,
y que viva en la misma fonda de la Marina, y un farmacutico muy mope
y muy pedante.

Urbina, que tena gran amistad con Kitty, no se hablaba con Eguaguirre.

El coronel Hervs andaba siempre en compaa de un comandante, don
Santos, hombre de aspecto hipcrita y tan pesado como el coronel. Este
don Santos hablaba en prrafos redondos y con distingos. Los _sin
embargo_, los _si bien es verdad_, los _si es cierto que_, estaban
constantemente en su boca.

A sus largas oraciones no se les vea el fin, eran capaces de quitar
la paciencia a cualquiera. Para hacerlas ms exasperantes, terminaba
diciendo: Est claro? Se da usted cuenta? Ha comprendido usted el
sentido? Me entiende usted bien?

En la tertulia de Kitty se jugaba al tresillo, y a veces se cantaba y
se tocaba el piano.

De las seoras, nicamente la mujer de un capitn, una andaluza muy
graciosa que pareca un chico, iba alguna que otra vez y hablaba como
una cotorra e imitaba con mucha chispa a todo el mundo.




                                 VIII

                                URBINA


THOMPSON hizo amistades con Miguel Urbina, el teniente de artillera
tmido y distrado que viva en la misma fonda y frecuentaba la
tertulia de Kitty.

Urbina era hombre de estudio; tena gran aficin y entusiasmo por las
matemticas y se preocupaba de los problemas cientficos de la guerra.

Estaba desde haca tiempo escribiendo unas observaciones acerca de la
teora analtica de las probabilidades de Laplace, trabajo que absorba
todo su tiempo.

Urbina no poda comunicar sus dificultades y sus dudas a sus
compaeros, porque entre los oficiales del castillo no haba ninguno
que pasara de saber las cuatro reglas.

El matemtico no tena amigos. No se entenda bien con los dems
oficiales.

No cabe duda que el Ejrcito, noble y esforzado en tiempo de guerra,
se convierte en una baja institucin rutinaria en tiempo de paz. El
militar formado en el campo de batalla, entre el humo de la plvora
y el vaho de la sangre, tiene siempre algo superior a su empleo, que
borra el carcter de la reglamentacin estrecha y de las ordenanzas de
una disciplina chinesca; en cambio el que no ha tenido ms campo de
accin que la oficina o el rincn maloliente del cuartel, se hace el
ms incomprensivo de los burcratas.

Urbina, que era hombre de preocupaciones elevadas, no poda convivir a
gusto con sus compaeros, que no hablaban con entusiasmo mas que del
sueldo y del escalafn y cuyo nico entretenimiento era jugar a las
cartas.

Como hombre tmido y sabio, Urbina haba tenido que sufrir muchas
bromas de jvenes oficiales estpidos y petulantes.

Kitty, que comprenda la clase de hombre que era el teniente, le acoga
con su ms amable sonrisa y saba tratarle con tanta amabilidad, que el
Mirador del castillo era el nico sitio donde el oficial se encontraba
a gusto.

Urbina tena esa timidez que no depende de la inteligencia, ni aun de
la voluntad, sino que parece que est en los msculos, que se niegan a
obedecer.

El teniente era capaz de pensar con claridad, de intentar realizar lo
pensado con audacia, de marchar con mpetu; pero llegaba un momento en
que sus nervios flaqueaban y se senta paralizado. En esta situacin de
azoramiento, cualquier cosa, abrir una puerta, saludar, salir de una
habitacin, le dejaba confuso, vacilante, en una actitud de perplejidad
que a l le resultaba embarazosa y triste y a los dems muy cmica. La
gente se rea de l, y a consecuencia de esto, Urbina, al verse tan
absurdo y tan poco consecuente consigo mismo, iba aislndose.

Urbina y Thompson se hicieron amigos y se les vea pasearse juntos con
mucha frecuencia por el castillo y por el muelle. Cuando hubo confianza
entre los dos, Urbina habl de Kitty y de Eguaguirre:

--Qu vida hace la seora de Hervs?--le pregunt Thompson.

--Una vida muy independiente. Por la maana toma su bao, luego da un
paseo a caballo, lee, escribe, hace excursiones en lancha. Al anochecer
recibe a sus amigos.

--Y el pueblo ve bien este espritu de independencia de nuestra amiga?

--No. Ca! El pueblo entero est contra ella. Se la considera loca,
rara, absurda.

--No es extrao.

--Luego se habr usted fijado en que Kitty tiene un gran desprecio por
todas las vulgaridades y lugares comunes que forman como el caparazn
constante de la gente mezquina. Muchas veces es capaz de llevar la
contraria a una persona que defiende una opinin cierta, no porque ella
piense lo contrario, sino porque tanta seguridad en una idea vulgar,
aunque sea exacta, le repugna.

--As, tiene que tener muchas enemistades.

--Figrese usted.

--No le perdonarn esta independencia de espritu.

--No. Ca! A un hombre no se le perdona tener ingenio y un poco de
nobleza de espritu; a una mujer, mucho menos.

--Lstima!

--S. Kitty no es nada simptica en Ondara. Su originalidad ha parecido
a las seoras del pueblo una muestra de extravagancia. No se puede
encontrar por ahora en su conducta nada digno de tacha, pero se
cree que no tardar en encontrarse. Su ingenio y su cultura son muy
sospechosos para las damas ondaresas. No queremos ir a verla--dicen--.
Es tan sabia! Nos pregunta los libros que leemos, sabiendo que no
leemos ninguno. Para estas damas cuanto hace Kitty es una ridiculez y
una pedantera. Para ellas todo lo que no sea hablar con el novio en la
reja, si son solteras, confesarse con el curita jacarandoso u ocuparse
de trapos, es absurdo.

--As que Kitty estar muy aislada.

--Completamente.

--Parece mentira! Una mujer tan simptica!

--Y tan buena--repuso Urbina.

--Usted cree que es buena de verdad?--pregunt Thompson.

--S; muy buena y muy inteligente. No encontrar usted en ella envidia,
ni rencor, ni ningn sentimiento bajo; nicamente, orgullo; pero un
orgullo noble de verse superior a la generalidad.

--Esto habr contribudo a la antipata general.

--Seguramente; Kitty tiene la vaga sospecha de que todas las
superioridades se pagan. La finura, la gracia, la amabilidad desarman y
domestican un momento a las gentes cerriles; pero es una domesticacin
pasajera, porque el bruto vuelve pronto a ser agresivo.

--Y cree usted que hay algo entre Eguaguirre y ella?

--Usted habr notado lo mismo que yo lo que hay.

--Qu le parece a usted Eguaguirre? A m me da la impresin de un
egosta frentico.

--S; es un gran egosta; pero, al mismo tiempo, hombre tmido,
violento y sensible. No tiene freno; el menor contratiempo le amilana y
le sume en una desesperacin sombra.

--Pues, si Kitty est enamorada de l, como parece--dijo Thompson--,
Eguaguirre la har desgraciada.

--S; por petulancia, por estupidez, por darse tono.

Urbina cont a Thompson la causa de haber reido con Eguaguirre. Urbina
haba comenzado a galantear a una muchacha del pueblo, hurfana, de una
familia rica, a quien llamaban Dolores y tambin la _Clavariesa_, y
Eguaguirre se interpuso haciendo el amor a la muchacha y entrando en su
casa.

El tutor haba cogido a su pupila y la haba llevado al convento de
Monsant, en donde estaba por el momento. Desde entonces, Urbina no
quera tratar con Eguaguirre, y nicamente cruzaba con l algunas
frmulas de cortesa cuando se encontraba en su presencia delante de
Kitty.

--No quiero tener amistad con l--concluy diciendo--. Me busca; ha
intentado darme explicaciones, pero estoy dispuesto a no transigir.




                                  IX

                        RECOMENDACIN DE KITTY


LAS guarniciones, como los seminarios y los conventos, tienen todos los
vicios y las hipocresas de los grupos colegiados.

La proximidad del hombre para el hombre es corruptora: un cuartel,
un colegio, o un convento siempre sern un centro de fermentaciones
ptridas. Al hombre, sin duda, le dignifica la soledad; el campo,
cuanto ms deshumanizado, es ms sano para el espritu.

La tropa de un pueblo, en tiempo de paz, es uno de los mayores focos
de corrupcin. nicamente, el clero puede ponerse a veces a la altura
del ejrcito en rapacidad, en lubricidad y en malas costumbres. Difcil
ser encontrar en una guarnicin nada alto, levantado y noble; en
cambio la envidia, la malevolencia, el odio crecen de una manera lozana
y fuerte.

Pronto se enteraron Thompson y el Capitn de las historias y
murmuraciones de Ondara...

Una tarde de da de fiesta, en que todo el pueblo estaba en el campo,
entr Thompson sin meter ruido en su cuarto y se tendi en la cama.
Durmi un rato. Haba dejado la ventana que daba a la galera abierta,
y al despertarse oy un rumor de conversacin.

Se asom a curiosear, y vi al comandante don Santos que hablaba con un
joven oficial de la fonda.

El hombre de las perfrasis y de los circunloquios excitaba al joven
oficial a que espiara a Eguaguirre y a los dos extranjeros sospechosos.
Thompson oy toda la conversacin, esper a que se marcharan los
militares, y cuando se fueron, sali a la calle a buscar a Eguaguirre y
al Capitn, que estaban jugando al tresillo en casa de un comerciante
de la calle Mayor.

Thompson explic lo que haba odo.

--Qu ha dicho don Santos de m?--pregunt Eguaguirre.

--Ha dicho que un to de usted, que comenz su vida militar de
guerrillero con Mina, fu perseguido como conspirador, en 1816,
en Denia; que su mismo to castig con rudeza a los realistas de
Villarrobledo, en 1823, y que usted est en relacin con l.

--Bah! No es cierto. Y el oficial, qu deca?

--Deca que no; que usted es un hombre indiferente a la poltica; que
todas sus aspiraciones consisten en tener dinero y en hacer el amor a
las mujeres, y que es usted el amante de la seora de Hervs.

Eguaguirre se puso serio y palideci.

--Tambin ha contado la historia de una novia de usted, a quien han
tenido que meter en un convento.

--Nada; que no hay manera de vivir aqu sin que la gente se meta en lo
que uno hace y en lo que no hace--exclam Eguaguirre furioso.

--Y de nosotros, no ha dicho nada?--pregunt el Capitn.

--De nosotros ha dicho don Santos que somos masones y que va a mandar
las seas nuestras a la polica.

El Capitn qued intranquilo:

--Ese hombre debe ser de la sociedad El Angel Exterminador--murmur.

--Es probable--dijo Eguaguirre.

--Algn espa pagado por esa sociedad?--pregunt Thompson.

--No; pagado, no--repuso Eguaguirre--; el comandante ejerce,
seguramente, el espionaje para prosperar, para ascender. Ya no tenemos
los militares espaoles guerra, ni posibilidad de ella en mucho tiempo;
ya no se puede llegar como Mina, el Empecinado o Renovales, en seis
aos, de soldado a general, y la gente que quiere hacer carrera intriga
y espa.

El Capitn estaba pensativo.

Las noticias que llegaban de la persecucin de liberales en Valencia
y en Catalua eran para llenar de espanto a cualquiera. Se contaban
historias terribles del Angel Exterminador. Por toda la costa del
Mediterrneo las venganzas de los absolutistas eran espantosas.

Al ver la intranquilidad del Capitn, Eguaguirre le dijo:

--No tenga usted cuidado. Vaya usted a ver a Kitty y hblele
francamente. El coronel har lo que ella le indique.

--Pero no contar lo que se le diga, sin malicia...?

--No, no; puede usted fiarse en Kitty mejor que en un hombre.

El Capitn fu a visitar a la seora de Hervs y le expuso sus temores.
Ella le tranquiliz, asegurndole que influira en su marido y parara
los golpes de don Santos.

El Capitn volvi al lado de Eguaguirre diciendo que Kitty era una
mujer encantadora.

Unos das despus, la seora de Hervs escriba a Thompson una carta
rogndole que fuera a verla.

Thompson fu y charlaron largo rato.

--Quin es el Capitn?--pregunt Kitty con curiosidad--. Me ha dado la
impresin de un hombre extrao, de un personaje de novela.

--El Capitn es un aventurero--contest Thompson--; un tipo de estos
que, en otro tiempo, hubiera sido un _condottiere_ italiano o un
compaero de Hernn Corts en Mjico.

--Y usted dnde le ha conocido?

--Yo le conoc en un barco, al dejar Missolonghi. El llegaba de
Alejandra, de Egipto; haba ido a Missolonghi a verse con lord Byron,
y como el lord estaba enfermo, esperaba el desenlace de la enfermedad.
Al saber su muerte, se decidi a volver a Occidente y entr en la
misma corbeta griega que nosotros. En ella fuimos a Npoles, donde nos
embarcamos en la polacra siciliana, en la que llegamos hasta aqu; el
amigo mo, que muri luego en el lazareto, se agrav en la enfermedad;
los marineros comenzaron a decir que tena la peste, y obligaron al
capitn del barco a desembarcarlo. Yo no quise abandonar a mi amigo;
el Capitn protest; pero como la tripulacin estaba contra nosotros,
tuvimos que salir los tres.

--Y de dnde es el Capitn?--pregunt Kitty.

--Actualmente, es sbdito ingls; pero creo que ha nacido en Espaa.

Hablaron de otras cosas, y de pronto la coronela dijo:

--Usted es amigo de Miguel Urbina, verdad?

--S.

--Y el Capitn, no le trata?

--Muy poco.

--Dgale usted que se haga amigo de l. Yo le quiero mucho a Urbina. Es
un corazn excelente. Miguel est enamorado de una muchacha encerrada
en un convento de aqu cerca, el convento de Monsant.

--S; me ha contado sus amores.

--Ah! Le ha contado a usted sus amores?

--S.

--Pues yo deseara que ustedes le animaran, le ayudasen para que
hiciese algo por esa muchacha, aunque fuese una locura. El quedara
satisfecho, y ella es posible que al verle capaz de una hombrada le
quisiera.

--Nada, le animaremos--dijo Thompson--; intentaremos impulsarle a que
tome una actitud heroica.

Se despidi Thompson de la seora de Hervs, y por la noche cont
al Capitn la conversacin que haban tenido y el proyecto de que
hablaron.




                                   X

                              EXPLICACIN


PUESTO que nuestra encantadora amiga Kitty ha hecho a usted esa
recomendacin--dijo el Capitn--, trataremos de servirla. Amor, con
amor se paga. Usted ha comprendido la causa de ese encargo, amigo
Thompson?

--No.

--Pues yo se la explicar a usted. Kitty est enamorada locamente de
Eguaguirre y quiere tenerlo seguro; teme alguna veleidad de su amante
por esa muchacha encerrada en el convento de Monsant, de que usted
habr odo hablar, que llaman Dolores la _Clavariesa_, y va buscando
que Urbina se case con la Dolores.

--Bah! Usted cree en todo lo que se cuenta?

--Conozco la historia en sus detalles--replic el Capitn--. Al llegar
Juanito Eguaguirre al pueblo, haba aqu dos mujeres que los poetastros
de la localidad llamaban las dos beldades de Ondara: una era Kitty;
la otra, una hurfana rica, a quien por haber tenido no s qu cargo
honorfico en el Calvario, llamaban la _Clavariesa_; Kitty tena el
prestigio de su elegancia, de su cultura, de su aspecto extranjero; la
_Clavariesa_ era una mujer hermosa, con la perfeccin de lneas de una
modelo de Praxiteles. Esta _Clavariesa_ era la pupila de un abogado
llamado Vicente Fenoller. Fenoller, uno de los grandes hombres del
pueblo, es un seor de gran fachenda, abogado elocuente, regionalista
entusiasta y catlico fantico. Fenoller ha casado a un hijo suyo con
una mujer rica, y piensa casar al otro con su pupila la _Clavariesa_.
La ta de la muchacha no es nada partidaria de tal matrimonio.

En este estado de rivalidad entre Kitty y la _Clavariesa_, vino Urbina,
y, a pesar de su timidez y de su apocamiento, fu acogido por las dos
rivales con sus ms graciosas sonrisas. Urbina, si hubiera sido un
hombre valiente y de poca preocupacin moral, se hubiera lanzado a
galantear a Kitty; pero no tuvo bastante nimo para ello, y se dedic a
hacer el amor a la _Clavariesa_, que al principio le correspondi. En
tal situacin se present Eguaguirre en Ondara.

Al primer mes de estar aqu el teniente haba dado un escndalo; haba
ganado y perdido fuertes sumas en el juego, y haba tenido un desafo,
en el cual hiri gravemente a su adversario.

Eguaguirre comenz sus amores en Ondara por partida doble: galanteaba
a una muchacha del barrio de pescadores y a la coronela. Kitty se
diverta con este galanteo, que consideraba inocente. Eguaguirre, que
es un egosta furibundo, se encontraba mal de dinero, y al saber que
Dolores la _Clavariesa_ era rica y hurfana, no se cuid para nada de
su amigo Urbina, ni de la coronela, ni de la muchacha del barrio de
pescadores, y escribi a Dolores una carta de amor. La _Clavariesa_
le acept con gran entusiasmo. Estas permutaciones amorosas fueron
la comidilla del pueblo. La coronela se eclips, y Urbina hizo lo
mismo. Entonces Fenoller, el tutor de la Dolores, advirti a sta que
Eguaguirre era un perdido, jugador, mujeriego, que no quera mas que su
dinero.

--El que no quiere mas que mi dinero es usted--le contest ella
violentamente, y asegur que no, que no la casaran con otro.

Fenoller cogi a su pupila, y con engaos la llev al convento de
Monsant. Eguaguirre se olvid al momento de la _Clavariesa_, y volvi a
ser el caballero de Kitty, que le acept con todas las consecuencias.

       *       *       *       *       *

--No comprendo el xito de Eguaguirre--dijo Thompson.

--Mi querido amigo--replic el Capitn--; el xito de Eguaguirre es,
como todos los xitos, un poco fatal y un poco injusto. Hay hombres que
tienen disposiciones para amar, para querer, y otros para ser queridos.
Hablo desde un punto de vista casi fsico, sexual. Eguaguirre es de
estos ltimos. Ha nacido con la facultad de ser apetecible para el
sexo contrario. Cul es esa facultad? En qu consiste? Cmo la ha
desarrollado? No lo s.

--Encuentro muy problemtico lo que usted dice.

--Es que usted cree que las mujeres se enamoran exclusivamente de los
hombres puros, angelicales, de los sabios, de los hroes.

--No, no; ya s que no.

--Entonces estamos en lo mismo. Las mujeres se enamoran de hombres
altos y bajos, buenos y malos, raros y vulgares; pero entre stos
no cabe duda que hay unos que, sin saber por qu, hacen mover con
ms facilidad esa maquinaria de afectos, de deseos, de vanidades, de
inclinaciones que hay en una mujer. Esos son los donjuanes, los hombres
interesantes, los codiciados... Y uno se pregunta el por qu. Es que
estos hombres tienen una perspicacia especial para ver los puntos
flacos del sexo contrario? No. Es que comprenden a las mujeres mejor
que los otros? Tampoco. Como todos los dems, en estas cuestiones
amorosas disparan su flecha con los ojos cerrados; pero, a diferencia
de los dems, dan casi siempre en el blanco. Ahora usted dir: Por
qu dan en el blanco? Por la razn sencilla de que la mujer que hace
de juez y de rbitro en el juego est dispuesta a creer que para aquel
hombre escogido por ella donde d la flecha estar el blanco. Es la
arbitrariedad de la Naturaleza.

--Es posible que sea as--dijo Thompson--; yo, la verdad, no le
encuentro nada extraordinario a Eguaguirre.

--Usted qu le va a encontrar! Ni yo tampoco. Son las mujeres las que
le encuentran algo especial. Es la mirada impertinente, es la flema,
es el desdn... Quiz le agradecen vivir exclusivamente para ellas,
cosa que a la larga debe ser aburrida. El caso es que Eguaguirre es un
Tenorio y que nuestra encantadora Kitty quiere favorecer los amores de
Urbina y de la muchacha encerrada en Monsant para tener la exclusiva de
su Tenorio.

--S, s, es posible, y lo siento. La verdad, no creo que Eguaguirre
valga la pena de tantos cuidados.

--Amigo Thompson. Est usted hablando como un nio. Es que va usted
a pretender que las mujeres no tengan derecho a enamorarse de los
imbciles y de los egostas? Es que les va usted a privar de ese
sacrosanto derecho? Pues entonces les va usted a cercenar la vida. Es
la fruta que ms les ilusiona.

Y el Capitn se ri, frotndose las manos alegremente.

Thompson qued algo preocupado con las palabras del Capitn, y como no
quera ser un negador sistemtico, intent estudiar a Eguaguirre.

No encontr en el joven teniente nada que le sorprendiera. Era de una
inteligencia menos que mediana, de una cultura casi nula, orgulloso,
sombro, con una gran fe en s mismo. Quiz sta era una de sus
fuerzas. Otro atractivo poda tener el oficial para las mujeres, y era
que su vida pareca prxima a una tragedia, a una catstrofe.

El egosmo de Eguaguirre era monstruoso. Kant, en su antropologa
prctica, encuentra que hay tres clases de egosmo: el egosmo lgico,
el esttico y el prctico.

El egosmo lgico juzga sin tener en cuenta el juicio ajeno; el
esttico, se contenta con su gusto, sin hacer caso de la opinin
general, y el egosmo prctico subordina todo lo del mundo a la vida de
uno.

Eguaguirre tena algo del egosmo lgico y del esttico; pero el que
le posea por completo era el egosmo prctico. Senta desdn por la
gente, crea despreciar a todo el mundo, lo cual no era obstculo
para que fuera capaz de exponer la vida para que los dems, una turba
de imbciles, segn l, no creyesen que alguna vez l, el teniente
Eguaguirre, pudiera quedar mal en un asunto cualquiera.




                                  XI

                              EL PROYECTO


EL Capitn, siguiendo la indicacin de Kitty, se hizo amigo de Urbina,
quien le cont sus amores.

--Amigo Urbina--le dijo el Capitn--, usted est enamorado de verdad
de esa chica?

--S.

--De verdad, de verdad?

--S, hombre, s.

--Sera usted capaz de raptarla del convento de Monsant si ella
quisiera?

--No creo que fuera muy fcil.

--Lo facilitaremos. Todo es cuestin de tener voluntad.

--Ah! Si fuera posible, con mil amores.

--Tiene usted que hacer algo extraordinario para influr en la
imaginacin de su dama Urbina--dijo el Capitn--. Kitty nos ayudar.

--Querr?

--S.

Fueron a visitar a la coronela, Urbina, Thompson y el Capitn. Le
explicaron la idea, como si no hubiese partido de ella, y se comenz a
estudiar el proyecto.

Primeramente era necesario hacer una visita al convento de Monsant.

Kitty dijo que ella era amiga de la superiora y que le escribira
pidindole permiso para hacerla una visita.

--Esto es lo primero que hay que resolver--dijo el Capitn--; luego,
ya veremos si a Urbina, al ver a su novia se le ocurre una inspiracin
genial que haga gran efecto en el corazn de su amada.

--A m? Ca!--exclam Urbina--. No se me ocurrir nada.

--Bueno, no se asuste usted tan pronto, Urbina--dijo Kitty--. Usted
no llevar la direccin del asunto, y no ser usted responsable del
xito o del fracaso de la empresa. El Capitn ser nuestro director, el
Prspero de nuestra isla.

--El Capitn no creo que haya ledo _La Tempestad_, de
Shakespeare--replic Thompson--, ni que se haya hecho cargo de la
alusin de usted; pero yo, que la he ledo, afirmo que nuestro Prspero
es de lo ms maravilloso que puede ser un Prspero solamente humano.

--No me den ustedes fama antes de ver los resultados--replic el
Capitn--. Con el xito aceptar los aplausos.

Una semana despus Kitty le dijo al Capitn que haba recibido una
carta de la superiora dicindola que podan ir a visitar el convento
cuando quisieran.

--Muy bien.

--Iremos unos cuantos--dijo la coronela.

--Quienes vamos a ir?

--El doctor y su mujer, Urbina, Thompson, usted y yo.

--Y Eguaguirre?--pregunt el Capitn, indiferente.

--No--contest ella, mirando con atencin al Capitn, para ver si en la
cara de ste se reflejaba algn pensamiento malicioso.

El rostro del Capitn estaba impasible.

--Cmo haremos el viaje?--pregunt Thompson.

--Otras veces hemos salido de Ondara al amanecer. Embarcamos aqu,
hasta un pueblecito que est a dos horas de distancia, donde suele
esperar una tartana. Como vamos a ir ms gente que de costumbre,
mandaremos que saquen unos caballos. A media tarde, o al anochecer,
podemos estar de vuelta.

--De manera que usted ha estado ya en el convento?--pregunt el
Capitn.

--S. Dos veces.

--Dgame usted cmo es.

--Qu quiere usted que le diga?

--Hgame usted una descripcin de l: si es grande, si es chico, si
tiene un jardn, si no lo tiene, cmo est emplazado, etc.

Kitty hizo una descripcin del convento, todo lo detallada que pudo.
El Capitn no se fij mas que en dos detalles: en que al lado del
monasterio se cortaba la tierra, hacia el mar, en un acantilado muy
alto, y en que haba muchas palomas.

--De manera que hay palomas?--pregunt varias veces.

--S, muchas; tanto, que las venden.

--Ah, las venden! Ya tenemos un pequeo dato--dijo el Capitn--. Y el
acantilado, cmo es?

Kitty no recordaba bien cmo era, y no pudo contestar con precisin a
esta pregunta.

--Otra cosa--pregunt el Capitn--. No tiene usted un anteojo?

--S.

Kitty llam a un criado, que vino con un anteojo, y el Capitn estuvo
mirando con l, observando la costa y la ensenada de Monsant, de la
cual no se vea mas que la entrada.

Despus lleg Eguaguirre, y Thompson y l se retiraron.




                                  XII

                               EL VIAJE


SE fij como da de marcha un domingo, y por la maana, antes de
amanecer, estaban todos los que formaban la expedicin en el muelle.

El capitn de Llaves haba mandado echar el puente levadizo, en la
puerta de la Marina, ms temprano que de costumbre, y acompaaba a los
expedicionarios, que formaban un grupo...

Era la hora anterior al alba; la hora del despertar de los puertos y de
los barrios de pescadores; la hora que los antiguos representaban como
una muchacha con alas, vestida con una tnica de color violeta plido y
acompaada de una lechuza de color de crepsculo. El cielo, estrellado,
estaba an negro; la Osa Mayor se inclinaba hacia el mar, que floreca
en fosforescentes espumas, y en el pueblo comenzaban a cantar algunos
gallos madrugadores, que presentan la aurora.

Haba, en la popa de una barca atracada al muelle y sujeta por una
maroma, un farolillo que se balanceaba.

En esta barca, la _Joven Rosario_, iban a partir Kitty y sus amigos
para Monsant.

Dos marineros, ayudados por los soldados de la guardia de la puerta
de la Marina, pasaron de una mano a otra unos cuantos fardos y varios
cestos de provisiones por la escotilla al interior de la bodega del
falucho. Embarcaron luego los pasajeros; se acomodaron en los bancos,
a popa, sobre la cubierta, y la _Joven Rosario_ se separ del malecn y
comenz a alejarse a fuerza de remos, haciendo un ruido de chapuzones
en el agua.

--Adis! Divertirse!--dijo el capitn de Llaves desde el muelle.

--Adis! Adis! Hasta la vuelta--contestaron los viajeros.

El falucho era ancho y pesado; los tripulantes, cuatro: dos marineros,
el patrn y un grumete.

Haca un viento fresco; el relente de la noche dejaba la ropa
humedecida. El agua pareca tan cuajada como el cielo de estrellas,
que iban siguiendo a la barca, palpitando y temblando sobre las olas
sombras, que pasaban por encima del abismo negro del mar...

De pronto comenz a rechinar una garrucha agriamente; la gran vela
latina se extendi, como una claridad fantstica, en el aire de la
noche, que tena rfagas turbias de luz; di un latigazo, se inclin la
barca por una de sus bordas, y comenz a marchar de prisa, abrindose
paso entre remolinos de espuma... El horizonte aclaraba por instantes;
las estrellas palidecan. Unas nubecillas grises, azuladas, haban
invadido el cielo por Levante, y estas nubecillas fueron enrojecindose
hasta que el sol hizo su salida triunfal, rasando con su luz dorada las
crestas espumosas de las olas.

Las nubes se fueron esparciendo por el cielo en grandes copos rojos,
que se subdividieron y concluyeron por deshacerse.

El grumete, que corra a proa con los pies desnudos, se puso a cantar,
con voz atiplada:

                       L'airet, l'airet, l'airet
                            de la matinada.
                    Del rich estiu, del rich estiu,
                            del rich estiu.

--Silencio!--le grit el patrn severamente.

--Djele usted cantar--exclam Kitty--; lo hace muy bien.

El muchacho sigui con su cancin, cambiando de voces con mucha gracia.

Ya la luz de la maana alumbraba el mar, y los viajeros se vean unos a
otros.

Kitty iba muy sonrosada y elegante con un chal y una capucha que le
cubra la cabeza; la mujer del mdico comenzaba a ponerse plida, algo
mareada; Urbina estaba preocupado; el Capitn, silencioso, y el doctor
y Thompson se entretenan en hacer cabriolas y gansadas, exponindose a
caerse al agua.

Al alejarse a una distancia de un par de millas del puerto oyeron la
diana que tocaban los tambores y cornetas en el castillo de Ondara.

Se volvieron todos a mirar hacia atrs. El castillo brillaba como una
ascua. Pareca fundido, incendiado por el sol; el pueblo estaba todava
en la sombra, y nicamente un rayo de oro daba en la cpula de la
iglesia, que centelleaba con mil reflejos.

Poco despus se oyeron varios caonazos.

Se vea el humo blanco de la salva, que manchaba el aire azul, formando
una nube redonda, y unos segundos ms tarde sonaba el estampido.

--La Naturaleza tiene tambin cosas cmicas--dijo el Capitn--. Esa
diferencia de rapidez entre la luz y el sonido hace un efecto grotesco.

--Tampoco quiere usted estar conforme con la Naturaleza?--pregunt
Kitty, riendo.

--Tampoco.

En esto se iz la bandera en el castillo de Ondara, que comenz a
brillar al sol.

--Hurra! Hurra!--grit Thompson, agitando su sombrero en el aire.

--No me ha parecido bien ese hurra cosaco, Thompson--dijo burlonamente
el doctor--. Ustedes qu opinan?

--La verdad es que ese grito del Norte en pleno Mediterrneo parece
intempestivo--contest Kitty.

--Completamente intempestivo--dijo el Capitn.

--Yo creo que el eco ha protestado con indignacin--aadi el doctor.

--Qu duda cabe!--repuso el Capitn--. Yo mismo he visto un delfn que
se ruborizaba al or esa exclamacin salvaje.

--No se esfuercen ustedes ms, amigos mos--exclam Thompson--, en
convencerme que he hecho mal. Tienen ustedes razn. Haba perdido la
nocin geogrfica, se me haba confundido en la cabeza el paralelo.
Pero ahora estoy orientado, he encontrado la aguja de marear y creo que
a este grito no tendrn ustedes que poner ninguna objecin.

--Vamos a ver--dijo el doctor.

--Evohe! Evohe!--grit Thompson desaforadamente--. Eh! Qu tal?
Tengo aire clsico?

--Parece usted un Sileno--dijo el doctor.

--Evohe! Evohe!--repiti Thompson.

--Va usted hacer zozobrar la barca con sus gritos bquicos--exclam el
Capitn.

--Me callar; pero ustedes confiesen que este Evohe! ha estado muy
bien.

--Yo lo confieso--dijo el Capitn--; la prueba es que el delfn, que
iba antes avergonzado y triste con sus hurras, me ha hecho una sea de
amistad y ha sonredo.

       *       *       *       *       *

Haca poco viento y tardaron dos horas en desembarcar en Alba, un
pueblecito de la falda del Monsant.

Era el pueblo pequeo y blanco; se destacaba en el cielo azul intenso,
colocado sobre un acantilado calcreo de poca altura, rodeado por un
arenal. Brillaba esta pared como si fuera de mrmol veteado y manchado
por algunas plantas trepadoras. Encima se alineaban casas blancas,
cuadradas, como dados, sin alero, que refulgan al sol.

Al pie del acantilado se extenda la playa, llena de algas de aspecto
haraposo.

La barca se acerc y encall en el arenal.

Vease ste en aquel momento lleno de gente; unos arrieros de pueblos
de alrededor compraban y cargaban pescado en carros pequeos, y con tal
motivo haba gran movimiento de ir y venir.

Los viajeros, dirigidos por Kitty, cruzaron por entre los pescadores,
salieron a una calle del pueblo y entraron en la posada.

--Qu hora es?--pregunt Kitty.

--Las ocho.

--Entonces tenemos que esperar una hora a que vengan la tartana y los
caballos.

Salieron todos a una galera del mesn que daba hacia la playa.

Al lado del mar haba un conjunto de chozas, unas de paja, otras
de tablas, en cuyos cobertizos y tejados se amontonaban cuerdas de
esparto. Entre barca y barca se secaban al sol las ropas de los
marineros. Los chicos y las mujeres cavaban con la azada pequeos
canales en la arena, para que las barcas que partan se deslizasen
hacia el mar, y ayudaban a subir a las que llegaban, tirando de una
cuerda que pasaba por dos poleas.

A las nueve en punto, la moza del mesn avis que estaban la tartana y
los caballos en la puerta, con el asistente de Urbina.

Kitty not en aquel momento que el Capitn llevaba en la mano un bulto
cuadrado cubierto de tela.

--Qu lleva usted ah?--le dijo.

--Es un secreto.

--No lo puedo yo saber?

--S; es una jaula. Pngala usted en el coche, ya le dir a usted luego
para qu es.

Las seoras y el mdico subieron en la tartana; los dems, en los
caballos, y se dirigieron todos por una rambla llena de polvo, y
despus por una cuesta pedregosa, a escalar la parte alta de un
acantilado, por donde corra un camino de herradura. Este camino, la
Volta del Rosignol, iba rodeando el monte hasta dominar la ensenada del
Monsant, una ensenada casi redonda con un islote en medio, el islote
del Faralln. A un extremo de la ensenada estaba el convento.

Al llegar sobre la altura y comenzar el descenso del camino, el caballo
de la tartana sali con un trote descompasado, agitando la collera
y un cucurucho de cascabeles que llevaba fijo en ella y que sonaba
estrepitosamente en la marcha.

Los jinetes picaron la espuela a sus caballos, y en hora y media
estaban todos en el convento.




                                 XIII

                              EL CONVENTO


ERA un magnfico lugar aquel en donde se asentaba el monasterio.
Se hallaba en una alta explanada del Monsant, al borde mismo del
acantilado de la costa; tena delante un bosquecillo de olivos; encima
de ste, un pinar, y ms arriba, cimas speras y pedregosas; abajo se
extenda el mar, en cuya superficie luminosa se dibujaba la sombra del
islote. Al acercarse al convento, por la Volta del Rosignol, se vea,
primeramente, la torre por encima de los viejos y mugrientos tejados,
entre los cipreses del camposanto; luego se abarcaba todo el conjunto
del edificio, circundado por una muralla con aspilleras y rejas. Dentro
de esta muralla se encerraba la iglesia, la vivienda, el jardn y el
claustro.

Entre el convento y el bosquecillo de olivos haba un raso ancho y
empedrado, con una cruz de piedra en medio.

En aquel momento, un mendigo, envuelto en una anguarina parda, dorma
al sol.

Llegaron la tartana y los caballos a la plazoleta; se detuvieron y
bajaron los viajeros.

Un arco de la muralla entre dos columnas, con una puerta claveteada
y pintada de azul, daba acceso al primer patio. En el fondo de ste
se levantaba la iglesia, una fachada barroca con guirnaldas y grandes
tejas con celosas. Encima de la puerta, contorneada por una moldura
retorcida de piedra, haba una hornacina con una Virgen antigua
esculpida por algn artista gtico, y a los lados de ella se destacaban
dos grandes escudos coloreados. La fachada remataba en una torre
adornada con varios jarrones y tres campanas.

En el patio, los arrayanes decrpitos y mal cortados trazaban un
rectngulo, y en medio de ste se levantaba una gran taza de mrmol,
musgosa, olvidada y triste, que en otro tiempo debi de estar
embellecida y animada por el chorro vivo de un surtidor de agua clara.

Kitty y los amigos atravesaron el patio y se acercaron a la iglesia.

--Thompson y yo esperaremos aqu un momento--dijo el Capitn--, luego
entraremos.

Kitty, con la mujer del doctor, el doctor y Urbina, pasaron al patio,
y Thompson y el Capitn quedaron fuera con el asistente de Urbina y el
tartanero.

--Oye, muchacho--le dijo a ste el Capitn.

--Qu quiere usted?

--Pasa por ah y llama al jardinero o al portero, y dile a cualquiera
de ellos que te venda dos palomas, y pregntale si todas las semanas
podrn vender otras dos.

--Bueno.

--Toma--y el Capitn le alarg unas monedas.

--Ya, cuidarn ustedes de la tartana?

--S, estaremos aqu.

El tartanero entr en el convento y volvi al poco rato con dos palomas
grises.

--Qu han dicho?--pregunt el Capitn.

--Que vendern todas las que se quieran. Ah tiene usted la vuelta.

El Capitn di una propina al muchacho y cogi las dos palomas, las
examin, las encerr en la jaula y sta la dej dentro de la tartana.

--Qu vamos a hacer ahora?--pregunt Thompson.

--Yo voy a entrar--dijo el Capitn--; usted se queda aqu, inspecciona
esto y me hace un pequeo plano del conjunto del edificio y de sus
alrededores.

--Pero entonces no voy a ver el convento!

--Y a un luterano como usted, qu demonio le importa ver un convento
de papistas?

--Y el arte?

--Qu arte! No sea usted amanerado, Thompson. No es una obra de
arte el intentar, como intentaremos nosotros, si se puede, robar
una seorita de un convento? Le crea a usted superior a esas
supersticiones.

--No he dicho nada. Es usted el Capitn y le obedezco.

--Bueno. Hasta luego entonces.

Entr el Capitn en el patio, lo recorri y pas a la iglesia, y
despus al claustro. Aqu se reuni con Kitty y sus amigos, que estaban
en compaa de la superiora y de una mujer de una belleza esplndida,
vestida de negro. Era la _Clavariesa_. La _Clavariesa_ hablaba con
Kitty, al parecer, come con una amiga ntima.

Precedindolos a todos iba un sacristn cojo, vestido con una tnica
negra y armado de un llavero, abriendo puertas.

El Capitn se acerc a Urbina y le pregunt, sealando a la
_Clavariesa_:

--Es la novia de usted?

--S.

--La puede usted decir unas palabras?

--S.

--Dgale usted que una paloma gris que llegar el domingo, por la
maana, a las doce del da, le traer noticias de Ondara y de usted.

--Qu quiere usted decir con eso?

--Usted dgaselo en seguida. Que espere la llegada de la paloma.

Urbina, apretado de cerca, di el encargo a la _Clavariesa_.

Siguieron todos visitando el convento.

       *       *       *       *       *

Mientrastanto, Thompson tomaba notas y apuntes desde fuera.

Comenzaba a hacer calor; la luz cegaba y el tiempo invitaba a la
pereza. Las cigarras llenaban con su chirrido el silencio del campo.

Thompson no saba el propsito definido del Capitn. Hizo primero un
croquis de los alrededores del convento y de la cima del Monsant, que
tena en uno de sus cabezos una atalaya derruda, del tiempo de los
moros.

Despus dibuj el conjunto del monasterio desde la Volta de Rosignol,
con sus grandes tapias, su arco de entrada, su torre, sus tejados
musgosos y sus cipreses negros y afilados.

Luego, abandonando el camino y alejndose de la costa, subi a un
bosquecillo de olivos. Estos rboles centenarios, negros y retorcidos,
parecan pulpos monstruosos de muchos brazos y de muchas manos que iban
ascendiendo penosamente la montaa.

Desde aquella altura se vea la huerta del convento con una gran
alberca cuadrada, en la que el agua negra verdeaba. Detrs de los
perales y de los melocotoneros asomaban los cipreses melanclicos del
cementerio, como detrs de la vida aparece la muerte. Sobre el mar azul
revoloteaban algunas gaviotas y sobre la tierra, algunas palomas.

Thompson dej el bosquecillo de olivos y subi por un pinar hasta la
parte alta de una cima, desde donde se dominaba la costa al prolongarse
hacia el norte. Al principio qued extraado; enfrente brillaba un
pen calcreo erguido sobre una playa. El sol le arrancaba unos
reflejos tan extraos que aquella roca gigantesca, blanca, roja y
amarilla, pareca el fantasma de un monte viga del mar azul.

Thompson estuvo contemplando aquella roca un momento para cerciorarse
de que tena realidad; luego temi quedar retrasado, cruz el pinar y
el bosque de los olivos y baj a la puerta del monasterio.

Seran las once cuando los visitantes de Monsant salieron al patio.

--Y por qu no ha entrado Thompson?--pregunt Kitty.

--Tena que hacer un encargo mo--repuso el Capitn.

--Qu egosmo! Por qu no lo ha hecho usted?

--Es que l sabe ms geologa que yo, y necesitaba examinar unas
piedras. Adems de que los aires papistas no convienen a los luteranos.

--No diga usted papistas. Qu horror!

--Es usted ferviente catlica, Kitty?

--Lo ms ferviente que puedo.

Entraron unos en la tartana, montaron los otros a caballo y volvieron
al mesn de Alba, a comer.

--Qu le ha parecido a usted la _Clavariesa_?--pregunt Kitty al
Capitn.

--Muy bien; una mujer esplndida.

--Cuando estaba en Ondara queran encontrar rivalidad entre ella y yo.
Qu tontera, verdad!

--S!; hay demasiada diferencia entre ella y usted--dijo el Capitn.

--Verdad?

--Enorme.

--Tanta, tanta, cree usted?

--Es como comparar una estrella, no con un gusano de luz, huyamos de
las exageraciones, como comparar una estrella de luz propia con un
planeta.

--Y ella es la estrella de luz propia?

--No, la estrella es usted.

--Gracias, Capitn, es usted muy galante.

--Es usted como esas estrellas pequeas, brillantes, intensas, que
lanzan una mirada que vibra en el aire.

Kitty tom un aspecto mixto de coquetera y de tristeza.

--Me gustara saber, la verdad, lo que piensa usted de m--dijo.

--Lo que siento de usted. Sencillamente, que es usted una mujer
admirable.

--Se quiere usted rer de m.

--No, no. Es usted una mujer encantadora.

--Con eso quiere usted decir que soy loca, temeraria... verdad?

--Y quin no lo es? Solamente las gentes mezquinas saben hacerse un
escudo con los lugares comunes y las preocupaciones generales para
vestir su mezquindad. La poca gente noble que hay en el mundo, esa va a
pecho descubierto; si le hieren de un flechazo, la flecha penetra hasta
el corazn; si va por un precipicio y se desliza, la cada es hasta el
fondo...

--Me da usted miedo--dijo Kitty--, debe usted odiar a la sociedad.

--La odio... y la desprecio--contest el Capitn en tono sombro.

--Pero sin sociedad, cmo podramos vivir?

--No s; ni me importa pensarlo.

--Es necesario que haya leyes.

--S; as al menos hay la satisfaccin de violarlas--replic el Capitn
en tono sarcstico.

--Y de Eguaguirre, qu piensa usted?

--Eguaguirre!... Tiene un perfecto egosmo a cubierto de todo ataque.
Garitas, bateras, hornabeques, galeras cubiertas: su fortaleza es
inexpugnable. No se perder por amor al prjimo.

--Tan malo le cree usted?

--No; malo, no. Egosta, fro, petulante. Tiene grandes condiciones de
conquistador.

Kitty escuch nerviosa y demudada. Al tranquilizarse un poco dijo:

--Tambin tiene usted mala opinin de Urbina?

--No. Ca! Urbina es un santo varn. Entre hacer de vctima o de
verdugo, preferir hacer de vctima; entre ser martillo o yunque,
elegir ser yunque. Yo le respeto y le reverencio, y si llega su
martirologio le dedicar un recuerdo y una piadosa lgrima.

Comieron en el fonducho de Alba y, despus de pasar un rato de
sobremesa y esperar a que transcurrieran las horas calurosas de la
tarde, marcharon a la playa y entraron en la _Joven Rosario_.

El asistente de Urbina y el tartanero fueron a Ondara por tierra, dando
una gran vuelta.

Kitty, que se haba sentado a popa, se fij en el envoltorio que
llevaba el Capitn.

--No me ha dicho usted para qu es la jaula--dijo.

--Y quiere usted saberlo?

--S.

--Pues llevo aqu dentro dos palomas.

--En dnde las ha cogido usted?

--Cree usted que las he robado? No. Comprendo que hubiera estado ms
en carcter robndolas; pero me he contentado con comprarlas en el
monasterio.

--Y para qu las quiere usted?

--Una de ellas servir para llevar la carta que nuestro amigo Urbina
escribir a su amada.

--Qu idea! Pero tendra que estar advertida la _Clavariesa_.

--Lo est.

--Y la contestacin?

--Yo supongo que se necesitarn dos cartas para que haya contestacin.
Si la muchacha se aviene a entrar en correspondencia con Urbina, se le
enviarn palomas del castillo, de regalo, que desde el momento que las
suelte volvern a su palomar.

--Bravo! Es usted un hombre de recursos, Capitn.

Se desembarc en Ondara al anochecer, y el Capitn y Thompson se fueron
a la fonda de la Marina.

Por la noche, los dos dijeron a Urbina que poda escribir una carta a
la _Clavariesa_, que ira al convento llevada por una paloma.

Urbina, al saberlo, qued intranquilo y nervioso, y se puso hacer
borradores, que consult con Thompson, a quien consideraba hombre ms
susceptible de sentimentalismo que el Capitn.

Dos das despus haba que enviar la paloma mensajera. Se ley la carta
definitiva, que se someti al juicio de Kitty. Kitty hizo algunas
observaciones de psicologa femenina muy agudas, que Urbina atendi,
y por la maana del domingo subieron Urbina, Thompson y el Capitn al
Mirador del castillo. Kitty tom entre las manos una de las palomas y
estuvo acaricindola. Segn Thompson, era un ejemplar de la _Columba
Tabellaria_. Esta clase, de pequeo tamao, es de gran instinto
viajero. El Capitn cogi la carta de Urbina, la dobl y la at con
una cinta en el ala de la paloma. Luego Kitty dej el ave mensajera en
el pretil del Mirador. La paloma di unos pasos a un lado y a otro,
despus se lanz al aire, traz una gran curva para orientarse, se
dirigi como una flecha hacia Monsant, y desapareci.

--He escrito una tontera--dijo Urbina--. Va a creer que soy un imbcil.

--Ya no puede usted recoger la carta del correo--exclam el Capitn
burlonamente.

--Se va a rer de m.

--Qu se ha de rer!--exclam Kitty.

--Cree usted que no?

--No. Claro que no. Es usted el hombre ms notable que he conocido en
mi vida.

--Cmico? Grotesco?

--No. Delicado. Un carcter bueno, generoso.

Urbina, en un arranque de emocin, se acerc a Kitty y le cogi la mano
con intencin de besrsela; luego no se atrevi y qued en una actitud
de perplejidad triste.

Al da siguiente Kitty escogi una paloma con pintas del palomar del
castillo, la meti en una jaula, puso en un cartn atado el nombre de
la _Clavariesa_ e hizo que se la llevara un cosario que recorra los
pueblos de la costa y que pasaba por Alba y por el convento de Monsant.

A los dos das la _Clavariesa_ contestaba, y Urbina estaba loco de
contento.




                                  XIV

                            LOS ARGONAUTAS


EL Capitn, a quien haban asegurado que no corra el menor peligro de
ser detenido, decidi quedarse en Ondara hasta el final de la aventura
de Urbina.

Los amores de Kitty y Eguaguirre seguan en el mismo estado de amable
galanteo; la gente sospechaba; pero nadie tena un indicio claro de la
intimidad de los amantes.

A las dos semanas de cruzarse cartas entre la_ Clavariesa_ y Urbina, el
oficial, por consejo de sus amigos, se puso al habla con la ta de su
novia.

Esta seora recibi a Urbina muy amablemente, y le dijo que Fenoller,
el tutor, no cedera de ninguna manera mientras tuviera poderes. Haba
decidido que Dolores se casara con su hijo, y esta solucin le pareca,
porque le convena a l, tan buena, que no aceptaba otra.

El despotismo de Fenoller haba producido tal protestes y oposicin en
la ta de Dolores, que estaba deseando encontrar cualquier medio para
chasquear al desptico tutor.

Urbina, al ver lo bien dispuesta que se hallaba aquella seora, pens
que deba hacer un gran esfuerzo.

Consult con su amigo Thompson y despus con el Capitn.

--Usted cree que ella estar dispuesta a escaparse con usted?--le
pregunt el Capitn.

--Yo creo que s.

--Pregnteselo usted claramente. Si acepta organizaremos en seguida el
plan de evasin.

--Creo que aceptar.

--Pues nada adelante!, como deca el general Blcher cuando se pona
la pipa en la boca y un sombrero de mujer en la cabeza. Thompson y yo
prepararemos el rapto. Usted se queda en el pueblo. Fenoller parece que
vigila a Eguaguirre, pero no a usted. Si supiera que faltaba usted de
aqu comenzara a sospechar. Usted obtenga la contestacin categrica
de la chica. Le dice usted que su tutor no cede y que la ta est de
acuerdo con usted.

--Eso har.

--Y mientrastanto nosotros estudiaremos el terreno.

--Qu van ustedes a hacer?

--Como yo supongo que por tierra no se puede intentar nada,
alquilaremos un falucho por un par de semanas y reconoceremos los
alrededores del convento.

--Yo les ceder Roque, mi asistente. Es listo como un diablo.

--Lo conozco. Necesitaremos tres o cuatro hombres ms.

--Eso se encuentra fcilmente.

--S; creo que s. Pongmonos de acuerdo. Nosotros, de todas maneras,
alquilamos el falucho; si no se puede emplear en la evasin, se perder
el dinero, y nos pasearemos.

--Bueno; no importa.

--En seguida que nos hagamos con el falucho inspeccionaremos la costa
y veremos las posibilidades de la empresa; usted, mientrastanto, habr
escrito a su novia y recibido la contestacin. Que ella acepta? Pues
le comunica usted en seguida el plan de fuga con todos los detalles;
pide usted una licencia de un mes o de dos, rapta usted a la muchacha,
se casa usted, y _laus Deo_.

--Haremos todo lo posible para que la cosa salga bien--dijo Urbina.

--Usted no hable ni a sus amigos ntimos del proyecto.

--No; no los tengo.

--La cuestin es llevar el asunto con el mayor sigilo, que no haya
posibilidad de una sospecha, y luego realizarlo con rapidez.

Thompson fu el encargado de buscar la barca, y tras de dar muchos
pasos intiles, encontr un contrabandista de mala fama, que viva en
la punta del faro, que se avino a alquilarle su falucho con cualquier
objeto.

Este contrabandista, el _Farestac_, de apodo, era hombre fornido, de
mediana estatura, silencioso, negro por el sol, la cabellera roja, que
le sala por debajo del gorro colorado y le caa sobre los hombros; las
barbas grandes, cobrizas y enmaraadas, el pecho de oso y las manos
peludas. El _Farestac_ viva con su madre, una mujer tambin roja y
tambin selvtica, en una casucha prxima al mar, medio cueva, medio
cabaa.

El _Farestac_ era un solitario, un insociable; necesitaba espacio,
soledad, olas, espumas, huracanes. Este delfn misantrpico, a pesar de
su violencia, tena mucho de contemplador y de quietista. Dionysios no
hubiera encontrado para sus fiestas un stiro, un sileno, un egipan, en
cuya mirada ardiera un fuego tan intenso y tan salvaje.

El nico amigo y compaero del _Farestac_ era el _Rabec_, viejo
pescador andrajoso, de cara bronceada y llena de arrugas, la nariz de
cuervo y el gorro rojo y agujereado.

El _Rabec_ tena varias cicatrices, una oreja cortada y en la ntegra
un anillo de plata.

El _Rabec_ era malhumorado y sarcstico, y gozaba fama de mala sangre.
Su risa, su _ralla_, era siempre cruel y sangrienta.

El _Rabec_ tena un perro de aguas, el _Drag_, feo, sucio e
inteligente.

En la barca del _Farestac_, que se llamaba la _Sargantana_ (la
lagartija), serva de grumete Pascualet, un muchachillo morenito y gil
como un mono. La _Sargantana_ del _Farestac_ no era una barca limpia y
bien cuidada, sino una barca abandonada y harapienta. En su casco se
vean mapas de desconchados de su pintura verde, y sus velas estaban
llenas de remiendos de varios colores.

La _Sargantana_ no era un lacrtido respetable, sino una lagartija
bohemia y vagabunda, que conoca las sendas del mal mejor que las del
bien.

Una tarde, al anochecer, Thompson con sus aclitos, el _Farestac_, el
_Rabec_ y el grumete, llegaron a Ondara; el ingls desembarc y avis
al Capitn que para el da siguiente, por la maana, iban a salir.

Les faltaba un botecillo, que alquilaron, y al otro da, al alba, los
argonautas de Ondara salieron en la _Sargantana_, en direccin del
Monsant. Llevaban una escalera, dos azadas, un pico, cuerdas y unas
cestas con comestibles.

Haca un viento vivo; el falucho marchaba rpidamente, con la vela
grande y el foque inflados por el viento, haciendo murmurar las aguas
que cortaba con la proa y dejando una estela de remolinos espumosos.

Doblaron la punta del Monsant, terminada en un amontonamiento de
grandes rocas que formaban una cueva abierta por ambos lados; entraron
en la ensenada y se dirigieron, en lnea recta, hacia el islote del
Faralln.

El islote brillaba al sol, seco, como un trozo de lava, amarillo y
rojo, lleno de rajaduras y de agujeros, sin una mata de verde en los
resquicios. Uno de sus lados estaba cortado a pico; el otro se alargaba
en una roca horadada, que formaba un arco, por debajo del cual pasaban
las olas.

Dieron la vuelta al islote, que desde algunos sitios, al reflejar el
sol, pareca un tmpano de hielo; acercaron el falucho, a golpes de
remo, hasta un canal angosto, entre grandes piedras, y lo encallaron.
El _Drag_, el perro de _Rabec_, fu el primero que salt a tierra y
subi a la parte alta del Faralln, espantando a una nube de gaviotas
que tenan all su nido.

Haba, arriba, una pequea explanada en cuesta cubierta de esqueletos
de aves.

Thompson y el Capitn subieron a la explanada y se tendieron a
contemplar la costa.

Brillaba el mar, como una roca azul de diversos matices, bajo el
esplendor del cielo inflamado. El aire estaba tibio, impregnado de
esencias salobres. Un delfn jugueteaba entre las olas.

--Vamos a estar aqu hasta maana por la maana--dijo el Capitn--en
que haremos un reconocimiento en el bote. Ahora, cada cual puede elegir
el entretenimiento que quiera.

--Hay tantos?--pregunt Thompson.

--Se puede dormir, pescar, jugar, baarse...

--Y usted qu va a hacer?

--Yo me voy a dedicar a la investigacin y a la reflexin.

El Capitn sac su anteojo y se puso a contemplar la costa y la
ensenada del Monsant, que pareca estrechar entre sus brazos el islote.

El acantilado, en cuya cumbre estaba el convento, comenzaba en la playa
de Alba; luego segua como un zcalo por debajo del pueblo, e iba
elevndose, al alejarse de l, hasta tomar gran altura y terminar en
una punta rocosa.

Al comienzo, este acantilado era liso, calcreo, sin hendiduras; de
lejos pareca de mrmol; luego, al aumentar en elevacin, la pared que
formaba se converta en un peascal, con desigualdades, con senos, en
donde penetraba el mar y trozos del monte desprendidos que avanzaban
en el agua, sembrndola de arrecifes. En algunos sitios, el suelo rojo
mostraba sus entraas desnudas y sangrientas.

Al lado contrario de Alba, detrs de la otra punta de la ensenada, se
ergua a orilla del mar una roca, que pareca de piedra pmez por lo
blanca y lo seca.

--Qu extraa mole!--exclam Thompson--. El otro da la miraba desde
lo alto del Monsant, y se me figuraba una nube iluminada por el sol.

--Si parece un azucarillo--dijo el Capitn, poco dispuesto a
maravillarse.

Desde all, el convento se presentaba muy en alto; no se vea de l mas
que el cementerio con sus cipreses blanquecinos por el polvo, una torre
cuadrada, con una galera con matacanes, adornada por una parra, y una
muralla con aspilleras, que bajaba en zig-zag hacia el mar.

El convento tena, mirado desde el islote, un aire belicoso y altivo.

A la derecha del monasterio se vea la mancha obscura del olivar, y
luego, pinares que iban reptando cada vez ms claros, hasta desaparecer
en la parte rocosa y desnuda del monte. En un extremo, en uno de los
cabezos, apareca una atalaya del tiempo de los moros con un resto de
muralla agujereada y rota.

--Quin conoce bien estos sitios?--pregunt el Capitn a Thompson.

--El _Farestac_.

--Quin es el _Farestac_?

--El patrn de la _Sargantana_; ese de las barbas rojas.

--Es un pirata. Qu tipo! Dgale usted que venga.

El _Farestac_, que estaba preparando el almuerzo en compaa del
_Rabec_ y del grumete en un hornillo de hierro, subi a lo alto del
islote.

--Qu quiere usted?--pregunt en un castellano rudo al Capitn.

--Sintate aqu--le dijo el Capitn--compaero!--y le di una palmada
en el hombro.

--Compaero de qu?--pregunt el _Farestac_ con tono burln.

--De piratera. T eres un pirata, verdad?

--Yo?

--Si no lo eres en grande, no es por falta de ganas, _Farestac_. Tu
barco destila contrabando y piratera.

--Y el barco de usted?

--Yo no tengo barco--replic el Capitn--; soy un pirata de monte.
Sintate; somos lobos de la misma carnada.

El _Farestac_ se sent, mirando al hombre con sorpresa.

--Conoces esta tierra que est delante de nosotros?--dijo el Capitn.

--S.

--Bien?

--Mejor que nadie.

--Cuntas entradas hay en esta costa?

--Entradas?

--S. Cmo les llaman aqu? Calas. Cuntas calas hay?

--Tres--contest el _Farestac_.

--Cmo se llama aquella de enfrente?

--Aqulla?

--S.

--Cala del Infern.

--Y sta que est aqu cerca de la punta?

--La dels Capellans.

--Y la tercera, dnde est?

--La tercera est doblando esta punta, y se llama dels Avions.

--Por alguna de ellas se puede subir?

--Por todas se puede subir.

--Por cul es ms fcil la subida?

--Por la del Infern.

--Has subido t?

--S.

--Cundo?

--Har un ao la ltima vez.

--A dnde se sale?

--Al cementerio del convento.

--Te dara miedo subir otra vez?--repuso el Capitn.

--Menos que a usted--contest el salvaje marino sarcsticamente.

--A m no me da miedo nada, hijo mo--repuso el Capitn, dando un nuevo
golpecito en el hombro del patrn y sonriendo.

El _Farestac_ mir a su interlocutor con curiosidad creciente.

--Qu van ustedes a hacer en la cala del Infern?--pregunt.

--Vamos a subir al convento.

--A qu?

--A robar una monja.

--Una _moncha_. De verdad?

--S. Una _moncha_ joven y guapa. T te llevaras una?

--Una joven y guapa ya lo creo!--exclam el _Farestac_ con los ojos
brillantes.

--Pues nada, escoge una y te ayudaremos. Formaremos una Sociedad
de Raptos y Empresas peligrosas reunidas. Razn social: Farestac,
Thompson, Rabec, etc., etctera. Capital: el que se robe.

El _Farestac_, que no entenda bien lo que deca el Capitn, comenz a
mirarle con mayor extraeza. Quiz pens que estaba loco.

Se comi en la parte baja del islote del Faralln, se pasaron las horas
pescando y al anochecer se tendieron todos a dormir.

Antes de amanecer, el _Farestac_ despert a la gente. Se decidi que
el _Rabec_, a quien nada se haba contado del proyecto, quedara en el
islote cuidando de la _Sargantana_ en compaa del _Drag_. Los dems
se metieron en la lancha y se dirigieron hacia la costa.

En el mar palpitaban tantas estrellas, que su brillo tembloroso
produca el vrtigo.

En media hora se acercaron a la cala del Infern. Amaneca.

No era aquella cala un pequeo golfo bien abierto e iluminado por la
luz del sol, sino un agujero irregular y tenebroso que comenzaba por
una hendidura estrecha.

Delante de esta hendidura haba rocas baslticas blancas y grises que
formaban como restos de un gran palacio, del que quedaran arcos y
galeras rotos. Al borde mismo del agua salan pinos por las grietas de
las piedras. El bote se desliz por entre los peascos sobre el agua
inmvil, que pareca de cristal, y penetr en la hendidura. Llegaron
hasta el fondo y ataron la lancha, y almorzaron.

Empezaba a entrar por arriba la claridad del sol y se iba viendo poco
a poco la extraa configuracin de la cala. El mar apareca blanco,
lechoso, entre dos paredes negras, hmedas, llena de oquedades; ya
fuera, era azul, con un color turbio de cristal; una red de meandros de
espuma cubra su superficie con un galoneado de plata.

Comenz a sonar la campanita del convento de una manera charlatana y
alborotadora.

--Vamos a hacer nuestra inspeccin--dijo el capitn.

--Vamos--repuso el _Farestac_.

La hendidura era ms estrecha en la boca que en el fondo. La cala
formaba dentro un seno irregular. Tena all unos sesenta pies de ancho
y ciento veinte de alto. El _Farestac_ aseguraba que haba una senda
que a trechos se converta en escalera y que llegaba a lo alto.

Se encontr un resto de camino que comenzaba por el lado izquierdo
mirando hacia el interior. Al principio iba en una pendiente suave;
luego se haca ms escarpado, rodeaba la cala y pasaba al lado
derecho. Hasta la mitad de la altura se logr subir con grandes
dificultades; luego haba una parte de veinte pies como un lomo de
piedra resbaladizo, que se poda escalar trepando, agarrndose a las
rendijas. De aqu el camino pasaba por un resalto medio desmoronado por
las filtraciones del agua. Este resalto, que corra paralelamente a una
hendidura horizontal, se llamaba, segn dijo el _Farestac_, el Pas de
la Rabosa.

El marino encontraba muy cambiada la senda de la cala del Infern desde
que l haba estado la ltima vez.

Sin duda las aguas de lluvia haban ido deshaciendo y arrancando
grandes trozos de la arena y de la piedra calcrea, echndola al fondo
de la cala.

El Pas de la Rabosa terminaba en la pared de la derecha, en una oquedad
profunda, de donde sala otra senda a trechos con escalones que suba a
la parte alta del acantilado. Esta senda se hallaba interrumpida por un
desmoronamiento que dejaba unos quince pies sin paso.

Al llegar a la oquedad el Capitn se detuvo, y dirigindose a Thompson,
exclam:

--Amigo Thompson, tiene usted buena memoria?

--No; pero tengo un lpiz y un cuaderno que la substituye mal que bien.

--Bueno. Vaya usted apuntando todo lo que necesitamos para dejar
accesible la subida.

Thompson fu apuntando lo que le dijeron: garfios de hierro, varias
tablas, cuerdas, etc.

Arreglaron durante la maana la subida hasta el Pas de la Rabosa.
Despus comieron. Haban llevado un hornillo de hierro, donde se guis
y se hizo caf. El vino lo echaban a un porrn de hoja de lata, y de
all bebieron todos a chorro.

Al comenzar la tarde hicieron una maniobra de importancia y de peligro.
Ataron con la cuerda por la cintura a Pascualet; tendieron despus la
escalera de un lado del abismo al otro, sujetndola en una piedra lo
mejor posible, e hicieron que el muchacho atado pasara y afirmara la
escalera con grandes clavos por el otro lado.

Hecho este puente, cruzaron todos por l. Primero pasaron el _Farestac_
y el Capitn; despus, Roque y Thompson. Les faltaba nicamente unos
cincuenta pies para llegar al borde superior de la cala del Infert;
pero esta subida no era difcil, porque haba una buena senda. La
limpiaron quitndola hierbajos resbaladizos, y cuando comenzaba a
hacerse de noche salieron a lo alto del acantilado.

Ahora tambin la campanita del convento derramaba sus notas de cristal
en la calma del crepsculo...

El _Farestac_ y el Capitn se acercaron al cementerio, mientras Roque y
Thompson quedaban en las esquinas de la tapia mirando a hurtadillas por
si llegaba alguien.

El capitn escal la tapia del camposanto, y el _Farestac_ le sigui.
Se acercaron saltando tumbas a una puerta en arco que comunicaba con el
jardn del convento. Esta puerta, pintada de verde, estaba cerrada con
cerrojo y llave.

Por una rendija miraron y vieron a la superiora y a otra monja dando
instrucciones al jardinero.

--Hay que limar la lengeta de esta llave--dijo el Capitn--. Teniendo
abierto esto, la fuga es fcil... Abriremos la otra puerta del
cementerio que da hacia el mar, y en un minuto la novia de Urbina puede
estar en el Pas de la Rabosa. Vmonos, _Farestac_. Por hoy ha concludo
sus funciones la Sociedad de Raptos y Empresas peligrosas reunidas.

Salieron el Capitn y el _Farestac_ del camposanto, y reunidos con los
otros dos y el chico, comenzaron casi a tientas la bajada por la senda
de la cala del Infern hasta llegar al mar.

--Aada usted a lo que necesitamos--dijo el capitn a Thompson--un par
de limas buenas y una tranca.

--Est bien.

       *       *       *       *       *

Se embarcaron en la lancha. Llegaron al islote, y poco despus la
_Sargantana_, como un tritn jovial y alegre que deja por primera vez
la frula de los maestros y de los padres, marchaba hacia Ondara con
las velas desplegadas.




                                  XV

                               EL RAPTO


INMEDIATAMENTE que llegaron a Ondara el Capitn y Thompson fueron a ver
a Urbina. Este les mostr una carta de la _Clavariesa_, en la que se
mostraba anhelante por dejar el convento y dispuesta a escaparse.

--Bueno--dijo el Capitn--; puede usted escribir a su novia que pasado
maana, a las siete de la tarde, el sbado, ir usted por ella. Dgale
usted que a esa hora en punto est delante de la puerta del jardn
del convento que da al cementerio. All la esperaremos nosotros y
la llamaremos. La lengeta de la puerta estar cortada. Que abra el
cerrojo y entre en el cementerio, y caer en los brazos de su adorador.

Urbina escribi la carta con estas instrucciones, la mand con una
paloma desde el castillo y para la tarde tena la contestacin.

La muchacha estaba con ansiedad esperando el momento de la fuga; se
colocara a la hora de la cita delante de la puerta del jardn que
daba al cementerio y, al or que la llamaban, descorrera el cerrojo y
pasara.

--Esta noche saldremos a nuestra expedicin--dijo el Capitn--. Ha
pedido usted su licencia?

--S; Kitty se encarga de facilitrmela.

--Despus del rapto, volveremos a Ondara?

--A usted que le parece?--pregunt Urbina.

--Yo, como usted, si tuviramos buen tiempo y buena mar, seguira hasta
donde se pudiera.

--Y usted, Capitn, qu piensa hacer?

--A m no me importa dejar esto.

--Y Thompson?

--Thompson, si quiere, se puede quedar aqu. Pasaremos por delante de
Ondara: hay que traer el bote; en l puede volver.

El viernes, por la tarde, Thompson y el Capitn mandaron llevar al
falucho todos los tiles necesarios para la expedicin, y el Capitn
aadi su equipaje.

Salieron a media noche remolcando una lancha plana; haca poco viento
y tardaron dos horas largas en llegar a la ensenada de Monsant; a
la luz de las estrellas se acercaron al islote del Faralln, ataron
la _Sargantana_, dejaron al _Rabec_ con el _Drag_ de guardia en el
peasco solitario, y con la lancha se acercaron a la cala del Infern.

El Capitn y Thompson subieron a lo alto del acantilado, saltaron la
tapia del cementerio y comenzaron a serrar la lengeta de la cerradura
de la puerta que daba al jardn de las monjas. Para el amanecer haban
concludo su trabajo. De miedo que la puerta chirriase al abrirla
untaron sus goznes con aceite.

--La Sociedad de Raptos y de Empresas peligrosas reunidas es una
Sociedad prudente--dijo el Capitn--; el dinero de los asegurados puede
estar tranquilo.

--Qu capital social tenemos?--pregunt Thompson alegremente.

--El que se robe. No nos queremos distinguir de las dems Sociedades.

La puertecilla del cementerio que daba hacia el mar estaba podrida, y
de un empujn qued abierta.

--Hay que hacer algo ms?--pregunt Thompson.

--Nada, esperar.

Terminados estos preparativos, Thompson y el Capitn se acercaron
gateando al borde de la cala del Infern y se tendieron en la hierba.

--Creo que voy a pescar un magnfico rema--dijo el Capitn, al echarse
en el suelo.

--En cambio ver usted un amanecer esplndido--replic Thompson.

--Usted cree que compensa una cosa la otra?

--Hombre, segn la importancia que se le d al rema.

--Y segn la importancia que se d a la contemplacin del amanecer.

Comenzaba la hora tmida e indecisa de la maana. Thompson, que era
hombre de cierta cultura clsica, record los celebrrimos y conocidos
dedos de rosa de la Aurora y habl de Faetonte y de Tithon.

--Ahora es la Aurora una muchacha pdica--dijo--, como una nia que
va a la primera comunin. No se atreve a mirarnos, lleva la cabellera
recogida y el cuerpo cubierto por su tnica blanca; dentro de poco ser
como una bacante rubia, que nos envolver con sus cabellos inflamados y
har arder la tierra en rubes y el mar en perlas y en diamantes.

--As la quiero yo: enrgica, antirreumtica.

--Destruye usted la poesa de las cosas, Capitn, con esos recuerdos de
tisanas y franelas.

--Es que yo soy un hombre antipotico por excelencia.

--No lo creo as.

El Capitn se entretuvo entonces en desarrollar ante su amigo Thompson
el funcionamiento de la Sociedad de Raptos y Empresas peligrosas
reunidas, que haba ideado.

--Sabe usted lo que estoy pensando al orle--dijo Thompson con seriedad.

--Qu?--pregunt el Capitn.

--Que tan fantstica es esa Sociedad como nuestros actos. Es usted una
sombra que est creando otra sombra.

--Bah! Literatura, amigo Thompson. Sueos!

--Toda la vida es sueo, Capitn. Si en otro tiempo se hubieran
escrito nuestras aventuras, los eruditos de hoy supondran que no
tenan realidad.

--No s por qu.

--Lo supondran. Y no crea usted que yo lo supongo igualmente. No. Yo
creo que somos hombres de carne y hueso--repuso Thompson.

--Yo tambin--dijo el Capitn--. Ms hueso que carne; pero, en fin, hay
algo de carne.

--Eso lo dir usted pensando en s mismo, no en m.

--S, me haba olvidado de su opulencia, Thompson. Siga usted con su
argumento.

--Deca, que siendo nosotros hombres de carne y hueso con qu
facilidad se nos convertira en smbolos de un viejo mito!

--No veo la facilidad.

--Yo, s. Figrese usted los indicios que tendra el comentarista
al leer nuestra historia, para creer en un mito y en un mito solar:
primeramente, estamos en el solsticio del ao; fjese usted bien: el
solsticio del ao!; segundo, vamos a robar a una dama. Esta dama,
la _Clavariesa_, es una belleza, una gran belleza; por tanto, una
encarnacin de Mithras, del sol, de Venus, del amor; el convento es
la noche, en que est guardada la luz; Urbina es Marte, enamorado de
Venus...

--Un Marte muy tmido--dijo el Capitn.

--El sacristn del convento es Vulcano. Usted ha dicho que es cojo.

--Y lo repito.

--El _Farestac_ es la naturaleza salvaje, que se pone a favor de los
enamorados.

--La _Sargantana_?

--La fuerza del mar.

-Y yo?

--Usted ser, probablemente, una encarnacin de Mercurio, dios de los
comerciantes y de los ladrones, lleno de recursos para todo.

--Gracias!

--Pascualet y yo seramos espritus auxiliares de poca importancia.

--Y Roque?

--Roque, la fidelidad, que en vez de vestir de blanco y llevar una
llave y un perro, va vulgarmente de asistente en la vida de los
fenmenos.

--No falta mas que el _Rabec_--dijo el Capitn.

--El _Rabec_ es un servidor del Cerbero, del _Drag_, de ese perro
de aguas que nos parece insignificante y que el comentarista dara
proporciones de dios infernal. Respecto a esta cala, que se encuentra
a nuestros pies, unos diran que era la caverna de Tnare, con sus
fauces abiertas, por donde bajaron Hrcules y Orfeo a los infiernos,
segn Virgilio; otros, que el antro de la serpiente Python; pero el
comentarista filsofo y racionalista comprendera que esta cueva
simbolizaba la humedad y la lobreguez de la tierra cuando no ha sido
acariciada an por los rayos del sol. Ah tiene usted una pequea trama
mitolgica, en donde aparecen Venus, Marte, Mercurio, Vulcano, con
acompaamiento de fuerzas de mar y tierra. Vea usted, Capitn, cmo
nuestros cuerpos mortales pueden tomar las apariencias de un smbolo.

--Descendamos, amigo Thompson, a las realidades de la vida--dijo el
Capitn--, porque esta bacante rubia de la Aurora empieza ya a molestar
un poco.

--Descendamos a la cala del Infern--repuso Thompson...

El Mediterrneo se extenda verde, cerca de la costa; ms lejos, azul
intenso. El viento era vivo, y las olas, al romperse, llenaban de un
rebao de corderos blancos la superficie del mar.

El Capitn y Thompson volvieron al interior de la cala y ayudaron al
_Farestac_, a Roque y a Pascualet en el trabajo de dejar la bajada ms
fcil.

Urbina estaba en el colmo del asombro al verse metido en aquel rincn
fantstico.

Almorzaron y comieron all, y al caer de la tarde comenzaron los
ltimos preparativos. Se hizo que Urbina subiera y bajara desde lo alto
del acantilado hasta el mar, para que se acostumbrara.

Urbina y el Capitn se colocaron en el cementerio. Thompson estara en
el Pas de la Rabosa con una antorcha, que encendera al ver llegar a
la _Clavariesa_; Roque y el _Farestac_, en las cuestas resbaladizas, y
Pascualet, al cuidado de la lancha.

A las siete menos cuarto, el Capitn y Urbina salieron de la cala
gateando para que nadie les viera, y corriendo por el borde del
acantilado entraron en el cementerio.

Urbina tena un aspecto encogido y avergonzado.

--Amigo Urbina--le dijo el Capitn--, hay que adoptar una postura
gallarda. La naturalidad y el encogimiento modesto no se han hecho
para los hroes. Recuerde usted a Napolen, que tomaba lecciones de
prestancia de Talma.

Urbina sonri.

Cruzaron los dos el cementerio y se acercaron a la puerta que daba al
jardn de las monjas.

Miraron por una rendija.

--Se acerca ella--dijo Urbina de pronto, con el corazn palpitante.

--Hblela usted--murmur el Capitn.

--Cuando venga.

--Ande usted. No vaya a creer que no hay nadie.

--Ests ah?--pregunt Urbina con voz ahogada.

--Aqu estoy.

--Pregntele usted si no la observan.

--Hay alguna monja en el huerto?

--Ahora, s. Espera un instante.

Esperaron unos minutos.

--Ya no hay nadie. Abro?

--S.

La _Clavariesa_ descorri el cerrojo y empuj la puerta, cuyos viejos
y enmohecidos goznes chirriaron, y la muchacha pas al cementerio. La
_Clavariesa_ di la mano a Urbina, que no se atrevi a besarla.

El Capitn sujet la puerta con una tranca.

--Adelante!--dijo--. Ya sabe usted el camino.

La _Clavariesa_ y Urbina salieron del cementerio. El Capitn mir por
el resquicio de la puerta. No apareca nadie en el jardn del convento.

Cerciorado de la tranquilidad que haba, corri por el cementerio, se
desliz a gatas por el talud y entr en la cala del Infern.

--La Sociedad de Raptos y Empresas peligrosas reunidas es una Sociedad
prudente--dijo en voz alta--, y el dinero de los asegurados se halla en
buenas manos.

--Estamos ya?--pregunt Thompson.

--S.

El ingls encendi su antorcha.

La _Clavariesa_, muy duea de s misma, comenz a bajar la senda y
cruz el Pas de la Rabosa riendo. Urbina, con la emocin y el vrtigo,
vacilaba y tuvo el Capitn que sostenerle.

--Animo!--le dijo ste--; un momento de esfuerzo. Hay que dominar los
nervios rebeldes. No vaya usted a estropearnos los dividendos de la
Sociedad.

Urbina se rehizo y sigui bajando el sendero hasta el mar.
Afortunadamente para l, estaba obscuro y su novia no pudo notar su
turbacin.

Al llegar al bote se dej sitio a Urbina y a la _Clavariesa_ en la
popa, y los dems quedaron reunidos a proa.

--Qu, no salimos?--pregunt la muchacha alegremente.

--Esperamos a que sea de noche completa para que no nos vean.

Seran las nueve cuando la lancha se desliz por la hendidura de piedra
de la cala del Infern y se dirigi al islote del Faralln.

Urbina haba consultado con su novia si volver a Ondara o seguir
adelante, y sta fu partidaria de seguir adelante.

Entraron todos en la _Sargantana_ y ataron el bote a popa.

Haca viento y las olas venan erizadas de espuma. La gran vela
latina del barco se extendi en el aire y blanque plidamente en la
obscuridad; despus se larg el foque. La _Sargantana_ se acerc a una
milla de Ondara.

Se vea en el ambiente de la noche estrellada la vaga silueta del
castillo y algunas luces que brillaban aqu y all en el pueblo.

--Bueno, Roque y yo nos vamos en la lancha--dijo Thompson.

Thompson abraz al Capitn y a Urbina, y estrech la mano de la
_Clavariesa_; Roque se despidi emocionado del teniente y baj al bote.
La barca estuvo un momento inmvil; Thompson y el soldado comenzaron a
remar. Cuando volvieron la cabeza hacia atrs, la _Sargantana_ haba
desaparecido...

       *       *       *       *       *

A la hora en que la luz de la maana comienza a filtrarse por entre las
nubes; a la hora en que palidece Venus y lanza sus ltimos destellos
Syrio; a la hora en que las brumas se evaporan y aparece el mar azul
con sus meandros de espuma, bajo la gran claridad gloriosa del sol;
a la hora en que se abren las puertas del da y Faetonte galopa
arrastrando el carro de la Aurora por el incendio del cielo, comenzaron
a tocar a rebato las campanas de Monsant.

Algo grave ocurra a las buenas hermanas para producir tanta alarma.

Las gaviotas que hacan su primer viaje de exploracin por entre las
rocas quedaron sorprendidas de este campaneo inslito; las palomas que
revoloteaban alrededor del convento se alejaron en son de protesta;
las golondrinas y los vencejos chillaron ms; el mismo islote del
Faralln pareci asomar su lomo puntiagudo como un delfn sobre las
aguas preguntndose la causa de este alboroto.

Poco despus, desde lejos, se vi entrar en el cementerio unas siluetas
negras, las de varias monjas, dirigidas por la superiora de la
Comunidad. Fueron de aqu para all mirndolo todo; luego se acercaron
a la cala del Infern y huyeron de ella rpidamente, hacindose cruces...

Y, mientrastanto, las campanas de Monsant seguan tocando a rebato
desesperadamente...




                                EPLOGO

                                       _Mlaga, julio de 1827._

SEOR don Eugenio de Aviraneta.--En Veracruz.

Mi querido Capitn: He recibido su carta con los informes comerciales
que le ped acerca de esa plaza. Muchas gracias por su diligencia
y amabilidad. De nuestros amigos de Ondara no le puedo dar buenas
noticias. El mdico don Jess, que est ahora aqu, me ha hablado de
ellos.

El comandante don Santos, el que usted supona, y con motivo, que
era un agente del Angel Exterminador, prepar un lazo contra nuestra
amiga Kitty y Eguaguirre, e hizo que el coronel los sorprendiera en el
mirador del castillo: a l, estrechando por la cintura a Kitty; a ella,
con la cabeza apoyada en el hombro del teniente. La escena debi de ser
terrible; al coronel, que ya estaba predispuesto a la apopleja, le di
un ataque, y qued baldado y paraltico.

Todo el mundo se enter en Ondara de lo ocurrido, y el escndalo en el
pueblo fu sonado. Figrese usted la alegra de las gentes que se creen
virtuosas porque van a la iglesia, al saber la deshonra efectiva de la
coronela. Kitty ha estado cuidando a su marido. Y sabe usted lo que ha
hecho Eguaguirre? Ha pedido el traslado y se ha marchado a Barcelona,
donde anda de garito en garito. Tras de la muerte del coronel, Kitty,
sola, abandonada, influda por los curas de Ondara, ha entrado en el
convento de Monsant.

Este Eguaguirre, que siempre me fu odioso por su egosmo y por su
brutalidad, ha deshonrado, ha abandonado a nuestra pobre Kitty, tan
ingenua, tan cariosa, tan buena.

Se marchitar en la soledad, en ese suicidio lento del claustro, esta
mujer tan digna de ser feliz? Yo espero que no.

Es de usted muy amigo, _J. H. Thompson_.

       *       *       *       *       *

                                   _Ondara, diciembre de 1827._

Seor don Eugenio de Aviraneta.--En Nueva Orlans.

Querido Capitn: Le escribo a usted desde este pueblo, que tiene para
m profundos recuerdos desde la poca en que fundamos la Sociedad de
Raptos y Empresas peligrosas reunidas.

En el tiempo que he estado aqu me han contado muchas cosas, y todas
tristes. Kitty me dicen que se encuentra enferma en el convento de
Monsant; parece que est dando pruebas de santidad. No se la puede
visitar.

La pareja Clavariesa-Urbina vive en Valencia, y no son tampoco muy
felices. La _Clavariesa_ domina a su marido; le trae, le lleva, le
reprocha que es pobre. Las observaciones acerca de la teora analtica
de las probabilidades de Laplace, de mi pobre amigo, se van a quedar
en el tintero. De las dos parejas que tanto nos interesaban en Ondara:
Kitty-Eguaguirre y Clavariesa-Urbina, las dos han terminado mal; en las
dos ha cado lo peor y lo ms bueno.

Como dice el refrn espaol: Siempre se quiebra la cuerda por lo ms
delgado. Conoce usted las _Afinidades electivas_, de Goethe? Formulo
la pregunta tontamente. Ya s que no quiere usted nada con el astro de
Weimar.

Sabe usted que he visto al _Farestac_ y me ha preguntado por usted?
Tiene un recuerdo de nosotros extraordinario. Me ha dicho que si
estuviera usted cerca ira a reunirse con usted. Sigue tan salvaje como
antes.

La verdad es que cuando vive uno en un mundo tan bestial como el
nuestro dan ganas de marcharse a una isla como la del Faralln, y no
tener ms amigos que los delfines y los atunes.

A pesar de estos lamentos pasajeros, ya sabe usted que soy un optimista
rival del doctor Pangloss, y que pienso persistir en mi optimismo.

Su amigo carioso, _J. H. Thompson_.

       *       *       *       *       *

                                        _Ondara, mayo de 1831._

Seor don Eugenio de Aviraneta.--En Bayona.

Mi querido Capitn: Siento mucho que no pueda usted entrar en Espaa
todava, y que tenga usted que estar constantemente detenido ah. Hoy
he cumplido mi piadosa misin de visitar la tumba de Kitty. He ido al
convento de Monsant; he hablado con la superiora, una vieja esculida
y apergaminada, a quien he dicho ser hermano de Kitty, y la he pedido
permiso para adornar con flores el trozo de tierra donde est enterrada
nuestra amiga.

Al entrar en aquel cementerio abandonado, al ver el mar azul y el
islote del Faralln, que brota de las aguas; al llegar al pie de la
tumba, donde duerme eternamente nuestra pobre Kitty, he llorado como un
nio.

Me persegua el sacristn, y, para quedarme solo, he salido del
camposanto y, en aquel talud que baja a la cala del Infern, me he
sentado sobre una piedra a entregarme a mis pensamientos.

De todos mis recuerdos relacionados con Ondara, el ms fuerte en
aquel momento era el de una tarde en que estuvimos usted y yo en el
mirador del castillo. Haca calor. Usted hablaba con Eguaguirre; Kitty,
conmigo; ustedes discutan de poltica; nosotros charlbamos acerca de
nuestras preferencias poticas.

Kitty recit entonces la cancin del _Mignon_, de Goethe, que tanto le
gustaba:

       Conoces t el pas donde maduran los limoneros y en el
       follaje sombro brilla la naranja de oro?

Tal sentimiento puso en su cancin, que, al terminarla, tena los ojos
llenos de lgrimas.

--Se emociona usted mucho--la dije.

--S. Esta cancin, en la que no se habla de nada triste--me
contest--, me parece impregnada de la idea de la muerte, del
acabamiento. Al recordarla pienso dnde estar enterrada cuando muera.

--Y en dnde quisiera usted estar enterrada?--dije yo, echando la
pregunta a broma.

--Ah, en Monsant--me contest--, al lado del mar, en una tierra
inundada de sol.

Ya lo est.

Dolor! Dolor de morir! Dolor de vivir!

       *       *       *       *       *

Al volver a Ondara me he sentado en una piedra, en la Volta del
Rosignol, y he tratado de llevar el orden y el reposo a mi pobre cabeza
perturbada.

No lo he podido conseguir.

       Conoces t el pas donde maduran los limoneros y en el
       follaje sombro brilla la naranja de oro? Conoces t la
       montaa y su sendero brumoso?

Estos recuerdos de la cancin de _Mignon_ han ido sumindome, durante
largo rato, en ideaciones vagas, informes, de una desoladora tristeza,
en deseos de languidez y de muerte.

He seguido como un autmata el camino, hasta llegar a Alba, y me he
parado a descansar a la sombra de un pequeo cementerio, algo retirado
de la carretera, sobre un altozano rido y pedregoso.

He mirado hacia dentro. En el camposanto, abandonado, las ortigas, las
cicutas, las digitales y las zarzas crecan con una fuerza salvaje. Ni
una lpida, ni una corona haba resistido el impulso avasallador de la
flora parsita, bien abonada con los detritos humanos; slo algunas
cruces de madera podrida se levantaban entre la masa espesa de los
hierbajos; un pjaro de pecho rojo y cola larga saltaba sobre una de
estas cruces y piaba dulcemente...

Al orle, me he acordado de otra maana suave, brumosa, del pas vasco,
en que estuve oyendo los gorjeos de un ruiseor.

Era cerca de Hasparren, un pueblo vascofrancs. Haba estado ms de
una hora, y hubiera estado la vida entera, como los encantados de las
historias infantiles, oyendo al ruiseor, cuando las campanas de la
iglesia comenzaron a tocar, y el mgico cantor huy. Entonces entr en
el pueblo a buscar una posada, y al mirar a la iglesia con cierto odio,
porque sus campanas haban interrumpido la serenata del ruiseor, vi en
la torre escrita esta sentencia: _Ut fugitur umbra sic vita_ (Como huye
la sombra, as es la vida).

Aquel terrible apotegma me hizo el efecto de un golpe de maza.

Hoy se me ha venido a la imaginacin contemplando el cementerio
abandonado de Alba, y al pjaro, que cantaba sobre un trozo de madera
podrida. Luego esta sentencia se ha convertido en un pesado estribillo
de mi cerebro. Y en el pueblo, y despus en el barco, antes de llegar
y despus de llegar a Ondara, mi espritu no tena mas que el mismo
comentario para lo que iba viendo y para lo que iba oyendo: _Ut fugitur
umbra sic vita_ (La vida huye como una sombra).

Adis, amigo mo!--_J. H. Thompson_.




                          EL VIAJE SIN OBJETO




                                PRLOGO


UNOS das despus del rapto de la _Clavariesa_ estbamos charlando
en aquel esplndido mirador del castillo de Ondara, cuando Kitty, la
coronela, me pregunt si haba escrito alguna relacin de mis aventuras
desde que sal de Londres.

--Tengo varias notas--la dije--, pero dispersas y sin orden.

--Por qu no las ordena usted?--me pregunt ella.

--Con qu objeto?

--Para lermelas a m.

--Si usted lo desea, lo har; pero le advierto que es muy probable que
tenga usted un desencanto. En mis andanzas no me han ocurrido grandes
cosas.

--No importa. Cualquier relato, aderezado con un poco de imaginacin,
puede ser interesante.

--Ah! ya lo creo; pero es que yo no tengo imaginacin.

--Se quiere usted excusar, Thompson.

--No, no. Crame usted. Lo nico que quiero es prepararle a usted para
que no sufra un pequeo chasco.

--No lo sufrir. Est usted tranquilo. Sus impresiones sern para m
siempre interesantes.

--Oh! Bondad!--exclam yo--. Por qu no guardara entre mis papeles
unos parlamentos inditos de Caldern, unos dilogos de Shakespeare,
unas baladas de Burns o unas pginas desconocidas de Mozart para
trarselas a usted?

--No tanta modestia, Thompson. Se quiere usted escabullir.

--No, seora. Cuando ordene mis papeles, aqu estoy.

--Da usted su palabra?

--S.

Me march a la fonda de la Marina y comenc el arreglo de mis notas.
No era fcil, ni mucho menos. A veces, yo mismo no saba lo que haba
querido decir. Cuando conclu una parte de mi trabajo, con un gran
paquete de papeles, fu a ver a mi amiga Kitty.

--_El viaje sin objeto_--le en la primera pgina, con la voz velada
por la emocin.

--Lo llama usted as?--me pregunt ella.

--S; pero si lo encuentra usted mal, lo borro.

--No, no; me parece bien. Le habr dado usted este ttulo significando
que ha hecho usted ese viaje a la buena ventura?

--S; eso es. Hubiera sido, quiz, ms exacto llamarle Viaje sin
objeto ni fin; pero no he querido recalcar demasiado. Sigo adelante?

--S; siga usted...

       *       *       *       *       *

Realmente, este _Viaje sin objeto_ es posible que sea una tontera,
porque est escrito sin pies ni cabeza, de una manera confusa y
desordenada.

El seor Legua, primer compilador de las _Memorias de un hombre de
accin_, tuvo que suprimir del _Viaje sin objeto_ una porcin de
digresiones: itinerarios de caminos, clasificaciones botnicas, recetas
de cocina, reflexiones religiosas, y otras bagatelas que no venan a
cuento.

Thompson tena el vicio de expandirse, de dispersarse en el comentario;
por otra parte, quera ser muy exacto. A la manera de Jorge Borrow,
Ricardo Fox y otros viajeros ingleses, se propuso escribir un viaje
con gran minuciosidad y lleno de detalles; pero como hombre perezoso
y olvidadizo, dejaba muchas de sus ideas en embrin, y nicamente
expresaba en un ttulo lo que hubiera querido hacer.

En la gran hojarasca de cuestiones sin tratar y de reflexiones
inoportunas que apunt Thompson, entr Legua a saco, cortando y
rajando.

Despus de la poda de Legua, el editor actual ha tenido que hacer
nuevos cortes en el manuscrito, para dar al _Viaje sin objeto_ cierta
proporcin de obra de arquitectura, o, por lo menos, de albailera
modesta.

Ciertamente, Thompson no era un acadmico, ni un clsico, y es posible
que las tragedias de Racine le parecieran grandes monumentos de cartn
piedra.

Tambin hay que reconocer que Thompson no se mostraba siempre hombre
serio y razonable, y que muchas veces pareca no comprender la
diferencia entre lo trascendental y lo ftil.

Lo nico que se puede decir en su descargo es que Thompson no aspir
nunca a terminar su _Viaje sin objeto_ en el Parnaso, porque, de ser
as, hubiera sido el suyo un viaje con objeto, y l crea que en el
segmento de nuestra limitada vida nada tiene objeto ni fin.




                             PRIMERA PARTE

                        UNA VIDA INSIGNIFICANTE




                                   I

                        EL VIAJERO Y SU CANCIN


YO soy un hombre que ha salido de su casa por el camino, sin objeto,
sin saber por qu, con la chaqueta al hombro, al amanecer, cuando los
gallos lanzan al aire su cacareo estridente, como un grito de guerra, y
las alondras levantan su vuelo sobre los sembrados.

De da y de noche, con el sol de agosto y con el viento helado de
diciembre, he seguido mi ruta, al azar: unas veces, asustado ante
peligros quimricos; otras, sereno ante realidades peligrosas.

Para entretener mi soledad he ido cantando, silbando, tarareando
canciones alegres y tristes, segn el humor y el reflejo del ambiente
en mi espritu.

A veces, al pasar por delante de una casa del camino, cantaba ms alto,
gritaba, quiz con jactancia, queriendo ser escuchado.

Alguna ventana se abrir--pensaba--y aparecer un rostro simptico y
jovial.

No se abra ninguna ventana, no sala nadie; yo insista cndidamente,
y al insistir iban brotando de aqu y de all caras torvas, miradas
hostiles, gente en guardia, que apretaba el garrote entre las manos
huesudas.

Quiz les he ofendido--discurra yo--. Esta gente no quiere nada
conmigo, y segua mi marcha, al azar, con la chaqueta al hombro, sin
objeto, sin saber por qu, cantando, tarareando y silbando...

Durante mucho tiempo, esta soledad, el graznido de las lechuzas, el
aullido de los lobos, me llenaban de angustia y de inquietud. Entonces
intentaba acercarme a la ciudad; pero al querer entrar en ella me
paraban en la puerta, y me ponan como condicin, para pasar, el dejar
a la entrada unos sueos gratos, ms gratos que la vida misma.

No, no; prefiero volver al camino--murmuraba--; y segua marchando
con la chaqueta al hombro, al azar, sin objeto, sin saber por qu,
cantando, silbando y tarareando, estremecindome con los rumores del
campo, con el ruido del agua en el arroyo y el cantar agorero de las
cornejas.

Despus, poco a poco, me dejaron entrar en la ciudad sin condiciones;
pero dentro de las calles me sent ahogado, estrechado, sin poder
respirar, y volv de nuevo al campo...

Hoy, algn camarada me dice:

Descansa aqu. Por qu no vivir entre las gentes? Hay remansos
tranquilos, hay rincones donde no se miran unos a otros con faz torva y
amenazadora.

Amigo--respondo yo--, yo soy un hombre de paso, algo que se mueve y no
arraiga, una partcula de aire en el viento, una gota de agua en el mar.

Ahora me sucede como al viajero que ha credo marchar a la casualidad
por el fondo de los barrancos, y al llegar a una altura, al ver el
camino recorrido, comprende que, a pesar de sus desviaciones y de sus
curvas, llevaba instintivamente un plan.

Ahora, en el ro confuso de las cosas que pasan eternamente, siempre
cambiando y buscando su frmula definitiva (el werden hegeliano), veo
mi existencia como una cosa que ha sido y que ha llegado a su devenir.

Ahora, la soledad no me entristece, ni me asustan los murmullos
misteriosos del campo, ni el graznido de las cornejas. Ahora conozco el
rbol en que cantan los ruiseores, y la estrella que lanza su mirada
confidencial en la noche. Ya encuentro suaves las inclemencias del
tiempo y admirables las horas silenciosas del crepsculo, en que una
columna de humo se levanta en el horizonte.

Y as sigo, con la chaqueta al hombro, por este camino que yo no he
elegido, cantando, silbando, tarareando.

Y cuando el Destino quiera interrumpirlo, que lo interrumpa; yo, aunque
pudiera protestar, no protestara...

       *       *       *       *       *

Este prembulo, que parece que quiere ser alegrico, puso J. H.
Thompson a su _Viaje sin objeto_. Su nica legitimacin para estar aqu
es que es tan sin objeto como todo el libro.




                                  II

                         DISECACIN Y FARMACIA


ENTRE el gran nmero de Thompsons que ha producido Inglaterra, yo soy
uno de ellos.

Mi padre era disecador de animales y tena su casa y su taller en
Gray's-Inn-Lane, una callejuela que sale a Holborn Street.

El sitio, aunque cntrico, es poco frecuentado por gente rica, y
mi padre sola exponer sus ejemplares disecados en la mitad de un
escaparate que le ceda un frenlogo de Holborn Street, el seor
Fitzhamer, por veinte libras esterlinas al ao.

A nuestra casa, bastante sombra y negra, apenas le daba el sol algunos
das de verano. Tenamos una ama de gobierno, la seora Webster; pero
esta seora lleg a adquirir tanta confianza con nosotros, que no nos
haca caso.

Adems, como deca una amiga suya suspirando, la seora Webster tena
la desgracia de beber. Esta amiga quera dar a entender que el tomar la
costumbre de ir a la taberna era como padecer el tifus o la viruela.

La seora Webster haba perdido la moral domstica y le parecan
accidentes insignificantes y que no afectaban a su honor de ama de
llaves el que la carne estuviese quemada o las patatas crudas.

Mi padre no se quejaba. Era un tanto estoico. En sus buenos tiempos
haba vivido con holgura y ganado mucho dinero; despus fu cayendo, y
cayendo, hasta arruinarse.

Mi padre fu el Rey Lear de los disecadores, un Rey Lear sin Cordelia.
Las Cordelias no abundan en el mundo. Mi padre trabaj con afn por
conseguir la elevacin de sus hijos, y, efectivamente, los elev y
ellos le olvidaron.

Yo era el hijo ms pequeo. Mis hermanos mayores se colocaron bien; mis
hermanas llevaron dote al matrimonio; mi padre, que haba dado todo su
dinero a sus hijos, se qued, el pobre hombre, sin un penique.

Mi padre se hallaba dispuesto a seguir arruinndose conmigo y llegar a
la mayor miseria.

Yo le recuerdo ya viejo. Era alto, robusto, con el pelo muy blanco y la
cara sonrosada.

No he conocido a mi madre, que muri cuando yo tena pocos meses.

Desde la ms remota infancia estoy acostumbrado a contemplar la ruina
como un estado natural de mi casa. Mi padre me puso en un colegio rico
hasta que no pudo pagar ms, y entonces me sac de all con el pretexto
de que nos marchbamos de Londres.

Mientras estuve en el colegio, desde los diez a los catorce aos, al
volver a mi casa me encontraba invariablemente en las vacaciones con
algo menos.

En la extrema necesidad, mi padre tena que recurrir a empear y a
vender los mejores modelos de sus animales disecados, y yo vi salir de
nuestra casa leones, tigres y serpientes, ejemplares magnficos de piel
fina, brillante y sin zurcidos, y quedarse slo en el taller los zorros
calvos, los flamencos desplumados y los buhos sin ojos.

--Cuntas veces he pedido inspiracin a un caimn disecado o a un
buitre sin plumas para resolver el problema de la familia!

Yo tena que elegir una manera de vivir. Mi padre no quera que me
dedicase al arte de disecar. Supona que este oficio estaba en baja y
me hablaba mal de l. As perd yo la moral del disecador.

Mi padre tena varios amigos que no le abandonaban en su desgracia:
uno de ellos era Fitzhamer, el frenlogo; otro, un disecador, el
seor Sammerson, personaje alto, grande, pomposo, irreprochable en el
vestir y adornado constantemente con un gran paraguas; y, por ltimo,
un empleado de Fitzhamer, el joven Cheene, hombre delgadito, fino e
inteligente, que se dedicaba a armar esqueletos para los estudiantes de
Anatoma.

Se discuti entre todos la profesin que deba seguir, y la opinin de
los tres consultados fu que lo mejor sera que mi padre me llevara a
la farmacia de un cuado suyo y to mo farmacutico, llamado Samuel
Cox.

Mi padre tena viejos resentimientos con su cuado Samuel; pero viendo
que era la nica solucin para m, le habl a mi to, y yo entr de
practicante en la botica.

Entonces mi padre deshizo su casa y su taller y entr de director en el
establecimiento de Sammerson.

Yo estuve en la botica de Cox cerca de tres aos, y sal no por mi
culpa.

Mi to Samuel era un soltern empedernido que viva asistido por una
viuda, mistress Blount.

La tal seora tena un hijo que estudiaba Farmacia fuera de Londres.
Era esta viuda una mujer de unos cincuenta aos, ceuda, mandona, con
anteojos y una papalina blanca.

Mi to Samuel le tena miedo y la esquivaba con mucho arte. Mi to era
hombre de gran sagacidad, tan diplomtico como Talleyrand y casi tan
egosta. A fuerza de egosmo se haba hecho un completo poltrn, y las
recriminaciones le molestaban horriblemente.

Mi to Samuel y yo nos hicimos pronto amigos. Al principio me trat
como a su dependiente, pero luego se convirti en un camarada.

As, mi infancia se ha deslizado parte en el taller de disecar y parte
en la botica de mi to. He vivido al lado de una fauna y de una flora
extica, en una fauna y una flora muerta y conservada.

En mi niez he puesto mi hamaca entre los leones, las panteras y los
cocodrilos disecados; en mi adolescencia he recogido el man como los
israelitas, el _sperma coeti_ como los balleneros y la canela de Cyln
como los vedas y los cingaleses.

Soy un hombre extico, oriental y occidental, polar y ecuatorial. Soy
un planetario.

Los tres aos de farmacia se interrumpieron con la llegada del hijo
de mistress Blount. Entonces hubo una serie constante de rias, de
amenazas entre la viuda, su hijo y mi to.

Un da supe con asombro que ste dejaba la botica. La viuda le haba
puesto como condicin, o casarse con ella o dejar la farmacia.
Mistress Blount tena cartas en donde el to Samuel le daba palabra de
casamiento.

Mi to no vacil en aceptar la cesacin de la botica y se alej del
barrio de Soho para siempre.

--T te vienes por ahora conmigo--me dijo. Y, efectivamente, yo, armado
de unos cuantos brtulos, me march a su casa.




                                  III

                         LOS LIBROS DE MI TO


A pesar de ser hijo de viejo, mi padre contaba ms de sesenta aos
cuando yo nac, soy hombre fuerte y de gran vigor.

Segn Fitzhamer, el frenlogo, que nos ceda la mitad de su
escaparate, donde exponamos nuestros ejemplares disecados por veinte
libras esterlinas al ao, mis facultades ms desarrolladas son la
adquisividad, la habitabilidad y la religiosidad. La vida no ha
destacado en m estas condiciones pronosticadas por su frenologidad. Es
posible que la culpa sea ma.

No s a punto fijo cules son las condiciones ntimas de mi carcter,
como no lo sabe nadie o casi nadie. La divisa dlfica de concete a
ti mismo no ha fructificado en m. Respecto a los orgenes de mis
conocimientos, son el colegio, el taller de mi padre y la botica de mi
to. En el colegio adquir rudimentos clsicos; llegu al latn y un
poco al griego; en el taller de mi padre aprend a disecar y algunas
nociones de zoologa, y en la botica de mi to comenc el estudio de la
qumica y de la botnica y abr las obras de los grandes filsofos.

El to Samuel se contaba entre los mejores biblifilos de Londres.
Reuna libros y colecciones de estampas con una gran perseverancia.
Mientras estuve yo en la botica sola verle llegar todos los das con
paquetes de libros y rollos de papel.

Si se le hablaba del cliente que haba venido por la triaca magna o por
el aceite de escorpin, todava en aquel tiempo se usaban estas cosas,
escuchaba, al parecer, muy atentamente; pero la verdad era que no haca
caso.

Cuando abandonamos la botica l y yo, fuimos a vivir a una estrecha
callejuela que comunicaba por un arco con la plaza llamada
Lincoln's-Inn-Fields. La casa era un edificio negro y alto, que tena
delante un jardinillo desolado. Difcil hubiera sido encontrar una
vivienda que tuviera un aire ms triste. El humo y la niebla haban
dejado sus paredes negras, los cristales de las ventanas empaados. En
el ltimo piso tena sus habitaciones mi to. Estaban stas llenas de
libros y de papeles.

Los libros constituan all una vegetacin parsita; asomaban por
encima de los armarios, por debajo de las sillas y de las mesas.

Todos los das mi to sola hacer compras, y yo le acompaaba. Ibamos
a los baratillos, a las ferias, a las casas particulares. Mi to tena
alquilados varios cuartos pequeos en distintos barrios de la ciudad,
donde depositaba sus compras.

Yo, al ver estos rincones abarrotados de libros y papeles, le pregunt
qu quera hacer con tanto libro y tanta estampa, si quera venderlos o
regalarlos al Museo Britnico; despus, cuando comenc a tomarle gusto
a la caza del libro y de la estampa, comprend que la bibliofilia y
la estampofilia, como todas las chifladuras humanas que amenizan la
existencia, tienen su fin en s mismas. Mi to pasaba por coleccionista
humilde, y si alguien le preguntaba si compraba libros, deca que no,
que sus medios no se lo permitan.

Ciertamente no era mi to un biblifilo bastante rico e ilustre para
pertenecer al Roxburg-Club de Londres; pero algunos de los individuos
de esta Sociedad le conocan y le haban invitado ms de una vez al
banquete anual que celebraban en la taberna de Old-Saint-Albans,
invitacin que mi to Samuel aceptaba, porque adems de biblifilo era
un gastrnomo consumado.

A mi to lo encontraba siempre en tratos y cabildeos con toda clase
de libreros, anticuarios, traperos, comerciantes de papel viejo y
encuadernadores. Uno de los hombres con quien tena ms negocios
pendientes era un comerciante de papel llamado Tick, dueo de una
tienda de White Hart Sreet, callejuela prxima a Drury Lane. Tick, hijo
de un judo alemn y de una irlandesa, era un viejo alto, de barba
cana, con los ojos azules y la expresin sonriente. En su tienda era
difcil entrar, por lo estrecha y negra. En la muestra apenas poda
leerse:

                             ABRAHAM TICK

              COMERCIO DE PAPEL AL POR MAYOR Y AL DETALLE

De la tienda se pasaba a un pequeo patio atestado de papeles viejos.

Abraham Tick tena un hijo de mi edad, William, muchacho fuerte y
guapo, con los ojos negros, las cejas rubias y el pelo negro.

Segn el frenlogo Fitzhamer, hay que desconfiar de las personas cuyos
cabellos y cejas son de un color diferente. No s si en todos los
casos; pero, al menos, en aqul, Fitzhamer tena razn.

William Tick, a quien todos llambamos Will Tick, se hizo muy amigo
mo; mejor dicho, yo me hice amigo suyo, porque al poco tiempo de
conocerle estaba sometido a su influencia.




                                  IV

                      LA CASA DE ISRAELS Y PIPER


COMO mi to Samuel vi que yo tena aficin a los libros, crey deba
perfeccionarme en la bibliografa, y me llev de dependiente a la casa
de Israels y Piper, de Chancery Lane.

Chancery Lane es una callejuela que baja de Holborn a Fleet Street.
Como muchas de Londres, tiene una especialidad; es una calle de gente
de toga, de libreras de Derecho y banqueros.

Entonces, supongo que ahora seguir lo mismo, Chancery Lane estaba
formada por casas altas, de ladrillo, ennegrecidas por el tiempo, la
bruma y el humo, y acariciadas muy de tarde en tarde por los rayos de
un sol traducido al ingls.

Los colores de esta calle, la gradacin de matices de sus paredes de
ladrillo, los encontraba yo muy agradables a la vista; tenan en tonos
obscuros las variaciones irisadas del coral y del ncar.

Las casas de Chancery Lane eran tan indiferentes y tan hostiles como
las dems londinenses, y un poco ms: presentaban al transente puertas
bien cerradas y claveteadas, verjas llenas de pinchos, rejas tupidas;
eran estas casas de leguleyos de lo ms inhospitalarias, de lo ms
fundamentalmente britnicas que pueden ser unas casas, unas puertas y
unas rejas.

Prxima a la salida de Chancery Lane a Lincoln's-Inn-Fields, y casi
enfrente de Cursitor Street, se hallaba la librera de Israels y Piper.
Tena en la puerta, sobre la pared roja de la casa, este letrero, medio
borrado por las lluvias:

                       ISRAELS & PIPER, LIMITED

               EDITORES DE OBRAS DE HISTORIA, FILOSOFA
                             Y GENEALOGA

La librera de Israel y Piper tena un escaparate pequeo, una tienda
reducida y casi siempre desierta, y despus, un pasillo largusimo.

Cualquiera hubiese pensado que aquel establecimiento no tena apenas
importancia; pero a medida que se penetraba en l, se iba haciendo
mayor y mostrando sus grandes galeras de catacumba.

Por un lado daba el establecimiento de Israels y Piper al jardn de
Lincoln's-Inn-Fields, donde se hallaba instalada la imprenta.

Los depsitos de la casa eran inmensos; los libros formaban calles y
ms calles, y de trecho en trecho, por encima de estas calles, haba
puentes de tablas y ms libros encima.

A algunos pasos de la tienda haba una puerta que daba a un gran patio
enlosado y cubierto de cristales, y a todas horas estaban all los
empleados embalando libros en cajas, que luego se cargaban en carros, y
a todas horas entraban los mozos de la imprenta, llevando montones de
papel en rama en la cabeza.

De los dueos, Israels era un judo de unos sesenta aos, de ojos
claros, nariz cortante y perilla blanca. Tena una amabilidad excesiva
y una mirada burlona.

El seor Piper era un buen ingls, de cabeza cuadrada, con cara de
perro dogo y aire malhumorado.

El empleo en casa de Israels y Piper no me sedujo. Tenamos Will Tick y
yo un despacho cerca del patio, en un subterrneo muy hmedo y sombro,
donde trabajbamos constantemente; y este vivir de topo, siempre con
luz artificial, en sitio negro y hmedo, me molestaba mucho.

Will Tick se las arreglaba para no trabajar, y me puso al corriente de
sus maas.

La casa de Israels y Piper tena grandes curiosidades: se guardaban
las prensas que se haban usado en la casa desde su fundacin, los
originales de las obras publicadas y un gran archivo con ejecutorias y
manuscritos herldicos.

Para preservar estos tesoros de las ratas haba cuatro perros
repulsivos y una docena de gatos feroces.

Los perros enseaban los dientes a cuanto desconocido vean, y los
gatos saltaban y bufaban como panteras. Estos animalitos eran hijos de
una gata atigrada, que atacaba y araaba al que se acercara a ella.

Este animal feroz era para Israels el genio familiar de la casa;
le miraba con el mismo entusiasmo que Dick Whittington, el popular
personaje, a su felino, a quien deba la fortuna y el llegar a haber
sido lord mayor de Londres.

Entre los dependientes de la librera Israels y Piper, me hice amigo,
adems de Will Tick, de un joven, Percy Harrison, muchacho simptico,
hijo de un labrador.

Percy tendra mi edad y mis aficiones, y me convenci para que fuera
con l, de noche, a una academia de dibujo. Haba visto los ensayos
de caricaturas que yo haca, y pensaba que podra utilizar mi pequeo
talento.

Todo el tiempo que estuve en casa de Israels y Piper, un ao y
medio, fu de noche a la academia de dibujo; pero not que, a medida
que copiaba de estatua, la poca gracia que tenan mis caricaturas
desapareca.

Se lo advert a Percy, y ste reconoci que el cultivo del arte clsico
no me convena.

Percy, al mismo tiempo que se perfeccionaba en el dibujo, practicaba la
litografa. Cuando crey que dominaba este arte, proyect comprar una
prensa litogrfica y tiles para el oficio, y establecerse.

Formamos una sociedad Will Tick, Percy y yo, y decidimos abandonar a
Israels y Piper y lanzarnos un poco a la aventura.




                                   V

                        ELOGIO DE LA LITOGRAFA


LOS primeros trabajos litogrficos que hicimos entre Percy y yo fueron
vistas de pueblos, escenas pintorescas y retratos de personajes
clebres. Will Tick vendi las estampas a buen precio, y al recibir
el producto de las ventas, consideramos que un ro de oro entraba en
nuestros bolsillos.

Tras de estos tmidos ensayos, intent yo la caricatura, y una de las
mejores que hice fu a favor de los liberales espaoles y en contra del
rey Fernando VII. Esta caricatura me relacion con algunos espaoles,
entre ellos, con el hispanoingls Blanco-White, que acababa de publicar
unas cartas sobre Espaa, y que fu, probablemente, el que me sugiri
la idea de venir a la Pennsula.

Despus de mi estampa antifernandina, hice otras varias, que se
vendieron mal que bien. Pronto not que faltaba a mis caricaturas
personalidad y crueldad. No poda llegar a la stira brutal y enconada
de un Gilray, ni a dar a mis personajes el aire tan tpicamente ingls
de las estampas de Jorge Cruikshank.

--En la caricatura--me dijo Will Tick, que en esto, como en todo,
discurra con mucha claridad--hay la cepa dulce y la cepa agria. T
eres de la cepa dulce, y en Inglaterra, actualmente, eso no gusta.

Will Tick tena razn.

Como vi que el mercado se cansaba pronto de mis estampas, intent dar
otro producto, y me dediqu al agua fuerte.

El agua fuerte es un arte, indudablemente, de ms inters, de mayor
individualidad que la litografa.

Tiene, adems, un encanto para el que la cultiva, y es el encanto de
las sorpresas. Estas sorpresas proceden de los efectos inesperados de
la mordedura del cido en la plancha, y tambin mucho de la estampacin.

La litografa, en cambio, no tiene sorpresa alguna, y su estampacin
es ms mecnica. Se puede decir que cada prueba de agua fuerte es casi
tan nica como un cuadro; en cambio, las pruebas litogrficas son todas
iguales.

El procedimiento del agua fuerte me gust, por ser ms personal, ms
complicado y, al mismo tiempo, ms libre que el de la litografa.

En la litografa, vencida la dificultad de dibujar al revs, est
todo resuelto; en tanto que se realiza el trabajo se puede seguir su
progreso mirando la piedra directamente o en un espejo; en cambio,
en el agua fuerte, mientras se raya la plancha de cobre, sta es un
misterio. El grabador supone que una parte le ha salido bien, que la
otra, mal; cree que esto es demasiado negro; aquello, por el contrario,
demasiado blanco; mete la plancha en el cido, saca despus la prueba,
y todas son para l sorpresas.

La litografa es ms honrada; en ella no sale ni ms ni menos que lo
que se pone.

Mis entusiasmos por el agua fuerte me quitaron la aficin a trabajar
en la litografa. Me gustaba, s, la estampa litogrfica; pero ms las
de los otros que las mas. Prefera ser coleccionista de estampas que
litgrafo.

Realmente, la litografa no es un gran arte, pero es un arte simptico
dentro de su vulgaridad. Es algo como la cancin de la calle, como la
meloda popularizada por un organillo.

La fusin de la litografa con el costumbrismo y con la historia
episdica de la poca ha dado origen a una clase de estampas que son
los mejores documentos de nuestro tiempo.

Se dir que estas lminas nos dejan una impresin falsa de las cosas.

Cierto.

Alguno asegurar que el arte debe dar la sensacin de la realidad con
elementos artificiales y que la litografa hace todo lo contrario: dar
una impresin de irrealidad con elementos verdaderos. Qu importa?
Es que hay una realidad fuera de nosotros? Yo, lector de Kant y de
Berkeley, no creo en ms realidad que la de nuestro yo. Lo dems son
disfraces de la Madre Naturaleza, aspectos de la Cosa en s que no
sabemos hasta qu punto existen, y si sus presentaciones ante nuestros
sentidos son o no constantes.

Podrn otros despreciar la litografa como un arte industrial, vulgar e
insignificante; para m ha tenido y sigue teniendo grandes atractivos.

Estas vistas de pueblos, tan falsas en conjunto y tan exactas en
los detalles; estas escenas campestres, tan poco campestres; estos
espaoles, tan poco espaoles; estos griegos, tan poco griegos; estos
ros, estas cataratas, estos personajes, estas amazonas, que son
la verdad convencional de un momento histrico, no hubieran podido
representarse tan en armona con el espritu de la poca como con el
lpiz ligero, amable y un poco banal de la litografa.




                                  VI

                           EN PLENA BOHEMIA


PERCY y yo alquilamos un cuarto, y llevamos a l nuestros tiles y
algunos muebles al fiado.

Al principio trabajamos con entusiasmo; luego, poco a poco, fuimos
flaqueando y llegamos a no hacer nada y a mirar con desdn y con cierta
sorna nuestros instrumentos de grabadores.

Will Tick nos sacaba con frecuencia de apuros con la fertilidad de sus
recursos. Muchas veces nos llevaba a su casa para que le ayudsemos.

Tick, padre e hijo, se dedicaban a negocios sospechosos.

Guardaban montones de papel sellado viejo, que les deba servir para
falsificar documentos. Lavaban y cocan papeles escritos con agua de
cloro y los sacaban limpios; saban tambin hacer tinta antigua y
calcar firmas.

Todos los trabajos de la casa eran poco claros y menos lcitos. Durante
el tiempo que acud al taller de los Tick, el negocio ms legal que
hicieron padre e hijo fu decolorar y raspar unas hojas en pergamino
de unos libros capitulares y convertirlos en parches de tambores y
panderetas.

Siempre se les vea al padre, al hijo y a un criado, albino y zambo,
en el patio, sucio y negro, borrando papeles y secndolos en una estufa.

Abraham Tick maniobraba en aquellas cosas que no caen fcilmente bajo
la mirada de un juez.

Una de sus especialidades consista en inventar genealogas y
falsificar documentos nobiliarios. La impunidad estaba asegurada. Era
muy difcil que su trabajo llegara a conocimiento de la justicia,
porque el que encargaba la falsificacin de una ejecutoria o de un
rbol genealgico era el primer interesado en que ningn perito
examinara con cuidado sus documentos.

Abraham Tick nos pagaba bien cuando le ayudbamos. En su tienda conoc
mucha gente, porque el viejo Tick tena grandes relaciones. Solan
reunirse all una porcin de tipos que andaban a la husma por las
prenderas, libreras y tiendas de antigedades.

Yo tambin me decid a sacar la comida al husmeo, y comenc a proveer a
mi to y a unas cuantas personas ms de libros y de estampas. Tambin
compraba retratos, que venda despus a Fitzhamer. El frenlogo los
utilizaba para sus estudios. Algunas estampas anteriores al ttulo no
tenan nombre, y yo sola ponerlo al margen con lpiz. Era curioso
ver con qu candidez se las arreglaba el frenlogo para encontrar
en la cabeza del retratado lo que, segn todo el mundo, haba; cmo
adivinaba el espritu matemtico en Pascal, la gracia en Voltaire, el
sentido astronmico en Coprnico, etctera, etc. Una confusin ma
hizo que el retrato de Feneln pasara por el de Maquiavelo, y el de
Florin por Fouquier-Thinville, y al contrario: y hubo que admirar con
qu precisin Fitzhamer encontr matemticamente la chistosidad y la
astuciosidad en Feneln, tomndolo por Maquiavelo, y la destructividad
en el inspido Florin, a quien tomaba por Fouquier-Thinville.

No siempre daba yo en el blanco en mis paseos a la busca de unos
cuantos chelines, y entonces Percy y yo nos dedicbamos a comer al
fiado. Al principio nos preocupbamos de pagar; pero lleg un da
en que el pensamiento del maana no nos alter lo ms mnimo, y nos
dedicamos, desde entonces, a los platos ms suculentos y a los lquidos
ms espirituosos, con la vaga esperanza de que alguien los pagara.

Cuando la estrechez era grande bamos a ver a Will Tick; pero ste nos
ofreca ya descaradamente trabajos peligrosos de falsificacin, lo que
nos alarmaba.

Los amigos de Percy y los mos, alegres camaradas, vivan de una
manera parecida a la nuestra, dispuestos a gozar, a sacarle jugo a la
existencia.

Uno de ellos, para m el ms querido, a quien haba conocido en el
colegio, era Toms Burton, joven disipado y de familia acomodada, de la
escuela de lord Byron, que encontraba todo muy negro en la vida.

Burton se envenenaba con opio y lea libros de astronoma, de los
cuales sacaba argumentos para deducir la mezquindad y la miseria de la
vida humana.

--Lo mejor que puedo hacer, en obsequio de mi familia, es
arruinarla--deca--, y despus suprimirme yo. El dinero nos ha hecho
desdichados.

Otro de los comensales constantes en nuestras francachelas, Joe
Flinder, viejo estudiante de leyes, guardaba, segn deca, un gran
bal lleno de obras maestras, diez o doce poemas que hubiera firmado
Milton, y un centenar de tragedias y comedias bastante ms sugestivas y
profundas que las de Shakespeare.

A pesar de esta premisa, l pensaba que se poda afirmarla con la
seguridad de un axioma matemtico, no haba editor ni empresario
para sus obras. Tal era la estupidez y el mal gusto de la orgullosa
Inglaterra!

Otras personas se reunan con nosotros, sobre todo algunos jvenes
ricos que venan acompaados por Will Tick. Will nos presentaba a ellos
como hombres de un talento enorme, bohemios incorregibles, de una
existencia pintoresca, desordenada y absurda.

Percy y yo habamos llegado a encontrar muy lgico nuestro sistema de
vida; generalmente no pagbamos a los proveedores, y los ingresos que
obtenamos unas veces por la compraventa de un cuadro, de un grabado o
de un libro raro, los emplebamos en una cena alegre.

Solamos tener grandes discusiones, debatamos acerca de la gloria, de
la poltica, de la literatura, de los medios de hacer dinero, de la
Reforma, de la Constitucin, y concluamos con las caras inyectadas,
cantando a voz en grito el _Fantasma_, de Cock Lane, los _Nios en el
bosque_, o alguna cancin patritica, como _Rule Britannia!_ y _Oh,
Bretaa_, el orgullo del Ocano!




                                  VII

                             DAS TRISTES


BIEN comprenda yo que aquella vida no poda durar, que era un
parntesis ms o menos largo que se haba de cerrar de un da a otro.
Efectivamente, el parntesis se cerr pronto. Una maana el dueo de la
casa nos avis que habiendo aguardado mucho tiempo el cobro de nuestros
alquileres, ya no poda esperar ms. Nos daba un plazo de veinticuatro
horas para desalojar la habitacin.

Poco despus de este aviso lleg Flinders con la noticia de que Burton
se acababa de suicidar. Al entrar su madre en su cuarto se lo haba
encontrado tendido en el suelo y muerto.

La noticia me hizo una gran impresin.

Percy, Flinders y yo hablamos largo rato, y yo me olvid de mis apuros.

Hubiramos ido a dar el ltimo adis a nuestro amigo; pero temamos
que la familia no nos quisiera dejarle ver, considerndonos como gente
perdida que quiz haba arrastrado al suicida a su mal fin.

Decidimos salir y acercarnos a la casa de Burton. Al bajar las
escaleras un muchacho me trajo una carta.

Deca as:

       Querido Thompson: Si te envan esta carta, es que me habrn
       encontrado muerto. Me voy con gusto. Un apretn de manos y
       buena suerte.

                                                      _Burton_.


Discutimos si haba hecho bien, si haba hecho mal nuestro camarada,
porque no hay nada que remueva tanto el espritu como esa negacin de
la vida del suicidio.

Hablando de Burton salimos a la calle. Era al anochecer. Haca uno
de estos das de otoo de Londres en que el cielo, invariablemente
sombro, descarga aguaceros sobre aguaceros; toda la gran urbe
exudaba humedad negra y polvo de carbn, y los hombres, los caballos
y los perros se arrastraban sobre el fango de las calles, mientras
algunos pocos privilegiados se aburran en sus palacios o miraban por
la ventana del club o por el cristal del coche a los desharrapados
rebozados en el barro.

Llegamos a casa de Burton y no nos quisieron recibir; tales eran
nuestras trazas. Volver a la habitacin de noche, despertando a la
vecindad, hubiera sido exasperar al propietario. Pasamos la noche a pie
firme y por la maana me present a mi padre.

Hablamos, me sermone un tanto y me dijo que deba ir a ver a mis
hermanos. Yo le contest que no. Mis hermanas se sentan orgullosas de
su posicin; estaban casadas con personas de calidad y no les gustaba
pensar que tenan un pariente perdulario. Mis dos hermanas mayores
eran de la misma madera; de un egosmo perfecto y de una indiferencia
insolente por la suerte de la familia. No iban a preocuparse de m, a
quien apenas conocan.

Me di mi padre unos peniques, lo nico que tena; com y fu a ver
a mi to. Le dije que me hallaba en una situacin difcil y que
haba pensado pedir trabajo a William Tick. Luego le cont los
procedimientos que empleaba Will.

--S, los ha heredado de su padre--dijo mi to--. Se ve que es tan
granuja como todos los de su familia. Ten cuidado, no te vayan a
arrastrar a dar un mal paso. Abraham Tick est haciendo constantemente
falsificaciones; t dibujas algo y querrn utilizarte. No seas tonto.
Haz todas las deudas que puedas; pon tu firma en todos los pagars que
te traigan; pero nada de imitar letras, facturas, sellos o cosa por el
estilo. Esto es la cuerda o los trabajos forzados.

La observacin de mi to me hizo mella; yo pensaba lo mismo, aunque
no me haba planteado la cuestin tan claramente. El era un truchimn
listo y su consejo no cay en olvido.

Viv unos das en casa de Tick encerrado, pintando rboles
genealgicos, y un da Will me trajo unas lminas de un banco de la
City para que yo las calcara y luego las estampara Percy.

Pretext que no tena vista. Will Tick se ri dicindome que lo
hiciera, o que si no, me marchase. Yo opt por marcharme.

--Te morirs de hambre--me dijo.

--No; porque mi to me ha encargado hacer un catlogo de su biblioteca.

Will Tick me insult, llamndome estpido y egosta; y yo fu en
busca de mi to. Le cont el caso; cmo me hallaba perseguido por los
acreedores, la proposicin de falsificacin que me haba hecho Will
Tick, y le ped que me cediese una de sus madrigueras de libros y me
diera de comer, a cambio de lo cual yo le hara el trabajo que me
indicara de copia o de calco. Despus de vacilar mucho mi to acept y
quedamos de acuerdo en que le restaurara algunas portadas y documentos
antiguos. Fuimos los dos a una casucha del barrio de Islington. Era un
zaquizam del ltimo piso, lleno de montones de libros que conservaban
polvo de muchos aos.

Un tabernero de la esquina, conocido de mi to, me traera la comida y
no me prestara ni un penique.

Tom posesin de mi cuchitril y comenc mis trabajos.

Todo el invierno lo pas as encerrado. Miraba desde mi palomar el
cielo bajo y sombro de Londres con el humo espeso que sala de las
chimeneas. Por la maana haca las restauraciones para mi to, y
despus estudiaba francs y espaol, porque tena el proyecto de
escaparme de Londres.

De noche los ratones me hacan compaa y venan a devorar los restos
de mi comida. Algunas veces ataba con un bramante una corteza de queso
y me diverta retirndola cuando se echaban sobre ella los pequeos y
graciosos roedores.

Los das brumosos y negros me entraba la desesperacin de no hacer nada
y me meta en la cama.




                                 VIII

                EXAMEN DE MIS APTITUDES POR EL SISTEMA
                            MTRICO DECIMAL


UNO de aquellos das en que me hallaba ms aburrido an que de
ordinario, hice este cuadro de mis aptitudes morales e intelectuales
por el sistema mtrico decimal:

               CONDICIONES DE J. H. THOMPSON

      Amor al trabajo                        5    por 100.
      Benevolencia                          10       
      Egosmo                               15       
      Valor personal                         5       
      Sentido ertico                       10       
      Moralidad                              5       
      Espritu religioso y supersticin      2-1/2   
      Adquisividad (estilo Fitzhamer)        2-1/2   
      Sociabilidad                          10       
      Instinto de vagabundez                15       

Despus del cuadro sinptico de mis aptitudes, comenc el de mis
conocimientos por el mismo sistema mtrico decimal, y me result ste:

      Dibujo                                10   por 100.
      Literatura                            10      
      Filosofa                              5      
      Botnica y Farmacia                   10      
      Arte de disecar                       15      
      Geografa                              5      
      Lenguas                                5      

Por una fantasa como sta, el frenlogo Fitzhamer cobraba bastante
dinero; en cambio, yo no me cobr nada a m mismo.

Mi inters en esta poca consista en elevar mis conocimientos
lingsticos (5 por 100, segn el cuadro) a un 10 o a un 15 por 100.

Aprenda el espaol y el francs sin maestro, y tena la sospecha de
que iba a entendrseme con dificultades. Sobre todo la pronunciacin y
la propiedad de las palabras me fallaran. Me pasara probablemente lo
que al ingls de una caricatura francesa, que entra en un caf de Pars
y para pedir: _Garon, une bouteille de biere_, hace un esfuerzo de
memoria y dice: _Celibataire, une bouteille de cercueil!_

Esta confusin de las cervezas con los atades, lo ms que poda
producir es que se burlasen de uno.

Aunque comprenda que no me las arreglara fcilmente, no me preocupaba
esto mucho. Lo difcil para m era dar el primer paso, cruzar el canal
de la Mancha y desembarcar en el Continente.

Haba pensado marchar a Espaa. Senta hambre de sol y de cielo azul;
estaba cansado de encierro, de lluvias y de barro.

Haba ledo bastante sobre Espaa; no crea, ni mucho menos, que
fuera un pas de delicias en que a cada paso ocurrieran aventuras
extraordinarias; pero pensaba ir all.

Aunque soy optimista, no soy de los que abrigan una confianza excesiva
en los hombres y en las cosas, y que se desilusionan al menor tropiezo.
Mi fuerza est en la perseverancia y en la resignacin estoica. He sido
siempre ms espectador que actor; la vida me ha dado la impresin de
una comedia, a veces amable, a veces aburrida. Tengo las decisiones
tardas. He necesitado siempre el aguijn de la necesidad imperiosa para
lanzarme a la accin. Si esta necesidad imperiosa no me azuza, miro los
acontecimientos con calma.

Muchas veces he dicho: Veremos a ver esto adnde nos arrastra; y he
seguido a la deriva, bastante indiferente, mientras no apareca la
cruel y urgente necesidad.

Mi viaje a Espaa era cuestin de momento. A veces crea si sera mejor
quedarme en Londres. Mis acreedores estaban despistados, pero cmo
vivir as constantemente? La quietud me iba enmoheciendo; necesitaba
hacer algo, aunque fuesen tonteras: andar, correr, cambiar de
escenario...




                                  IX

                       ULTIMA HAZAA EN LONDRES


UN da le en un peridico el descubrimiento de una falsificacin de
billetes de Banco y la prisin de los falsificadores y encubridores,
entre los cuales se encontraba mi amigo Percy Harrison. Will Tick no
apareca en la lista de los presos.

Sera extrao al asunto? O se habra escabullido de las garras de la
justicia con arte?

Dada su habilidad y su maa, era cosa muy probable.

Unas semanas despus iba yo muy envuelto en mi gabn rado, y ms
envuelto an en una niebla espesa y rojiza, a casa de mi padre, cuando
me encontr a Will Tick hablando con una mujer.

Me par; le dije claramente que supona que el instigador de la
falsificacin por la cual haban prendido a Percy era l; pero Will
Tick me demostr, con argumentos, que no era cierta mi sospecha.

Sus razones mitigaron la clera que senta en contra suya, y hablamos
largamente. Le dije que pensaba marcharme a Espaa.

--Tienes dinero?--me pregunt.

--No.

--Sabes a quin le podramos sacar unos cuartos?

--A quin?

--A mi padre.

--Cmo?

--Tu to ha dejado en depsito cuarenta libras esterlinas en casa de
mi padre para que le compre la biblioteca de un anticuario que ha
muerto. Mi padre ha visto la biblioteca y siente tener la necesidad de
comprarla para tu to, porque en esa biblioteca hay algunos libros de
valor; pero ha dado su palabra y no se puede volver atrs; perdera un
buen parroquiano.

--Entonces no hay nada que hacer.

--S, hay mucho que hacer. Mi padre, al menor pretexto que tenga,
devuelve con gusto las cuarenta libras esterlinas. T vienes conmigo a
mi casa, le dices a mi padre que tu to ha cambiado de parecer, y te
entrega las cuarenta libras, que nos las repartiremos.

--No, no. Yo no hago eso.

--Lo har yo por tu cuenta; pero es necesario que t te presentes
conmigo y recibas el dinero.

Vacil, porque la cosa me pareca un poco dura, tratndose de un hombre
que me haba favorecido como mi to Samuel; pero pens tambin: Si
no aprovecho esta ocasin, cundo se me presentar otra? Hay que
decidirse. Adelante!

Fuimos a casa de Tick, y Will habl a su padre.

El viejo falsificador escuch largo tiempo sonriendo, moviendo la
cabeza en ademn negativo, hasta que se decidi, y sacando de un cajn
las cuarenta libras esterlinas me las puso en la mano. Will me empuj a
la salida y me dijo:

--Venga mi parte!

Le di veinte libras; luego me pidi que le diera otras cinco por la
comisin.

--No; no te doy una ms.

--Bueno. Eres un rooso. Adis!

Con el dinero en el bolsillo y el espritu lleno de remordimientos un
poco cmicos, me fu a los muelles y averig que, pocas horas despus,
al amanecer, sala un paquebot para Burdeos. Como tema la indignacin
de mi to Samuel, a quien quiz ya no podra pedir nunca nada en la
vida, le escrib una carta desde una taberna contndole la hazaa que
habamos realizado a expensas entre Will y yo. Le deca que obraba
impulsado por una fuerza mayor. Despus escrib otra carta a mi padre
despidindome de l, y al rayar la maana bajaba en el barco por el
Tmesis, camino del Continente.

--Veremos lo que nos reserva el destino--murmur, mientras me acercaba
a la borda, mareado y con la mano aplicada a la boca del estmago.




                                   X

                         LOS DESTINOS ABSURDOS


CUALQUIERA, al leer la frase final del captulo anterior, supondr que
yo soy un fatalista. No; no lo soy. No lo soy, pero no ando lejos de
serlo. Esta idea de fatalidad es un poco confusa. Encerrando la idea de
predestinacin, es para m falsa; pero significando slo destinacin,
me parece exacta.

No cabe duda que si uno marca en un papel una serie de puntos, se
pueden unir stos con una lnea; tampoco cabe duda que la tal lnea
tendr un carcter: ser recta o quebrada, y presentar una figura
especial. A esta figura, despus de hecha _a posteriori_, le llamaremos
necesidad, destinacin, y si estuviera hecha _a priori_, le llamaramos
fatalidad, predestinacin.

En el punto 1 de la lnea no sabemos dnde va a caer el punto 2, ni en
el punto 2 cul va a ser el 3; pero trazados los puntos 2 y 3, podemos
asegurar que de ninguna manera, aunque se deshiciera el Universo,
podran estar en otro sitio mas que en el que estn.

Tales reflexiones me haca yo, tendido en un banco de la cubierta del
paquebot, a medida que salamos del canal de la Mancha y se me iba
pasando el mareo.

Cuando se disip por completo pens que sera prctico inventar una
finalidad para mi viaje al llegar al Continente, y se me ocurri una
pequea historia basada en mi to, el sargento Cox, que haba sido
un calavera y haba estado en la Pennsula con las tropas del general
Moore. Me pareci que nadie se incomodara porque ascendiese un poco
en el escalafn a mi to, y decid llamarle el comandante Cox. El
comandante haba muerto en la Pennsula, dejando una pequea fortuna,
que yo iba a recoger, cinco mil libras?, seis mil libras? Creo que
nadie se enfadara si elevaba la herencia a diez mil libras.

Animado por una perspectiva tan agradable, me levant de mi banco y me
puse a pasearme por la toldilla.

Haba otro joven, poco ms o menos de mi misma edad, que llevaba por
todo equipaje una caja de tabaco; nos pusimos a hablar, y, llevado por
esa necesidad de confidencia que se siente al viajar solo, le cont mi
historia.

--As que va usted sin objeto al Continente?--me pregunt.

--S.

--Pues a m me pasa lo mismo; pero como soy en el fondo fatalista, creo
que adonde me lleve la casualidad all estara fijado mi sino. Aqu
donde me ve usted, salgo de una crcel, donde he estado durante algn
tiempo deshaciendo cuerda.

--Hizo usted alguna falsificacin?

--No; yo estaba en relaciones mercantiles con una banda de ladrones
que me alimentaban. Una vez proyectaron un robo en un hotel. Cada cual
tena su misin; yo era el encargado de echar un pedazo de carne con
ludano al perro. Me dieron el frasquito y, como yo soy desmemoriado,
lo dej en un rincn; luego lo confund con una botella de una salsa,
y ech salsa a la carne que tena que comer el perro, y, claro, no se
durmi. Result que la polica estaba avisada, y que me haban visto
echar la carne al perro, y que nos prendieron a todos los ladrones,
a m con la botella de la salsa. Cuando le cont lo ocurrido a mi
abogado, ste dijo en el juicio que yo era un joven muy virtuoso, y
explic cmo haba cado en manos de malhechores, que me haban enviado
con un frasco de ludano y un pedazo de carne para echrsela al perro,
y yo haba dejado el ludano y cogido una botella de salsa para rociar
con ella la carne que iba a echar al guardin de la casa.

Reconocieron todos los jueces que yo era un joven virtuoso, y me
echaron a la calle, donde empec a morirme de hambre.

Entonces entr en sociedad con un par de individuos que se dedicaban
a ese negocio bastante lucrativo que llaman los franceses _chantage_.
Llevaban ya en preparacin uno importante; tenan documentos de un
poltico, con los cuales pensaban sacar mucho dinero, y me enviaron
a m a hacer la proposicin. Llegu yo a casa del poltico con la
leccin aprendida; pero no s cmo me las arregl, que confund todo
lo que tena que decir; descubr el juego de mis socios e hice que nos
metieran a todos en la crcel.

Como la otra vez, me absolvieron, y considerndome, sin duda, como un
inconsciente, me llevaron a un asilo, donde he estado durante algn
tiempo haciendo estopa.

Al salir del asilo pens si mi porvenir estara en explotar a las
mujeres. Eleg una muchacha que me pareci dcil, y comenc a
cultivarla con el fin de vivir a sus expensas; pero se interpuso un
hombre, luch con l; nos llevaron a juicio, y todo el mundo crey que
yo era un idealista y que me haba pegado con mi rival por defender a
una dama.

Ayer estaba en Hyde Park, al anochecer, pensando en la manera de quitar
a una seora, acompaada de un caballero, un collar que llevaba, cuando
vi que el seor que hablaba con esta dama era el poltico a quien
habamos querido explotar. Este se acerc a m y me dijo:

--Si no hablas de lo que has visto, te dar veinte libras.

Yo no haba visto nada. Alargu la mano y recib un billete. Fu al
Arco del mrmol y mir el billete a la luz de un farol. Era bueno.

Por la maana compr un traje, com y me vine a este barco. Voy a
desembarcar en Francia, en donde no s qu har. Ya que no puedo ser un
criminal hbil, intentar ser una persona honrada. Si no puedo ser ni
una cosa ni otra, me dedicar al comercio.

El joven fatalista se encogi de hombros y yo me volv a tender en mi
banco.




                                  XI

                         EN MEMORIA DE BURTON


EL paquebot haba entrado en Burdeos. El da, de mayo, estaba
esplndido; el sol, brillante. Haca un ligero vientecillo del norte.
Como no llevaba equipaje, sal inmediatamente del barco, fu a la
terraza de un caf y estuve contemplando la gente que pasaba y el
movimiento del puerto. Sent cierta soolencia y hubo un momento en
que cerr los ojos y estuve desvariando. Cre encontrarme entre mis
amigos de Londres y que interpelaba a Burton, que me escuchaba muerto y
sonriendo.

       *       *       *       *       *

J. H. Thompson pone aqu el discurso que dirigi a la sombra de su
amigo, que aunque no viene muy a cuento lo insertamos:

--Qu error el de suprimirse as del mundo de los vivos!--le dice a
su amigo--. Qu error, querido Burton. Habiendo este sol y este aire
puro, y este cielo azul, surcado por nubes blancas, y estas gentes
que van y vienen, y estas extraas apariencias de la Cosa en s! Qu
error, amigo Burton, el suprimirse!

Oh, no; yo no te dir que estos hombres valgan la pena de ser hablados,
ni que estas mujeres sean Ofelias romnticas y puras, no. Es posible
que la mayora de todos ellos sean ganado vacuno, o quiz de cerda;
pero qu cielo! qu luz! Cmo se siente la sangre que circula por
las venas!

Qu error, amigo Burton, el de suprimirse!

No, yo no tratar jams de convencerte de que el amor y la fraternidad
humana nazcan con tanta facilidad como las algas en el mar, ni que la
amistad pura sea una cosa corriente. Yo reconozco, de buen grado, como
t, que la mayora de los hombres somos egostas y bestias, pero qu
duda cabe de que los hay inteligentes y buenos?

Ciertamente, yo no creo en las grandes palabras; soy nihilista de todos
los nihilismos, y ateo de todos los atesmos; pero, aun as, amigo
Burton, qu error ms grande el de suprimirse!

Verdad que todo lo que nos rodea es fugitivo, es inasible; pero nos
queda el momento, el minuto! Cosa admirable!

S, quiz las grandes palabras se encuentren un poco vacas; pero en
cambio las pequeas, qu llenas estn!

Una conversacin agradable, una mujer bella que pasa, una bocanada de
aire puro de un da de verano, un libro entretenido...

--Qu error, amigo Burton, el de suprimirse!

T afirmars que nuestra vida no es nada, que un guio de una estrella
representa ms que todas las existencias humanas.

Yo te contestar que la grandeza y la pequeez son ideas relativas, y
que los soles de la Va Lctea y los rayos de Sirio o de Aldebaran son
menos trascendentales para ese seor que pasa y para m que la lmpara
que se nos apaga por la noche.

S, amigo Burton; ese infinito del Universo que tanto te preocupaba
es, despus de todo, un infinito de negaciones, y esas nebulosas de
estrellas no deben tener ms importancia para nosotros que las nubes de
chispas que salen de una fragua.

T me diras, bajando a la vida fisiolgica, que cuando el engranaje de
nuestras ruedas interiores chirria, todo es molestia y dolor. Es verdad.

Pero aun as, en los intervalos del dolor se puede encontrar momentos
de placidez y de reposo.

Qu error, amigo Burton, el de suprimirse!

As sigue perorando Thompson, hasta que dice que despert, abri los
ojos y, en vez de ver a su antiguo camarada, vi los mstiles de los
barcos, que se balanceaban en el puerto.




                                  XII

                      CHARLATANES Y SALTIMBANQUIS


DEJ el caf y las divagaciones--sigue escribiendo Thompson--y fu a
hospedarme a un _garni_ barato, desde donde escrib de nuevo a mi to.
Le deca que William Tick haba sido el inventor de la combinacin para
sacarle las cuarenta libras esterlinas, y que yo no haba hecho mas que
dar mi asentimiento, por encontrarme perseguido por un acreedor, que
me puso en la alternativa de pagarle inmediatamente o llevarme a la
crcel. De tanto repetir esta invencin, llegu a creerla. Comunicaba
tambin a mi to mi proyecto de ir a Espaa, y le juraba que si
consegua encontrar trabajo le devolvera el dinero. Tambin le escrib
a mi padre. Los dos me contestaron en seguida; mi padre, dndome
consejos; mi to, menos incomodado de lo que yo supona. Por lo que
me contaba, advertido por la carta que le envi al salir de Londres,
haba comprado la biblioteca del anticuario antes de que se presentara
Abraham Tick.

Tranquilizado, con relacin a esto, me dediqu en Burdeos, por unos
das, al _dolce farniente_. Burdeos me pareci grande, tristn, como
un pueblo desalquilado, hecho para capital de un gran Estado y que se
queda en capital de provincia.

Paseando por el pueblo tuve la suerte de encontrar en un tenducho un
paquete de caricaturas francesas contra los ingleses, que me costaron
quince francos. Eran las figuras lores ventrudos y ladys delgadas y
ridculas. No haba podido dar con ellas en Londres.

Las compr y se las envi a mi to, quien reconciliado conmigo me
escribi pocos das despus a Bayona, muy contento, encargndome que
cuando entrara en Espaa no me olvidara de buscar las estampas de Goya.

Pasados seis das en la capital de la Gironda, hice mi primer ensayo de
viandante. Haba comprado un traje de verano barato, un morral de tela,
donde met la ropa que tena, y un mapa de Francia, con las carreras
de postas, hecho por J. B. Poirson en 1821, en Pars, en la calle
Saint-Jean de Beauvais. Con estos requisitos me ech a andar.

Como me haban dicho que el camino por las Landas era poco agradable,
tom por la orilla del Garona, con la intencin de bajar hacia Orthez y
marchar de all de nuevo hacia el mar.

El primer da lo pas bien, hice una caminata de seis leguas y com y
dorm perfectamente.

El segundo da hice unos conocimientos un tanto raros. En un pueblo del
camino, antes de llegar a Bazas, haba une feria y me detuve un poco a
curiosear en sus puestos.

Entr en una barraca de figuras de cera y pas revista a los personajes
de la Revolucin, a los generales del Imperio, a Mara Antonieta, a
varias vctimas y asesinos, y a un gran grupo en que se vea un cazador
devorado por tigres y leones. Aquellos animales no eran una maravilla
de exactitud. Me permit hacer unos gestos desdeosos y manifestar mi
poca conformidad. Un seor bajete y rechoncho, vestido de negro, me
pregunt:

--No le gustan a usted?

--Poca cosa.

--Esos animales se han copiado del natural.

--No. Ca! No puede ser.

Y expliqu cmo y por qu esto no era posible.

--Lo hara usted mejor?

--Yo, ya lo creo! Soy disecador de Londres y pintor.

--S; en Londres se trabaja bien en estas cuestiones; pero en Pars
tampoco se hacen las cosas mal. No hay que quitarle nada a Pars.

Call, como no queriendo comprometerme demasiado, y entonces el dueo
de las figuras de cera me dijo si tendra inconveniente en trabajar
para l, modelndole en cera varias alimaas en actitud feroz, y
retocando algunas figuras como la de Danton, la de Fualds, el
asesinado, y otras que haban perdido el color, pues la gente no se
contentaba con ver sus caras, sino que quera tocarlas.

--Tanto tiempo va usted a estar aqu?--le pregunt yo.

--No, me marcho en seguida; pero usted puede venir conmigo en mi coche.

Quedamos de acuerdo en que le hara el trabajo y en que l me
proporcionara los tiles necesarios, pagara mis gastos y me dara
tres francos al da. Me instal en su carreta de cuatro ruedas, cerrada
y con techo, y comenzamos a marchar despacio camino de Pau.

El dueo de las figuras de cera, monsieur David, era un seor fino que
hubiera podido ser acadmico, notario o enterrador. Vesta de negro y
llevaba una cinta roja en el ojal. Viajaba en compaa de sus figuras
de cera y de su criado Michel. Al mismo tiempo que monsieur David, y
llevando el mismo camino, iban varias carretas: dos de un domador de
fieras, que se deca hngaro, con un len viejo, unas panteras y varios
monos; un coche de una seora que tena cacatas amaestradas; un furgn
de un domesticador de focas, y un tlburi de un charlatn vendedor de
especficos, prestidigitador, sacamuelas y frenlogo.

En el camino nos encontramos con saltimbanquis, gitanos, y alguna mujer
harapienta con un carretn donde llevaba un organillo y la familia
menuda.

En los tres das que fu en compaa de monsieur David, puse los ms
brillantes colores en las mejillas de Fualds, el asesinado; anim los
ojos de Mara Antonieta, de Carrier, de Napolen, de Danton y de Marat,
y comenzaba unos bocetos de fieras cuando nos detuvimos en una posada,
poco antes de llegar a Pau.

Estaba lloviendo; se metieron las carretas en un corral y nos reunimos
en un cuarto de la posada, el domador hngaro y su criado, el charlatn
prestidigitador, un ventrlocuo, el domesticador de focas, la madama de
las cacatas, monsieur David y yo.

Cenamos juntos, y como esta gente es jactanciosa, cada cual cont
sus triunfos en los diferentes pueblos del trnsito. El domesticador
de focas hizo tales elogios de sus animales, que la gente los tom a
broma. Apost entonces l a que enviaba a su Baby, la mejor de sus
focas, con una carta para monsieur David, y a que se la entregaba. Se
acept la apuesta y se puso dinero en pro y en contra. El domesticador
sali del cuarto al patio y, poco despus, vimos a la foca que avanzaba
pesadamente con sus aletas por el pasillo, entraba en el cuarto donde
estbamos, ofreca un sobre que llevaba en la boca a monsieur David
y le haca una ceremoniosa reverencia. Se aplaudi al domesticador
de focas y a su discpula Baby, que se dieron un beso. El charlatn
explic sus juegos de manos, y despus sac una baraja e invit a una
partida. Yo cre que los dems no aceptaran. A quin se le ocurre
jugar a las cartas con un prestidigitador?

Se sentaron en la mesa, y el charlatn, el domador, la madama de
las cacatas, el domesticador de focas y monsieur David barajaron y
cortaron y se pusieron a jugar a la malilla. Yo me tend en un divn y
me qued dormido.

A media noche me despertaron los gritos.

Todos vociferaban y discutan, y tenan montones de plata y de cuartos
encima de la mesa.

El domador deba de perder mucho; estaba anhelante, congestionado,
con una gruesa vena hinchada en la frente. A cada momento se pasaba
la mano por las patillas. La madama de las cacatas marchaba tambin
mal, a juzgar por su aire humillado; el domesticador de focas estaba
indiferente; monsieur David sonrea, y el charlatn, delgado,
mefistoflico, tena un aire plcido e insinuante y pona derecho un
naipe en la nariz y segua jugando.

Mientrastanto el ventrlocuo, alto y flaco, con los brazos y piernas
recogidos en la silla, sacaba unas extraas voces de su cuerpo.

El final del juego se aproximaba, y, efectivamente, en una pasada,
el dinero del domador hngaro desapareci y fu a parar a manos
del charlatn y de monsieur David. El domador se irgui lanzando
juramentos, y los gananciosos, con aire compungido y los bolsillos
llenos, se prepararon a levantarse.

--Esperen ustedes--grit el domador--. Me deben el desquite. Vuelvo en
seguida.

Sali el domador, y al momento monsieur David y el charlatn se
escabulleron del cuarto. El ventrlocuo, el de las focas y la madama de
las cacatas hicieron lo mismo.

Yo iba tambin a salir y me dispuse a ponerme los zapatos cuando entr
el domador de nuevo con un ltigo seguido de dos panteras.

Yo qued horrorizado.

Al ver que no haba ningn jugador se puso a pasear por el cuarto
furioso, gritando y blasfemando y dando trallazos en el aire, mientras
las dos fieras que traa saltaban y enseaban los dientes.

Yo estaba espantado. El domador se fij en m y se acerc al divn.

Me dijo burlonamente que el dueo de las figuras de cera y el
prestidigitador le haban robado su dinero. Era necesario que le pagase
yo.

--Yo, hombre, por qu?

--Porque me han estafado. Venga el dinero... Si no...

--Si no..., qu pasar?

--Se arrepentir usted--y di un latigazo sobre el divn, y las dos
panteras saltaron como gatos.

--Espere usted, espere usted, no tenga usted prisa le dije yo, y me
levant y me puse tranquilamente la chaqueta.

--Pronto, pronto--grit l, asombrado de mi sbita serenidad.

--Ah! Pronto? Pues ahora le voy a decir a usted una cosa.

--Qu?

--Que no le voy a dar a usted nada.

--No? Y levant el ltigo.

--No--le dije yo, y le pegu un puetazo en la barba que lo tumb al
suelo, derribando una silla y la mesa.

Las dos panteras se escondieron en un rincn asustadas.

Antes de que el domador pudiera levantarse, abr el cuarto, sal al
patio y de aqu al camino. Cruc la aldea y fu andando hasta que se
hizo de da. Estaba a poca distancia de Pau; llegu a esta ciudad,
entr en una posada, me lav, me puse mi traje de seor y met el otro
en el morral. Pregunt cmo podra salir para Bayona. Me indicaron el
punto donde partan las diligencias, y me encamin hacia l con el
morral convertido en maleta.




                                 XIII

                  COMIENZO DE UNA AVENTURA ROMNTICA


ESTABA sentado en un banco de la Plaza Real esperando que dieran las
ocho y se abrieran las oficinas de la diligencia, cuando vi dos mujeres
de luto que avanzaban vacilando y mirando a derecha e izquierda.

Se sentaron en el mismo banco que yo; pero deban estar impacientes,
porque se levantaron pronto, dejando un paquete en el asiento.

Al notarlo llam a las dos damas y les di lo que olvidaban.

--Gracias! Muchas gracias!--exclam la mayor de las dos--. No s
dnde tenemos la cabeza.

--Si en algo puedo servirlas, lo har con mucho gusto--les dije yo.

--Venimos a buscar la diligencia que va hacia Orthez.

--Yo tambin; pero me han dicho que no hay diligencia hasta el
medioda. Ahora nicamente se puede tomar un pequeo coche, que llaman
Cuco.

--Y cundo va a salir?

--Parece que hasta dentro de hora y media no sale.

--Y qu hacemos aqu hora y media?--exclam la joven--. Nos van a
conocer.

--Usted ha tomado el billete?--me pregunt la seora mayor.

--No; todava, no.

--Quiere usted acompaarnos?

--Con mucho gusto.

Nos metimos los tres en un caf que acababan de abrir.

La seora mayor tena unos cincuenta o cincuenta y cinco aos,
y llevaba tocas de viuda; la otra era una muchacha, plida e
insignificante, de unos veintitrs aos.

La seora hablaba con un acento nervioso y asustado; la seorita estaba
como apabullada.

Cuando pas el tiempo necesario nos acercamos al despacho de
diligencias. Esperamos a que prepararan el Cuco, y entramos en l las
dos seoras y un capitn de la gendarmera de Bayona, que haba ido a
Pau a recibir rdenes, y yo.

El capitn y yo hablamos. La seora mayor no haca mas que saltar en
el asiento, de impaciencia. El Cuco marchaba perfectamente, con un
movimiento suave.

En los diferentes puntos que mudaban los caballos se presentaban los
gendarmes y preguntaban invariablemente si no iban espaoles.

--Point d'espagnols--deca el capitn--. Dos damas francesas, un seor
ingls y un capitn de la gendarmera real.

--Perdn, mi capitn--decan los gendarmes, haciendo el saludo militar.

--Por qu preguntan siempre si van espaoles?--dije yo.

--Es que se teme que haya por aqu agentes espaoles
revolucionarios--contest al capitn.

Llegamos a Orthez por la maana. El capitn y yo ofrecimos a las
seoras nuestra compaa, y como ellas aceptaron, fuimos hasta su
casa. El capitn di el brazo a la mayor, y yo a la muchacha. Llegamos
delante de la puerta de la verja de una magnfica posesin y nos
despedimos de las seoras. El capitn fu hacia un lado y yo hacia el
contrario. Avanc un poco paralelamente a la verja, que era ms larga
de lo que yo me figuraba, y al volver vi que las dos mujeres estaban
todava a la entrada.

--No les oyen?--les pregunt--. Quieren ustedes que yo llame?

--No, no--dijeron las dos, asustadas.

--Lo que ustedes quieran--y me prepar a seguir.

--Podra usted hacernos un favor?--me pregunt la seora con su voz
trgica.

--S, con mucho gusto.

--Querramos entrar en el parque sin que nos viera el portero.

--No s la manera.

--Hay una puerta chiquita, cerrada con solo un cerrojo, aqu, a un lado.

--Y desde fuera cmo la va usted a abrir?

--No, desde fuera ya s que no. Usted no sera capaz de escalar esta
verja?

--Escalar la verja! Y si le ven a uno?

--No. No se levanta en la casa nadie hasta muy tarde.

--Bueno; avsenme ustedes si aparece alguien.

Sin ms dej mi fardelillo en el suelo, escal la verja, baj por el
otro lado, corr hacia la puerta pequea y abr el cerrojo. Las dos
mujeres entraron en el jardn y yo sal al camino.

Al pasar de nuevo por delante de la puerta de la verja estaba la seora
aguardando y me dijo:

--Quiero darle a usted una explicacin y hablar con usted. Venga usted
cuando se haga de noche a esta verja.

--S, seora, vendr.

Me fu a una fonda con la imaginacin un poco excitada, y de noche me
present en la verja. Al poco rato lleg la seora. Me habl durante
ms de una hora con un tono inquieto, lleno de angustia, y me cont,
atropelladamente, una porcin de cosas.

Aquella dama era pariente y al mismo tiempo seora de compaa de
la muchacha joven que haba venido con ella en el coche. Se llamaba
madama Domesan. La muchacha, Gabriela de Beaumont; por lo que me dijo,
viva con su padre, su to y una seora amiga de su padre, Enriqueta
Sarrazin, que se haba hecho duea de la casa de tal manera, que los
tena presos a todos, sin dejarles salir de all.

El da anterior esta seora haba marchado del castillo, y aprovechando
su salida, Gabriela y ella haban ido a Pau a hablar con un pariente
y a explicarle la situacin en que se encontraban, pero no le haban
visto.

En la casa, la Enriqueta Sarrazin mandaba como duea, y haba dispuesto
casar a su hijo, que era un perturbado, con Gabriela, y estaba aislando
a la familia de Beaumont de sus amigos y parientes, de tal manera,
que ya nadie entraba en la casa. En los planes le ayudaba un cura del
pueblo.

Despus de todos estos datos, madama Domesan me dijo que si yo tena
valor y energa para ello, que me presentara al da siguiente en el
castillo preguntando por el vizconde Beaumont de Lomagne; que le dijera
que llegaba de Londres y que era aficionado a los rboles y a las
plantas exticas, y que quera ver el parque y el invernadero, y me
hiciera amigo de l.

Me sugestionaron los relatos de aquella dama y promet seguir la
aventura.

Al da siguiente, al medioda, me present en el castillo y llam
tirando de la cadena.

Sali a abrir un portero viejo, con una gran librea; le di mi tarjeta,
y esper.

Poco despus se abri la verja, y el criado me dijo que pasara.

Comenc a marchar por una avenida enarenada. Al final de sta se vea
un edificio grande, pesado, de piedra, con varias torres de pizarra
adornadas con veletas.

A un lado y a otro haba rboles centenarios, altsimos, y delante de
la fachada del castillo, un estanque oval, de agua profunda y obscura,
a cuyo alrededor las hojas cadas en muchos aos formaban como un marco
de plata.

Este estanque pareca un espejo negro que reflejase el cielo a travs
del follaje de los rboles. Bordeando el estanque nos acercamos al
castillo, y entramos en un gran zagun, que pareca una cripta, con el
suelo, las paredes y el techo de piedra. Subimos la ancha escalera,
pasamos un saln grande como un museo y fuimos a un gabinete elegante,
pero tambin triste, en donde haba dos viejos momificados sentados
el uno frente al otro, la seora y la seorita del coche y madama
Sarrazin, una mujer de cara juanetuda, de ojos claros y pelo blanco.

El vizconde me salud amablemente. Era un hombre alto, encorvado y
plido, con un aire de temor y de cansancio.

Vesta un traje del tiempo del Imperio, y al andar pareca arrastrarse.

Su hermano, el caballero de Maslac, era un vejestorio del tipo ms
completo del antiguo rgimen; llevaba calzones de terciopelo de color,
medias de seda, casaca y coleta. Iba perfumado, pintado, con colorcitos
en las mejillas y en los labios; los dientes, postizos, y peluca. Usaba
constantemente un lente y una tabaquera; en los dedos, anillos, y
dijes, y, al levantarse de la butaca, se apoyaba en un bastn con puo
de oro.

La seorita Gabriela y madama Domesan me saludaron amablemente, y la
seora Sarrazin apenas se dign mirarme.

El vizconde de Beaumont, que tena la mana de la botnica, me mostr
el parque y el invernadero de su castillo.

El parque era tristsimo; pareca que haban querido darle un aire
lgubre, haciendo que los rboles gigantescos estuvieran tan cerca uno
de otro que, paseando por las sendas, no se vea el cielo.

El estanque reflejaba las nubes como una pupila desesperada y sombra.

El vizconde me ense la antigua torre de los Beaumont, con sus
baluartes y sus argollas, que daban al ro y servan para atar las
gabarras.

Despus de ver sus plantas extraas, dije que tena que marcharme; pero
el vizconde me rog varias veces que me quedara a cenar y a dormir.
Como este era mi objeto, me qued all.

La cena fu siniestra. El vizconde miraba a un lado y a otro, como
posedo por el mayor espanto; el caballero de Maslac, con sus adobes y
sus dijes, pareca una momia desenterrada.

No se habl en la mesa mas que de genealogas, y nicamente el vizconde
interrumpa esta conversacin para disertar acerca de botnica.
Despus de cenar jugaron una partida de cartas entre los dos viejos,
la Sarrazin y Gabriela, y madama Domesan me indic que fuera a la
biblioteca, donde hablaramos.

Efectivamente, fu a ella y hablamos largamente. Me dijo, de una manera
nerviosa y perentoria, que yo, que haba sido simptico al vizconde,
deba entrar en la casa y luchar contra la influencia de madama
Sarrazin, que les dominaba a todos.

Despus me cont, con su tono dramtico, la historia de un muchacho que
haba galanteado largo tiempo a Gabriela, y a quien se haba encontrado
ahogado en el ro, y de un hombre misterioso que apareca de cuando en
cuando en las proximidades del castillo.

Luego me habl de su vida y de su familia.

Me dijo que ella proceda del secretario de Felipe II, Antonio Prez.

--Al evadirse Antonio Prez de la crcel de la Inquisicin de
Zaragoza--me cont--, se refugi en el Bearn y fu protegido por
Enrique IV y por Margarita de Valois. Antonio Prez tuvo amores con una
seora de Orthez, y su hijo se estableci aqu definitivamente, y de l
procedo yo.

Sigui la seora Domesan contando una serie de relatos de crmenes y
de sucesos extraos donde aparecan asesinos, misterios, fantasmas, y
llegu a pensar si aquella mujer estara un poco perturbada, y sera,
sin proponrselo, una especie de Anna Radcliffe gascona. Por lo menos
era un folletn de muchas entregas.

Al pasar a la alcoba que me destinaron, que era inmensa y obscura, no
pude dormir. Toda la noche la pas pensando en ahogados y muertos.

Al da siguiente comprend que aquellas grandezas no eran para m, y,
sin despedirme de nadie, con el pretexto de dar un paseo, me march del
castillo y no volv.




                                  XIV

                           EN LA DILIGENCIA


CORR con mi morral al sitio donde salan las diligencias y tom un
asiento para Bayona.

Me encontr con el mismo capitn de la gendarmera con quien haba ido
a Orthez. Nos saludamos y nos dimos nuestros nombres. Me dijo que se
llamaba Montmartin, y me invit a tomar una copa de coac.

En la diligencia iba mucha gente que suba y bajaba en los pueblos
pequeos, llevando cestas y encargos, y un comerciante bayons, con su
mujer y dos hijas.

Una de ellas, por lo que cont su madre, tena una voz preciosa, y
haba obtenido un gran xito cantando la Cavatina Una voce poco f,
del _Barbero de Sevilla_, en una de las casas del gran mundo de Orthez.

La otra seorita posea, segn su madre, grandes conocimientos
literarios e histricos, y saba el ingls y el espaol. Haba sido muy
galanteada por un joven oficial de la guarnicin de Orthez, llamado
Alfredo de Vigni, que haba escrito para ella una poesa preciosa.

A pesar de hablar yo bastante mal el francs (Celibataire, une
boutaille de cercueil!), qued un poco mejor que el capitn de la
gendarmera, pues ste consideraba que ante las seoras deba tomar una
aptitud rgida, como si estuviera en actos de servicio.

Quiz influan en su tiesura las frecuentes libaciones, pues
aprovechaba todas las paradas para intoxicarse cuanto poda.

Con este combustible se revel en l su fondo de francs, y dijo que
Napolen era un grande hombre, a quien los ingleses haban hecho
perecer miserablemente. Habl tambin de la batalla de Orthez, en que
Wllington, con el ejrcito aliado, haba batido al mariscal Soult, y
se deshizo en insultos contra el vencedor de Waterloo.

El comerciante bayons y su familia parecan desolados al or esto, y
me miraban como pidindome mil perdones.

El capitn vi que yo no me daba por aludido, se calm, se hizo amigo
mo y ameniz el viaje con algunos cuentos de cuerpo de guardia.

A la tardecita llegamos a Bayona, y, pasado el puente sobre el Adour,
el sargento del puesto de la gendarmera pregunt si no haba viajeros
espaoles. El capitn Montmartin dijo que no, y seguimos adelante hasta
la plaza de Armas.

El capitn sinti no s por qu un vago impulso de simpata o de
remordimiento al despedirse de m, quiz por haber hablado mal de
los ingleses, y me invit a cenar con l al caf del Comercio tan
insistentemente, que tuve que aceptar.

Estaba el caf, envuelto en una nube de humo, atestado de oficiales de
la guarnicin. Se hablaba a gritos.

En una mesa haba un grupo de tenientes y suboficiales, y uno de
ellos lea un libro que acababa de publicarse, de un tal Paul de
Kock, llamado _Gustavo el calavera_. Los que escuchaban se rean a
carcajadas. El capitn Montmartin y yo nos acercamos al grupo, y aunque
yo apenas oa la lectura, contagiado por la risa de todos, acab por
rerme.

Mareado y algo intoxicado me desped de Montmartin y me fu a la fonda.
Al da siguiente me levant temprano y sal a la calle. Vi muchos
grupos de espaoles que me dijeron eran realistas, y entre ellos un
cura y un fraile, el uno con su gran sombrero de teja y el otro con su
cerquillo.

Los dos tiraban al blanco con carabina y tenan una magnfica puntera.

--Son soldados de la Fe--me dijo un francs que deba ser realista
entusiasta.

--No cabe duda que con esa puntera--le contest yo--han de ganar
muchas almas para el cielo.




                                  XV

                          MARY LA DE BIRIATU


EN la fonda de Bayona me dijeron que poda ir a San Juan de Luz a
caballo en un cacolet. No saba lo que era esto, que result un
artefacto que en castellano llaman jamugas.

Llegu a San Juan de Luz en mi cacolet; dej el morralillo en un
fonducho de la salida del pueblo y fu a estirarme las piernas hacia la
playa.

Me sorprendi un chubasco y entr en un caf pequeo y me sent delante
de una ventana con cristales, y estuve contemplando cmo chocaban las
gotas de agua en la tierra, y las nubes que corran por el cielo.

Al terminar el chaparrn volv al fonducho de la salida del pueblo e
hice mis preparativos para entrar al da siguiente en Espaa.

Estaba sentado en la mesa y estudiando un mapa cuando entr una
muchacha a preguntarme si quera cenar. Al verla, me pareci que el
cuarto se iluminaba; tan bonita era.

--Usted me va a servir la cena?--le dije.

--S.

--No cre poder ser tan feliz.

Ella se ri. Yo la contempl embobado. Tena unos ojos claros azul
verdosos, una boca burlona y un cuerpo ligero y fuerte al mismo
tiempo. Era un fruto del Norte dorado por el sol del medioda.

Le pregunt cmo se llamaba y me dijo que Mary; le volv a preguntar de
dnde era y me contest que de Biriatu, un pueblecillo pequeo asentado
en un cerro prximo al Bidasoa.

--Voy a quedarme aqu--le dije--para poder verla a usted muchos das.

--No podr ser--contest ella.

--Por qu?

--Porque me marcho a Biriatu maana.

--Ir yo a Biriatu.

--Es igual; no me ver usted.

--Tendr usted novio?

--No.

--Pero tendr usted muchos pretendientes?

--No; tampoco.

--Cmo puede ser eso, siendo tan bonita?

--No opinan todos como usted--me replic riendo.

--Eso es imposible--exclam--. Es que los hombres de este pas no
tienen ojos? Es que son como esos peces de los lagos sin luz, que son
ciegos? Es que tienen alguna membrana nictitante perpetua? Es que...?

Mary la de Biriatu iba y vena trayendo platos, haciendo poco caso de
mis frases.

Cuando se acab la cena le dije que ya que no poda verla quera
marcharme al amanecer y que me diera la cuenta.

Me la trajo y quise darle de propina un luis de oro.

--No, no--me dijo--; gurdese usted su moneda de oro. No la quiero.

--Pero, si yo no la pido nada a cambio!

--Es igual; no la quiero. Le har a usted ms falta que a m. Adis!
Buenas noches.

       *       *       *       *       *

J. H. Thompson dice, al llegar aqu, que se meti en su cuarto y
sacando lpiz y papel escribi una poesa en ingls en honor de la
muchacha que encontr en la fonda. La tal poesa es una espaolada
poco seria que no nos puede agradar a las personas sensatas, y si la
traducimos y la copiamos es, ms que para otra cosa, para demostrar la
extravagancia de los extranjeros cuando se ocupan de Espaa. Dice as
la cancin traducida al pie de la letra:

                     _A Mary la de Biriatu_:

       Tienes los ojos azul verde claros, Mary la de Biriatu, como
       las olas del mar; tienes la boca burlona y fresca y el cuerpo
       gil y armnico como el de una diosa. Cuando te veo marchar
       de aqu para all, mi corazn tiembla y siente el mismo
       sobresalto que si fuera una pieza de porcelana de Svres en
       manos de una criada cerril, o la copa ms fina de cristal de
       Bohemia entre los dedos de un chico atolondrado.

       Eres amable, Mary la de Biriatu, y, sin embargo, eres cruel.
       Tienes la crueldad de la fuerza, que no sospecha la debilidad
       ajena; tienes la exactitud del teorema matemtico, que es un
       tormento para la inteligencia obscura; eres soberbia como la
       Naturaleza, y yo soy humilde como una cosa humana.

       Si t quisieras!, yo saldra de m mismo como un dragn de
       su agujero, y sera el hombre ms turbulento y ms dionisaco
       de la tierra. Pero no, no lo sera; lo soy ya.

       Me he transfigurado, y las furias anidan en mi corazn. Ya no
       soy un ingls pesado y grueso; soy andaluz y tengo sangre mora
       en las venas; tengo garras como las guilas y colmillos agudos
       como los tigres. Ya no diseco fieras, las mato; ya no discuto
       con los hombres, los domino.

       Ven conmigo, Mary, Mary la de Biriatu. Yo te llevar en
       mi caballo cordobs, desde el Pirineo a Sierra Nevada y
       reposaremos al pie de las palmeras de Andaluca al son de las
       castauelas y las guitarras.

       Si quieres que sea contrabandista, Mary, me har
       contrabandista; si quieres que sea salteador de caminos, lo
       ser sin miedo e imitar al bandido generoso,

                       el que a los ricos robaba
                       y a los pobres protega.

       Para m no habr ms leyes que tu capricho, Mary, Mary la de
       Biriatu; para m no habr ms cielo azul que el azul verdoso
       de tus ojos. Con el trabuco al brazo, montado en mi jaca
       torda, ser una exhalacin. Yo me escabullir de entre las
       manos de la justicia y har llorar de rabia a los alguaciles,
       y a los alcaldes, y a los corchetes de la Santa Hermandad.

       Hay que desafiar al rey, a la Inquisicin, a los ngeles, a
       los demonios?

       Aqu estoy yo. Yo robar las alhajas de la Virgen para
       adornar tu garganta y te dar la Biblia de Lutero para que con
       sus hojas hagas papillotes.

       Y cuando el mundo entero est retemblando con mi gloria como
       una caldera de vapor, y mis hazaas sean cantadas por los
       ciegos, t, con tu mantilla de casco y una peineta de concha;
       yo, con el calzn corto y mi capa andaluza, iremos los dos del
       brazo a la corrida.

       Ven conmigo, Mary, Mary la de Biriatu. Mira que soy capaz de
       todo por ti. Mira que si no te pierdes al mismo Robin Hood con
       calas.

Esta es la absurda e insensata poesa que J. H. Thompson dedic a la
muchacha de la fonda de San Juan de Luz, donde estuvo hospedado, y que
ha desagradado profundamente a varias personas respetables que la han
ledo.




                                  XVI

                          LA VENTA DE INZOLAS


DESPUS de descargar mi corazn en estos versos me tend en la cama, me
qued dormido, y por la maana, al amanecer, me levant y sal de casa.

--Veremos lo que nos reserva la suerte--me dije.

Anduve una legua antes de que saliera el sol, y me sent al pie de
un rbol y saqu del bolsillo mi mapa de Espaa. Estaba publicado en
Londres, en 1808, por la casa John Stockdale de Piccadilly, y debi de
servir para las tropas de Wllington que iban a la Pennsula.

--Como no tengo objeto--murmur--, seguir el meridiano. El mito de mi
to el comandante Cox y el meridiano seran mis directrices.

Decid pasar uno o dos meses en el pas vasco, medio ao en Castilla,
e ir a parar a Andaluca. Estaba enfrascado en la observacin del mapa
cuando pas una chiquilla que se me qued mirando.

Me levant y la pregunt:

--Este es el camino de Navarra?

--S.

La muchacha iba hasta un casero llamado Herburu, y yo fu con ella.

Encontr a un aduanero francs a quien le dije me indicara el camino de
Espaa. Me mir con desconfianza y me mostr un sendero.

Siguindolo, llegu a un bosque bastante cerrado, con una venta, la
venta de Inzola. Estaba en territorio espaol. Ped en la venta que
me pusieran algo de comer, y con un gran trozo de pan, de chorizo y
de queso y una botella de vino, me sent en la hierba, en un prado.
Brillaban las margaritas y las flores del brezo; una serpentaria
mostraba su mazorca roja entre lo verde. Corra all un vientecillo del
mar fresco y agradable; el cielo estaba muy azul; en Francia se vea
la llanura y la costa; hacia Espaa, un laberinto de montes ceudos y
sombros. Unos grillos amenizaban la soledad y un cuco lanzaba su voz
irnica entre los rboles.

Devor mis provisiones, y despus dirig un _toast_ elocuente a la
vieja Espaa de Don Quijote, y del Cid, y de San Ignacio de Loyola.
Aad a Loyola, para probarme a m mismo, que este Amads de Gaula,
catlico y papista, no slo no irritaba mis sentimientos de protestante
de raza, sino que vea en l un hermoso manantial de energa y de tesn.

Despus de este _toast_ hice mi segunda libacin brindando por las
damas espaolas, los caballeros, las majas, los toreadores, los
gitanos, los corchetes, los alguaciles y los alcaldes, y, sobre todo,
por la bella entre las bellas, Mary la de Biriatu. Como me quedaba ms
vino en la botella y no era desagradable, tuve que brindar por el mar,
por el cielo azul, y hasta por la Cosa en s, y me qued un momento
dormido.




                             SEGUNDA PARTE

                         DEL PIRINEO A MADRID




                                   I

                        LOS PLACERES DEL CAMPO


CUANDO yo lea de chico las descripciones de los placeres
campestres--dice J. H. Thompson--, me parecan una de las cosas ms
insulsas y ms tontas del mundo. Es extrao cmo la retrica, a fuerza
de repetir las mismas frases, llega a borrar todo sentido de la
realidad.

Los placeres campestres en las pginas de los escritores buclicos del
siglo XVII y XVIII han sido siempre placeres amables y sociales; se
ve que para estos escritores la Naturaleza estaba representada por un
parque bien cuidado, como para Feneln la gruta de Calipso era uno de
los subterrneos del jardn de Versalles. Los placeres campestres en la
pintura han sido tambin tan sosos, tan amanerados, como los descriptos
por los poetas.

Al llegar a vivir en el campo por primera vez, nunca record las
descripciones que haba ledo en la infancia, ni los cuadros de los
pintores. No me acord jams de Galatea, ni de Amarilis, ni de Thirsis,
ni de Nemoroso; todas estas amables personificaciones no salieron del
estante que les corresponde en el armario de la guardarropa potica
para presentarse a mi imaginacin. Me desdearon tanto como les
desdeaba yo a ellas.

Al acercarme al campo, la Naturaleza, en vez de una impresin amable,
pastoril y buclica, me di una sensacin ruda y me habl con una voz
spera y discordante.

El viento y la lluvia, el murmullo de los rboles en el follaje y el
rumor del arroyo, el caminar por entre las altas hierbas o por el claro
del bosque me produjeron una sorpresa.

Tuve tambin otras sorpresas y descubrimientos. Uno de stos fu
encender hogueras.

Pocas cosas me han parecido tan sugestivas. Hacer fuego al borde de
un camino y ver cmo chisporrotean las hierbas secas, serpentean las
llamas y se desparrama el humo por el aire! Qu gran placer! Qu
eterna admiracin!

Siempre parece un espectculo nuevo, como si guardara uno en el fondo
del alma el asombro del hombre primitivo, descubridor del fuego al ver
levantarse las llamas en el aire.

Este es uno de los grandes placeres tristes y melanclicos del campo.
Mirar la llama de la hoguera, ver el humo que mancha las claridades
del crepsculo, mientras las estrellas comienzan a presentarse en el
cielo...

Hoy, al pensar en ello, siento melancola, la melancola del enamorado
de la Naturaleza unida a la melancola del reumtico.




                                  II

                          ERLAIZ EL PANADERO


DESPUS de mis libaciones dej la venta de Inzola y comenc a marchar
hacia Vera. Enfrente tena un enmaraamiento de montaas fragosas y
obscuras, de crestas y de barrancos.

Por toda la zona pirenaica vasconavarra ocurre lo mismo: lo trgico y
fosco ha quedado para Espaa; lo sonriente y amable, para Francia.

A pesar de esto, el espritu de los vascos de un lado y otro de la
frontera ha quedado el mismo; la misma seriedad, el mismo gusto por los
trajes negros, el mismo aire de desilusin.

Parece que este pequeo pueblo tiene la conciencia vaga de su
desaparicin, de su absorcin por los de alrededor, y le queda la
tristeza y el orgullo de los pueblos viejos que se hunden sin dejar
apenas rastro de su existencia.

Bajaba despacio de la venta de Inzola a Vera del Bidasoa cuando o a lo
lejos el ruido de una carreta. Cmo chirriaba! Tan pronto se la oa
como se perda su sonido, como volva a aparecer. Estas carretas vascas
tienen las ruedas de madera de una sola pieza y sujetas al eje, lo que
hace el rozamiento muy grande.

Preguntaba unos das despus a los campesinos en Vera por qu hacan
as las carretas, al menos por qu no daban sebo a los ejes, y uno me
dijo que con aquel chirrido spero se divertan los bueyes, y otro,
que as no haba que avisar a nadie del paso de la carreta, porque el
chirrido de las ruedas avisaba solo.

Iba bajando al fondo de un arroyo, a cuyo borde se vean varios
caseros, cuando me encontr con un viejo que marchaba seguido de su
perro. Era un hombre afeitado, encorvado, con un perfil de cuervo.

Entabl conversacin con l y, despus de someterme a un
interrogatorio, me dijo que andaba buscando minas.

En el interrogatorio tuve que decir quin era y a qu vena a Espaa, y
ech mano del mito Cox y de la herencia, y expliqu mis planes.

El mismo individuo me pregunt qu pensaba hacer en Vera; le dije que
pasara all un da nada ms y seguira adelante.

--Tiene usted posada?

--No.

--Pues yo le llevar a casa de un paisano amigo mo, que le hospedar
barato.

Llegamos a uno de los barrios del pueblo al anochecer. En lo hondo de
un valle se vean unas cuantas casas viejas en fila, envueltas en la
niebla; el humo sala de las chimeneas en ligeras columnas azules.

El viejo y yo recorrimos una calle larga, pasamos por cerca de la
iglesia y salimos a la carretera, a orilla del Bidasoa, y en una casa
con una tienda nos detuvimos.

A la puerta estaba Erlaiz, el panadero; hablaba con un herrador de
una fragua prxima. El panadero, un hombre bajo, cuadrado, picado de
viruelas, de cara fosca y ceuda, explicaba algo al herrador, hombre
grueso, panzudo, con una sonrisa llena de malicia.

El panadero nos recibi speramente, al viejo y a m, y a una muchacha
que estaba en la tienda le dijo que me llevara a una habitacin.

Cruc la tienda, sub a un cuarto pintado de verde, me lav y ech
un vistazo al pueblo. El vasco es indiferente y un tanto hostil al
extranjero; aunque se le hable en espaol, si le ven a uno extrao,
le miran con desconfianza y con suspicacia. La gente a quien pregunt
algo, en vez de responderme dndome los datos que les peda, me
contestaban preguntndome a qu vena y qu pensaba hacer.

Estos vascos recelosos suponen que se les tiende un lazo al hacerles la
pregunta ms sencilla.

Pens que no estara muchas horas en el pueblo.

A la hora de cenar volv a mi posada de casa del panadero, y me
hicieron pasar a un comedor, en donde se hallaban el buscador de minas,
que haba encontrado en el monte, Erlaiz y un militar.

El panadero, mi patrn, cambiado por completo de aspecto, se mostraba
sonriente y amable. Me indicaron mi sitio en la mesa, y nos pusimos a
cenar.

El viaje me haba abierto el apetito, y di un ataque formidable a los
platos, al pan y al vino. Los dems no se quedaron atrs. Despus de
cenar trajeron caf y licores, y nos pusimos a hablar y a cantar. Yo no
he visto compadres ms alegres que aqullos.

El militar, guerrillero con Mina en la guerra de la Independencia,
cont sus hechos de armas, y el panadero habl de sus aventuras en
tierra de Castilla.

Los dos estuvieron a cul ms exagerados.

Estos buenos vascos, cuando se lanzan a ello, son un tanto fanfarrones,
como los escoceses de Walter Scott, o como los gascones. Al orles a
ellos, cualquier encuentro de cincuenta hombres contra otros cincuenta
es una batalla de Austerlitz; una aldea con cuatro casas viejas, una
Florencia y un granero con una torre es el Louvre o el Kremlin.

Despus de las hazaas del militar y del panadero, el viejo buscador
de minas, que se llamaba Bidarran, nos di lecciones de botnica y de
mineraloga popular, mezcladas con algunas supersticiones.

A las doce y media, rendido de sueo, me fu a la cama, dorm de un
tirn hasta las diez, y, al despertar, pens si la cena de la noche
habra sido una realidad o una fantasa.

Me vest, baj a la tienda de Erlaiz y me lo encontr displicente y
malhumorado.

--Ah ha venido ese viejo Bidarran a preguntar por usted--me dijo--.
En la huerta debe estar.

Tom el caf con leche que me sirvi la sobrina de Erlaiz, sal a la
huerta y encontr al viejo buscador de minas.

Me pregunt si quera dar un paseo con l, le dije que s y echamos a
andar. Bidarran me mostr varias muestras de mineral, y hablamos de
mineraloga y de botnica. Luego le pregunt qu clase de hombre era
Erlaiz, el panadero, pues me pareca de genio mudable.

--Es buena persona--me dijo--, pero muy violento y muy terco. Cuando
se le pone una cosa en la cabeza no hay quien le pueda convencer de lo
contrario. Le hemos querido persuadir el teniente Legua y yo de que es
una barbaridad que ponga cepos en el Bidasoa para los salmones en poca
de veda; pues los pone, y aunque viniese el obispo y se lo pidiera de
rodillas, los seguira poniendo.

Bidarran cont otros detalles de la barbarie del panadero. Llegamos a
mi posada; el buscador de minas se march y yo entr en la tienda. Pas
a la tahona, y vi a dos viejas que amasaban los panes en una artesa,
mientras Erlaiz trabajaba con la pala en el horno.

Murgui, la sobrina del panadero, me sirvi la comida; entabl
conversacin con esta muchacha, y le pregunt qu clase de hombre era
Bidarran. Me dijo que pasaba por hombre rico; que tena minas de plata
y de oro.

Tambin le pregunt a Murgui acerca del teniente Legua, y, por lo que
cont, deduje que a ste le consideraban como el enemigo del pueblo.

Por la tarde volvi a presentarse Bidarran y me llev a una
huertecilla contigua al cementerio, donde se hallaban enterrados dos
oficiales ingleses, muertos en el pueblo al pasar los aliados el
Bidasoa, en 1813.

Despus fuimos hasta Lesaca, villa donde tuvo lord Wllington su
cuartel general.

Bidarran debi hablar al panadero de mis conocimientos mineralgicos,
porque Erlaiz, por la noche, me pregunt si era ingeniero. Le dije
que no, y l pareci no creerme. Me pregunt tambin si tendra algn
inconveniente en ver unas minas algo lejanas. Le contest que ninguno.
Dispusimos hacer la expedicin al da siguiente. El panadero, contento,
trajo la guitarra y estuvo cantando. Cantaba de una manera brbara y
graciosa. Cuando termin, me fu a mi cuarto y estuve un rato en la
ventana mirando las estrellas, oyendo el rumor del ro y el canto de un
sapo (bufo msicus), que entretena su soledad con sus notas.




                                  III

                        EL PARADOR DE SUMBILLA


BIDARRAN y Erlaiz me llevaron varias veces a ver sus minas. Estaban
empeados los dos en que yo entenda mucho de minera; pero que, por
razones especiales, no lo quera confesar.

Erlaiz y Bidarran me pidieron que les escribiera varias cartas en
francs y en ingls, y cuando yo indiqu al panadero me hiciera la
cuenta, me dijo que no le deba nada.

El teniente Legua pensaba marchar a Elizondo con unos cuantos hombres
de su partida, y yo qued en acompaarle y seguir despus a Pamplona.

Con este motivo se decidi obsequiarnos a los dos con una cena de
despedida en las Ventas de Yanci.

Eramos los comensales, adems del panadero, Legua, Bidarran y yo;
dos milicianos nacionales, sargento y cabo de la partida de Legua, y
un liberal de Vera, que gastaba antiparras de plata, a quien llamaban
Laubeguicua (el de los cuatro ojos).

Fuimos todos paseando a las Ventas de Yanci, que distan una legua y
media de Vera; nos sentamos a beber sidra, y se llam al ventero y a la
ventera y se les someti a un grave interrogatorio.

Erlaiz, Bidarran y el sargento de milicianos dieron a la consulta una
importancia sacerdotal.

--Vamos a ver, qu podemos comer?--pregunt Erlaiz.

--Si quieren ustedes un cordero, ya lo asaremos--dijo la ventera,
cantando al hablar.

--Bueno, un cordero. Que ms?

--Ya tenemos tambin buenas truchas.

--Truchas? No est mal. Que ms?

--Pollos tambin ya tenemos.

--Pollos? Bueno. Qu ms?

--Jamn bueno ya pondremos.

As sigui la ventera explicando las provisiones que tena, siempre
empleando esta frmula de ya tenemos o ya pondremos. Este _ya_, de aire
germnico, me chocaba verlo empleado a todo pasto.

Despus de consultarse con la mirada Bidarran, Erlaiz y el sargento
de nacionales, decidieron, de comn acuerdo, que pusieran todo lo que
hubiese para no engaarse.

Dispuesta la cena, seguimos bebiendo, hasta que nos dijeron que la mesa
estaba puesta.

Al sargento de los milicianos, hombre alto, de vientre piriforme, se le
encandilaron los ojos, y frotndose las manos de gusto exclam:

--Pien, pien! Una puena cena. Esto es lo que me gusta. Puen cordero,
puenas truchas, puen pollo y puen vino. A comerr! A comerr!

Comimos como buitres y bebimos hasta quedar mareados, lo que me di
una idea bastante pobre de la sobriedad de los vascos; se habl con
entusiasmo de Mina, Riego y el Empecinado; con rabia, de las correras
que hacan por Navarra Juanito el de la Rochapea y don Santos Ladrn,
y se cant el _Himno de Riego_, a pesar de que el ventero y su mujer
suplicaron que callsemos, porque les comprometamos.

Salimos de las Ventas de Yanci a media noche; los de Vera se marcharon
a su pueblo, y Legua, con sus dos milicianos y yo, seguimos hasta
Sumbilla.

Nos detuvimos en el parador de San Tiburcio. El sargento del vientre
piriforme me dijo ingenuamente que con el paseo se le haba abierto el
apetito, y que iba a mandar que le hicieran unas sopas de ajo. Le mir
con asombro y me fu a acostar.

Al despertarme por la maana supe que Legua haba partido con sus
milicianos camino da Santesteban, dejndome una carta para un amigo
suyo de Pamplona.

Como no tena prisa y haca calor, dej la marcha hasta que cayera el
sol. Estaba en el portal del parador de San Tiburcio cuando se acerc
un carro grande, tirado por siete mulas.

El arriero fu soltando sus animales, llamndolos uno a uno y
llevndolos a la cuadra. La Morena, la Montesina, la Capitana, la
Coronela, la Bonita, el Vigilante y la Leona fueron despacio al
pesebre, donde primero se les di de beber.

El posadero me pregunt:

--No va usted a Pamplona?

--S.

--Pues si quiere usted, puede usted ir con este arriero.

--No hay inconveniente?...

--Ninguno.

El arriero se llamaba Mandashay, y era un hombre de unos treinta y
cinco a cuarenta aos, rubio, con unos ojos que parecan de cristal
azul.

Me advirti que si quera ir con l saldramos a la maana siguiente;
le dije que tendra mucho gusto en marchar en su compaa, y le convid
a un vaso de vino. Quedamos de acuerdo; yo me fu a acostar, y al
amanecer me llamaron.

La maana estaba fresca; haba una niebla espesa que prometa un da de
calor. Mandashay sac sus mulas y echamos a andar camino de Almandoz.

--Cuando se canse usted puede tenderse en la galera--me dijo Mandashay.

--No, no me canso tan fcilmente.

La galera espaola es un carro grande, de cuatro ruedas, tirado por
una larga recua de mulas. En Navarra y en Castilla la Vieja se ven con
frecuencia estas galeras; en Castilla la Nueva abunda ms el carromato,
que tambin llaman carro cataln.

El viaje a pie detrs de un carro tiene sus encantos. El que aproxim
de un modo ideolgico la galera carro a la galera barco, dndole el
mismo nombre, no estaba equivocado. El parecido de estos dos medios de
comunicacin salta a la vista. El barco es una casa que flota, como el
carro es una casa que rueda. El carretero tiene algo de marino: es un
hombre que pasa y no se detiene, que lleva una ruta, que vive en un
mundo de soledad.

Mandashay era un hombre muy interesante y ameno. Cada rincn del camino
le recordaba una historia. Aqu haban salido a robar a un rico unos
enmascarados; all haba vivido una muchacha de cabeza loca que trajo
revueltos a todos los jvenes de los contornos.

En algunos momentos Mandashay se agarraba a la galga, y en otros tiraba
de la brida del macho de varas, gritando: Eup! Eup! o ueschqu!
ueschqu!

Charlando llegamos a Almandoz y seguimos subiendo una cuesta hasta el
alto de Velate. El cielo estaba azul y el sol calentaba de firme. No
haca mucho calor porque bamos ya a bastante altura y corra aire
fresco.

A media tarde cruzamos un bosque, que me pareci deba servir para los
misterios de los druidas, y fuimos a parar a las Ventas Quemadas, en lo
ms alto del puerto.




                                  IV

                               PAMPLONA


SALIMOS de Ventas Quemadas por la maana, y emprendimos la marcha hacia
la vertiente del Ebro.

El paisaje haba cambiado en absoluto. El cielo se mostraba ms azul;
el campo, ms seco; en los altos corran pequeos caballos de grandes
colas y triscaban las cabras y los corderos; abajo resplandecan los
campos de trigo y alguno que otro viedo.

Al comenzar a descender hacia la cuenca del Ebro, me pareci que
empezaba Espaa; todo tomaba a mis ojos un carcter ms triste y ms
serio: vea pueblos taciturnos, casas de paredes grises, rboles
cubiertos de polvo.

Nos alejamos de la altura a medida que avanzbamos, y fuimos bajando
hacia el llano. En los trigales brillaban las amapolas como gotas de
sangre y los grillos nos ensordecan con sus chirridos.

Dormimos en Villaba, y al da siguiente entraba yo en Pamplona. Me
desped de Mandashay y fu a parar a una posada de la calle de la
Curia. Saqu la carta del teniente Legua; era para un capitn de
ejrcito llamado Iriarte. Me present a l, me acogi con amabilidad y
me invit a comer.

Durante la comida le habl del mito Cox, y de cmo esperaba recoger una
pequea fortuna. En tanto, le dije, me hallaba dispuesto a trabajar en
lo que se me presentase.

--Y usted, qu sabe hacer?--me pregunt Iriarte.

--S francs y, naturalmente, ingls.

--S; quiz esto le pueda servir de algo.

--Tambin tengo nociones de botnica.

--Botnica? No creo que haya aqu nadie que se ocupe de eso. A no ser
algn herbolario.

--Pues stos son mis conocimientos. Tambin s disecar animales--aad
con resignacin.

--Hombre! Eso quiz nos sirva. Aqu hay un profesor que todos los
pajarracos y alimaas que le dan los enva a Francia a disecarlos, lo
que le cuesta mucho dinero.

--Voy a verle.

--S, iremos juntos.

Fuimos, efectivamente; hablamos con l, y yo me compromet a
restaurarle algunos animales y a disecarle de nuevo otros, por el
sueldo de seis pesetas al da, mientras durara el trabajo.

Disequ para aquel seor un caimn, un guila, un cisne y varios otros
bicharracos.

El capitn Iriarte me recomend una casa de huspedes de la plaza del
Castillo y me traslad a ella.

Mi vida en Pamplona, mientras tuve trabajo, fu muy agradable. Por
la maana y por la tarde trabajaba, y al anochecer paseaba por los
alrededores, y cuando no tena tiempo de sobra iba a la Taconera.

All se reunan los aristcratas y los burgueses, los militares, las
seoritas, los chicos y los curas, y algunos das de fiesta, por la
noche, se ponan unos farolillos de papel colgados de los rboles.

Yo cultivaba mucho el mirador de la Taconera, un sitio bonito, desde
donde se ven los pueblos de la cuenca de Pamplona.

Daba con prudencia la vuelta a las murallas. Conoca la Ciudadela y
los baluartes: el de la Reina, el de Redn, el de Labrit, el de los
Cannigos, el de Gonzaga; las cinco puertas y la poterna de la Tejera.

Tena algunos amigos, porque el capitn Iriarte me present a varios de
sus compaeros, militares liberales.

Por entonces, entre los militares y los milicianos de Pamplona,
haba gran hostilidad; los militares se manifestaban anticlericales,
partidarios de la Constitucin; en cambio, los milicianos eran
fervientes catlicos y monrquicos, y armaban trifulcas gritando:
Viva Dios! No pareca sino que tenan miedo de que lo mandasen matar
los liberales. Yo, como extranjero, no daba mi opinin acerca de estas
cuestiones.

En la casa de huspedes donde fu por recomendacin de Iriarte, eran
todos perfectamente reaccionarios, comenzado por la duea, doa
Saturnina, seora vieja, nariguda y charlatana.

Doa Saturnina era un producto clsico de las ciudades levticas;
tena la adoracin por el aristcrata, por el cura, por el Don Juan
provinciano; hablaba con ternura de los mozos calaveras alborotadores,
que iban a los toros, beban vino hasta emborracharse y hacan de
cuando en cuando alguna canallada y luego iban a confesarse con aire
hipcrita y santurrn al confesonario del cura que pasaba por ms
severo, que generalmente era el penitenciario de la catedral.

Al principio de estar en casa de doa Saturnina cre que se podra
bromear con las costumbres del pueblo, e hice algunos chistes acerca de
ese cartel que se pone en ciertos das en las iglesias de Espaa: Hoy
se sacan nimas del Purgatorio; pero pronto vi que en Pamplona las
bromas de este gnero tenan sus peligros.

Doa Saturnina la patrona y un sobrino suyo me espiaron y hasta me
siguieron un domingo para ver si iba a misa. En vista de que no
frecuentaba la iglesia, doa Saturnina me interpel con valor:

--Dgame usted, usted no es catlico?--me dijo.

--No, seora--le contest.

--Pues qu es usted? Protestante?

--S; soy de una clase de secta que se llama de los agnsticos, que
supone que no se sabe nada de nada.

--Pero usted no cree en la Virgen y en los santos?

--Los de mi secta creemos ms bien en la substancia nica, y
practicamos el culto del nuestro seor el Yo, y de nuestra seora de la
Cosa en S.

A esto dijo mi patrona que esta virgen sera muy importante; pero que
los milagros de la Virgen del Camino eran mayores, porque se la haba
visto elevarse en el aire y ponerse en un madero que hay en la iglesia
de San Cernn de Pamplona, a lo cual yo repliqu diciendo que bien
poda la ley de la gravitacin, inventada por mi paisano Newton, ser
una costumbre o una rutina de la Naturaleza, y de nuestro espritu,
y que, como dijo atrevidamente Protgoras, todas las cosas son
verdaderas, y que el hombre es la medida de todas las cosas, de las que
existen como existentes y de las que no existen como no existentes.

Doa Saturnina me pregunt si este Protgoras era algn santo; yo la
dije que si no lo era, poda haberlo sido.

Entonces, doa Saturnina me recomend que me convirtiese al
catolicismo, y yo la tranquilic diciendo que estudiara la cuestin.

En Espaa y en pueblos como Pamplona todava hay un gran atractivo en
ser incrdulo. Cunto durar esto? Al paso que vamos, ya poco. Cien
aos; doscientos aos. Nada, una miseria.

La verdad es que, con el progreso, se priva al hombre libre de los
grandes encantos y emociones de ser perseguido.

Qu vale un incrdulo, un librepensador en un pas donde todo el mundo
puede serlo impunemente? Nada. En cambio, en plena persecucin, qu
delicia! Tener el libro prohibido bien guardado, leerlo a escondidas,
burlarse por dentro de todas las ceremonias y mojigangas, y escapar de
las tramas de esta red con la cual el despotismo judaico-cristiano ha
intentado envolver al mundo. Admirable cosa!

Los incrdulos debamos protestar de la lenidad actual, que nos priva
de una de nuestras mayores satisfacciones...




                                   V

                            LOS CABALLEROS


EN la casa de huspedes de doa Saturnina conoc a varias personas,
gentes pintorescas, cuya vida saba luego por la misma patrona.

Uno de los fijos en la casa era un seor alto, moreno, de pelo blanco,
vestido con traje obscuro, y que se paseaba por los arcos de la plaza
del Castillo ataviado con un sombrero de copa cubierto de hule y una
levita larga, y que cuando haca fresco se pona una esclavina azul
sobre los hombros.

--Quin es este seor?--le pregunt a la patrona.

Doa Saturnina me di tres o cuatro nombres de estos compuestos y
largos que usan los espaoles.

--Y este caballero no trabaja?--pregunt yo.

--No. Ca!

--Es rico?

--Poca cosa.

--Es de buena familia?

--Ya lo creo. Es un Prez de Cascante! Es de los caballeros de Olite.

Este caballero tena un amigo que le acompaaba en sus paseos, el seor
Snchez de Peralta.

Doa Saturnina me explic la genealoga de ambos.

--Ninguno de los dos ha trabajado nunca--me deca la patrona con
entusiasmo--. Son caballeros.

Me hizo gracia el equiparar la holganza con la nobleza, lo que en el
fondo es muy natural y lgico.

Todos los das les vea a los dos caballeros dar vueltas y vueltas por
la plaza del Castillo, con sus sombreros de copa y sus botas, que les
crujan al andar. Los dos parecan mucho ms jvenes de lo que eran.
Siempre he credo que el no discurrir conserva la vida; por eso dijo
Juan Jacobo Rousseau, y otros lo haban dicho antes, que el hombre que
piensa es un animal depravado.

Muchas veces he pensado que la felicidad est en ser un Prez de
Cascante o un Snchez de Peralta, y en dar vueltas por los arcos de
la plaza del Castillo con unas botas que crujen y una esclavina azul;
pero, puesto en esta actitud espiritual, se me ha ocurrido si no sera
an ms perfecto el ser una vaca, o quiz una ostra.

No he decidido yo, como creo que no lo ha decidido nadie, si es mejor
la ciencia unida a la desdicha y al dolor o la estupidez mezclada a la
felicidad; pero, sin decidirlo, cuando veo algn vago de estos firmes
y constantes en su noble ocupacin de no hacer nada, siempre pienso si
ser uno de los caballeros de Olite, el seor Prez de Cascante o el
hidalgo Snchez de Peralta.




                                  VI

                   LOS ESTRATOS SOCIALES DE PAMPLONA


COMO era la primera ciudad espaola que habitaba, quise darme cuenta
clara de su contextura fsica y moral. Sus calles, sus plazas, los
rincones de la muralla, los conoca palmo a palmo; gracias a alguna que
otra amistad y a las explicaciones de doa Saturnina pude darme tambin
una idea de la vida moral del pueblo.

Pamplona era un receptculo de aristcratas, de leguleyos, de
militares, de curas y de perros. Yo no digo que para todo el mundo esta
clase de poblacin sea antiptica u odiosa, no; ahora, para m s lo
es, excepto los perros, por los cuales siempre he tenido una debilidad
de corazn.

Pamplona se mostraba como una construccin en pisos. En el alto
haba dos o tres familias aristocrticas, y estas familias tomaban
un poco cmicamente un aire de familias reales. A pesar de que doa
Saturnina quera demostrarme con todo su fuego oratorio que las dos o
tres familias del primer tramo social de Pamplona eran ilustrsimas,
la verdad es que no contaba de ellas nada que valiera la pena de
esculpirse en bronces.

Despus de estas dos o tres familias del primer tramo que miraban al
vulgo de los pamploneses como diciendo: podis vivir, os permitimos
graciosamente la existencia, haba otras seis o siete ya de menos
tono, con algunos titulillos insignificantes y algn coche destartado,
pero todava en buen uso, en la cuadra.

Tras de este segundo tramo vena el tercero, formado por los hidalgos,
estos hidalgos por los que doa Saturnina senta gran respeto y
veneracin y de los cuales deca: Es un Prez de Cascante! Es un
Snchez de Peralta!

Fuera del elemento autctono, haba otros dos elementos aristocrticos:
el ejrcito y el clero. El ejrcito en su alta esfera llegaba a veces
al primer tramo; pero lo ms corriente era que se quedase en el
segundo; el brigadier y el general alternaban con el marqus o con el
conde, un poco tronados, si no tenan alguna mancha de liberalismo que
se lo impidiese, porque entonces no alternaban con nadie.

El Gobierno constitucional en esto haba defraudado al buen pueblo,
primero suprimiendo el ttulo de virrey de Navarra, cosa que a los
pamploneses sonaba agradablemente al odo, y substituyndole por el
de capitn general; despus, enviando militares inficionados con el
virus del liberalismo. El clero era, naturalmente, aristocrtico y
absolutista, y el obispo mova todos los resortes de la mecnica
pamplonesa. El obispo entraba de lleno en el primer tramo de la vida
ciudadana. El den y los cannigos distinguidos se distribuan en el
segundo y en el tercero. Aristocracia, clero, ejrcito y clase media
formaban un pequeo mundo. Pamplona, encerrada en su muralla, era para
el pamplons un microcosmos. A m, que llevaba todava el humo de
Londres en la cabeza, me pareca que todo el pueblo viva enmohecido,
apegado a unas cuantas rutinas y a unos cuantos lugares comunes.

A veces se me ocurra pensar que no estaba mal ideado aquel sistema
de categoras y de subordinaciones. Realmente, el catolicismo ha
resuelto la vida a su modo, disciplinndola y encerrndola en estrechas
casillas; esto, unido a que ha dado a las necesidades apremiantes el
carcter de vicios, ha hecho que los pueblos pobres como el espaol,
que viven en la estrechez y en la incuria, se crean rodeados de
placeres sardanaplicos.

En parte, esta severidad es una ventaja, porque da a la vida un poco de
picante.

La construccin, en tramos, de Pamplona, tena tambin su parte til.

Cierto que a m me pareca un poco absurda y mezquina; pero no le
pareca, seguramente, lo mismo al nacido en el pueblo.

La verdad es que todo el aparato enftico y teatral del aristocratismo,
que pretende imponer el nimo por su esplendor, se convierte en una
mueca cmica cuando no va acompaado de la fortuna o del poder.

No es fcil encontrar nada tan imponente como esas damas inglesas,
hijas de algn almacenista de cacao, de un prestamista o de un
fabricante de sebo casadas con algn lord. Qu orgullo! Qu majestad!
Qu admirable desprecio por los dems mortales!

Estas alianzas del dinero con los ttulos dan buenos resultados; en
cambio, en los sitios donde las familias nobles no pueden abonar sus
campos o sus cuarteles con dinero plebeyo, los aristcratas degeneran.

Se nota en Francia, como en Espaa, en las ciudades de provincia, que
el pequeo aristcrata, el hidalgo, el hobereau, es mucho ms feo y
menos inteligente que el hombre de la clase media y del pueblo. Esto
depende, seguramente, del cuidado de casarse entre gentes de la misma
casta, de la endogamia, que decimos los antroplogos.

En Pamplona, como en casi todas las capitales espaolas, me parecieron
los pequeos aristcratas muy cmicos. Qu gente! Unas bocas
desdeosas, unos gestos de orgullo, unas mujeres feas y con bigote,
unos tipos morenos y escurridos que parecan micos; muy chatos o con
narices de loro; con escrfulas o con herpes.

Este prestigio de la aristocracia no es cosa que a m me preocupe; no
tengo la aspiracin de saludar al conde ni al marqus, ni siquiera
de estrechar la mano de un Prez de Cascante o de un Snchez de
Peralta. A un vagabundo, como yo, no le pueden importar gran cosa las
superioridades locales ni las cuestiones de etiqueta; tampoco s si
estos condes y marqueses de aqu proceden de las Cruzadas (como todos
los aristcratas de los folletines franceses); supongo que sern tan
antiguos como puedan serlo los de Inglaterra; pero no hay ms remedio
que reconocer que son ms pobres. Y, la verdad: la aristocracia, con
casas sucias y destartaladas y unos majuelos por toda propiedad; el
aristcrata, con un sombrero seboso y un pantaln con rodilleras, no
llega a imponer respeto ni a causar gran sensacin. Es decir, a m
no me la produca, porque a mi patrona, doa Saturnina, le produca
grande. Verdad que ella vea los conceptos ms que los accesorios y las
formas. Doa Saturnina era un poco platoniana.

Tras de la aristocracia pamplonesa, vena la clase media, formada por
leguleyos y comerciantes, y despus, el pueblo.

Desde arriba a abajo; desde lo alto de la pirmide hasta la base; desde
el primer tramo hasta el ltimo, Pamplona era un pueblo intoxicado
por la clericalina. La clericalina rebosaba por todas partes; una
clericalina activsima; pues no haba apenas un pamplons que no
tuviera depsitos de este alcaloide entre la pamadre y la aracnoides.
Era una clericalina que produca un estado de estupor incurable.

Una gota en la conjuntiva de un individuo lo envenenaba para siempre.

Todas las aguas del Arga reunidas, no bastaban para disolver la
clericalina, la cleritoxina y el cido cleriglico que produca la
ciudad.




                                  VII

                               PHILONOUS


SOLA yo andar con mucha frecuencia por la Taconera, y daba casi todas
las tardes un paseo por las afueras de la muralla, lo que llaman en el
pueblo la Vuelta del Castillo. Un da vi que un perrucho me segua. Era
un perro feo y poco esttico, que tena cara de persona, lanas rojizas
y unas barbuchas lacias de filsofo cnico.

--Bueno, bueno--le dije--. Mrchate, que aqu no haces nada.

Segu mi camino, e iba pensando en la realidad que podan tener las
cosas, cuando vi a mi lado de nuevo al perro feo.

--Este can me sigue--murmur--. A ver si es un demonio como el perro de
aguas que acompaa al doctor Fausto a su laboratorio.

Continu mi paseo, y sigui el perro feo junto a m.

--Bueno; que haga lo que quiera--dije--. Si el destino ha dispuesto que
este canis familiaris sea mi amigo, no me opongo.

Pens que si vena hasta mi casa y se una a m, tendra que darle un
nombre, y decid llamarle Philonous.

Efectivamente: entr en mi casa, le di de comer y le adopt. Unos meses
despus, al llegar a Tafalla, Philonous ri con otro perro con gran
valor; el otro perro le mordi en una pata y tuvo una llaga que le
dur mucho tiempo.

Entonces, como tributo a su valor y como recuerdo a un hroe griego,
que padeci tambin una lcera en una pierna, aad a su nombre el de
Philotectes, y as se llam mi perro en su vida terrena, que no es poca
cosa para un perro.

Philonous era profundo y sentimental. En las circunstancias difciles
se creca. A veces era un poco cnico; estaba en su derecho, siendo
perro y perro de pobre; a veces me pareca un caballero sans peur et
sans reproche, como Bayardo.

Yo siempre le encontr un aire socrtico.

Me pareca que el mejor da iba a salir Minerva de su cabeza.




                                 VIII

                        LOS REALISTAS FRANCESES


UN da pararon en la casa de doa Saturnina unos franceses realistas.

Estos franceses, supe, cuando se marcharon, que haban ido a reunirse
con la partida absolutista de un tal Salaverri, que merodeaba por la
ribera de Navarra.

Los tales franceses me fueron poco simpticos. Tenan un criterio
pequeo y estrecho. Elogiaban lo peor de Francia y de Espaa. Para
ellos la crueldad empleada con los liberales era un gran mrito; el
talento militar consista en hacer todas las barbaridades posibles en
perjuicio del enemigo.

As un vendeano cualquiera era un militar ms ilustre que Napolen.

Nunca jams he visto una gente ms vanidosa, ms necia ni ms
incomprensiva. Tenan unas ideas extraas. Segn ellos, puesto que los
revolucionarios franceses haban guillotinado a Luis XVI, a su mujer y
a su hijo, ellos podan, con un derecho natural de represalia, matar a
todos los hombres, mujeres y nios del Universo.

La carreta en donde haban ido a la guillotina estos Borbones deba ser
como el clebre carro de Jaggernath, del Indostn, que va aplastando a
todo el mundo.

As como nosotros, que hemos nacido mil ochocientos aos despus de
Cristo, tenemos la culpa de su muerte, segn los msticos, y estamos
deshonrados por la mayor o menor bellaquera que hicieron unos
supuestos Adn y Eva en el paraso, as tambin todos, franceses y no
franceses, tenemos la responsabilidad de la muerte de Luis XVI y de su
familia.

Qu fanatismo el de aquella gente! Seguramente hubiera sido difcil
encontrar en personas de otro pas un producto as de amaneramiento, de
afectacin y de petulancia.

Si no hubiera sido porque tenan modales de seores, se les hubiera
tomado a aquellos franceses por unos brutos feroces y fanticos que no
buscaban mas que el exterminio de todo el que no pensara como ellos.

Despus de conocerles, los absolutistas de Pamplona me fueron casi
simpticos.

Al menos el reaccionarismo espaol es ms natural: es la incompresin
y la brutalidad simple; el reaccionarismo francs es la incompresin
adornada; el uno es una construccin de espritus toscos, el otro es un
gtico pestilente de confitera.




                                  IX

                            CONSPIRACIONES


NO me ocupaba yo gran cosa de lo que ocurra en Pamplona, ni estaba
enterado de sus cuestiones polticas, cuando el capitn Iriarte y un
francs emigrado por sus ideas republicanas, Juan Pontecoulant, me
llevaron un da a una velada masnica que se daba en el billar de un
caf.

Se trataba de celebrar el triunfo liberal obtenido en Madrid el 7 de
julio.

Mientras esperbamos que comenzase la reunin, Pontecoulant, que tena
bonita voz, cant _La Marsellesa_, y despus, la cancin de _Los
Girondinos_, con mucho fuego y gran nfasis:

                     _Par la voix du canon d'alarmes
                  la France appelle ses enfants._

Le escuchamos con gusto y coreamos sus cantos.

Cuando se reunieron los masones, que casi todos eran militares, se
comenz a hablar de la conspiracin realista que se haba tramado en
Navarra y tena su centro en Pamplona. Yo entonces me enter de los
manejos de los absolutistas.

Los primeros conspiradores de Navarra haban sido el cura de Barasoan;
el cannigo Lacarra; un tal Uriz, de un pueblo llamado Sada, y los
militares Eraso, Juanito el de la Rochapea y don Santos Ladrn de
Cegama.

Estos tres ltimos eran antiguos guerrilleros del general Espoz y
Mina en la guerra de la Independencia. Mina consideraba a Eraso como
absolutista de corazn, pero no a Ladrn ni a Juanito; a Ladrn le
tena por hombre de ideas liberales; respecto a Juanito el de la
Rochapea, lo miraba como a hombre desleal y traidor.

Juanito el de la Rochapea, Juan Villanueva, haba sido capitn del
primer regimiento de la divisin Navarra, mandada por Mina.

Cuando la tentativa liberal de ste sobre Pamplona, en 1814, Juanito
fu el que comprometi con su impaciencia al coronel Grriz, y
pasndose luego a los realistas contribuy a su fusilamiento.

Villanueva odiaba a Mina y le tena miedo. Al entrar ste en Pamplona
en triunfo con la bandera constitucional, en 1820, Juanito se escap e
hizo preguntar a su antiguo jefe si tena que temer algo de l. Mina
le contest que no. Juanito crey que todo se haba olvidado entre los
dos y se present al general, quien le mir de arriba a abajo, con
desprecio.

Respecto a Ladrn de Cegama se haba lanzado al campo por despecho y
por rivalidad con los militares que se pronunciaron por la Constitucin.

Reunidos los contrarrevolucionarios realistas, Eraso, Juanito y los
dems dispusieron una estratagema para armarse. Eraso era alcalde de
Garinoan, pueblo del valle de Orba. Eraso mand reunir las cendeas del
valle e hizo que oficialmente se pidieran a la Diputacin provincial
trescientos fusiles y sus municiones correspondientes con destino a los
milicianos nacionales. La Diputacin los proporcion, y los trescientos
fusiles sirvieron para formar la primera expedicin realista.

La poltica de los catlicos siempre ha sido igual. Ellos harn una
deslealtad o una infamia; pero eso s, la harn con reservas mentales;
luego oirn su misa con devocin, se confesarn, tendrn propsito
de enmienda, se darn unos golpes de pecho, y limpios para hacer otra
canallada.

Los fusiles del Gobierno sirvieron para preparar unas compaas
absolutistas bien armadas y equipadas.

El general Egua, presidente de la Junta realista, y don Vicente
Quesada, comandante general de las tropas del rey absoluto, nombraron
jefes a Guergu, a Ladrn y a Juanito el de la Rochapea, que salieron
al campo y comenzaron a operar.

El capitn general de Navarra orden a las compaas del regimiento
de Toledo y a las partidas de milicianos guardasen los pasos de la
frontera, por si los realistas entraban por Francia.

Se vigil Vera, Zugarramurdi, Maya, el Irati y el Roncal.

Los absolutistas tenan protectores por todas partes y no se les
encontraba; en cambio, se captur en el Irati a ocho soldados franceses
desertores y a su capitn, llamado Adolfo, que intentaban entrar en
Espaa con proclamas republicanas.

El capitn Adolfo se escap, gracias a la proteccin masnica del
comandante espaol; los otros soldados franceses, presos por los
milicianos nacionales de Salazar, fueron trados a Pamplona. La gente
crea que los iban a fusilar, y les pareca muy lgico a los buenos
catlicos que se les fusilase, por ser republicanos; pero el capitn
general mand incorporarlos en las filas del ejrcito.

Juan Pontecoulant me dijo que Adolfo era un hijo del general Berton, y
que este general, que por entonces era el jefe de los revolucionarios y
con quien ms se contaba para la revolucin en Francia, haba estado en
San Sebastin.

El capitn Adolfo vivi oculto en un casero de la frontera; pero los
realistas de Ochagavia lo denunciaron y fu preso.

La hostilidad entre el ejrcito y los milicianos, la conspiracin
permanente de los absolutistas, los rumores que corran de que los
exaltados de Madrid intentaban establecer la Repblica, todo esto
haca que la provincia de Navarra viviese en perpetua agitacin. Los
realistas pamploneses se escapaban al campo con armas, y algunos se
descolgaban de noche por las murallas. Yo hubiera estado tranquilo en
Pamplona si hubiese tenido medios de fortuna; pero mis trabajos de
disecacin se acababan y era indispensable levantar el vuelo. As que
puse mis papeles en regla, gracias al capitn Iriarte y a sus amigos, y
prepar mi viaje.




                                   X

                               EL CALOR


SAL de Pamplona a mediados de julio. Haca un tiempo bochornoso; el
cielo estaba blanquecino del vaho y del polvo, los campos de trigo
segados, los montones de gavillas en la tierra. Anduve yo largo rato
resguardndome en las sombras de los rboles y bebiendo en las fuentes;
Philonous haca lo mismo.

En las paradas me dedicaba a reflexionar. Una de las cosas que se
me ocurri fu el hacer un esfuerzo en dominar las impresiones
desagradables y ver si poda llegar a contemplar el paisaje con el
mximo de ecuanimidad. Me pareci que con ese sistema se encontrara
belleza e inters en todo. El primer ensayo del procedimiento lo hice
mirando en el valle de Orba una nube de polvo sofocante iluminada por
el sol.

Se puede llegar en esta contemplacin a suprimir el dolor o la
molestia fsica? Es lo que me preguntaba varias veces en el camino.

No cabe duda que el carcter de la contemplacin es una ms o menos
aparente generosidad; pero es real o no este carcter?

No habr en el fondo de nuestras efusiones estticas una raz
utilitaria?

Cuando ve uno un campo verde y se regocija, no ser esto el resultado
de que nuestros antepasados, al ver los campos verdes, han supuesto
que en ellos haba algo que comer?

El segundo punto que intent dilucidar en el camino fu si la
contemplacin desinteresada es buena o no, y saqu en consecuencia que
si es cierto que arrastra a la pereza y al aislamiento, le lleva a uno
tambin a bastarse a s mismo en momentos penosos, lo cual no es poco.

El primer alto en mi marcha lo hice en la venta de las Campanas, donde
tom unos huevos cocidos y pan, y por la tarde segu hasta llegar a
Barasoan, rendido de cansancio y, sobre todo, de calor. Dorm bastante
mal en una posada y me levant al amanecer a continuar mi ruta.

El da prometa ser tan ardoroso como el anterior.

Avanc todo lo que pude por la maana. Al llegar al puente sobre el
Cidacos se despertaba una tropa de gitanos. Dos o tres hombres se
desperezaban extendiendo los brazos, una mujer haca fuego con unas
ramas y unos chicos dorman al sol, medio desnudos.

El calor y el bochorno seguan terribles. El cielo echaba lumbre; los
montones de gavillas parecan rebaos de oro sobre un campo ceniciento.

A lo lejos vea pueblos con tejados blanquecinos que con la fuerza
de la luz del sol me parecan nevados. Las mujeres, montadas en los
trillos, daban vuelta a las eras.

Cuando ms apretaba el sol, muerto de sudor, llegu a Tafalla y entr
en una posada. El posadero era hombre amable que nos recibi bien a
Philonous y a m.

Tafalla es una ciudad colocada en una enorme llanura. Tiene una campia
frtil y de aspecto montono, formada por viedos, trigales y huertas.

Este pueblo se me figur una granja colocada en medio de sus tierras de
labor.

Por todas partes se notaba el reinado de Baco, de un Baco hurao
y violento. Se vea vino en las barricas, en los toneles, en las
palanganas.

Pas la tarde y la noche en Tafalla en una taberna.

La gente me pareci agresiva y malhumorada. nicamente estos ribereos
se humanizaban hablando del vino, por el cual tenan una verdadera
adoracin.

All el vino es un dios, un dios que hace a los hombres irritables y
violentos.

En toda la ribera de Navarra la agresividad es una costumbre.

El carcter de los ribereos es de una petulancia que desconocen
los vascos de la montaa. Al llegar a Castilla esta petulancia se
transforma en una serenidad arrogante, a veces un poco teatral, pero
que da cierta idea de nobleza.

Uno de los rasgos simpticos que encontr en estos navarros, rasgos que
quiz es comn a todos los pueblos un poco primitivos, fu el tener
cierto desdn por el dinero.

El amo de la posada de un pueblo considera mucho ms al compadre suyo
que al forastero rico.

Esto me parece muy bien. Yo soy de los que creen que el dinero no es
apenas de uno; solamente son de uno los instintos y las pasiones, las
enfermedades y los deseos.

Sal de Tafalla de noche, antes de que apuntara la maana, y comenc a
marchar.

Entrev en Olite al amanecer las torres amarillentas de su castillo y
segu por la orilla del Cidacos. Comenz el da muy temprano. Persista
el horrible bochorno; tuve que ir quitndome ropa, y llevndola al
brazo. Mi primera entrevista con la tierra llana espaola era poco
grata. Mi cuerpo marchaba en perpetuo incendio; tena la cara roja, los
ojos inyectados, las manos abultadas por la sangre. El maldito bochorno
no desapareca. El cielo segua gris y el aire caliginoso.

Almorzamos Philonous y yo en la venta del Morillete, y tuvimos que
detenernos en un pueblo requemado y polvoriento, con unas cuevas
agujereadas en una tierra blanca y arenosa y una gente spera y
desabrida.

Todo el mundo estaba con plan de reir. Se lo hice notar al posadero y
ste me dijo, riendo, que a aquellos navarricos no los bautizaban con
agua, sino con vino.

Inmediatamente que el ribereo bebe se muestra jactancioso y desafiador
y siente deseos de golpear o de herir.

En este pueblo, donde me detuve, me contaba un mozo con satisfaccin
que todos los sbados haba all trabucazos. No se podan tener faroles
en las calles porque al da siguiente estaban hechos aicos.

Otro mozo de Uju que estaba oyendo dijo, celebrndolo, que en su
pueblo era una cosa rara un da sin pualadas y que haba habido un
cura que tena que ir a decir misa con el trabuco debajo del manteo,
porque si no se burlaban de l. Esto me entristeci.

--En el fondo, la gente no tiene la culpa--dije--. Es la geografa en
connivencia con las instituciones la que produce tales efectos.

Es imposible que la gente sea civilizada y sociable en una tierra gris,
abrasada por el sol, olvidada por las personas ricas, donde no hay
frescura, ni sombra, ni medias tintas y a la cual no llega ni el eco
ms lejano de la cultura de Europa.

Mientras marchaba por estos pueblos, Philonous me produca serios
conflictos, y yo, como Pedro, tena que negarle ms de tres veces.

Haca barbaridades; un da entraba en la cocina de una venta, tiraba la
olla y se la coma; otro sali de una tahona con todo el hocico lleno
de harina, perseguido por el tahonero; tambin se coma los pollos que
poda, pero slo cuando estaba muy hambriento.

Muchas veces no le vea en todo el da, pero luego, por la noche, se me
acercaba y me daba con la pata, como diciendo: Aqu estoy, amigo.




                                  XI

                              LAS MOSCAS


TANTO o ms que el calor me molestaban en mi viaje las moscas. Haba
en las calles de estos pueblos una cantidad inconcebible de moscas,
pesadas, pegajosas, repugnantes.

--Mientras haya moscas en el mundo no habr civilizacin--me deca yo
con tristeza.

Para combatir sus ataques, me puse a filosofar acerca de ellas, en
lo perniciosas que deban ser y en la poca ciencia que demuestra la
Naturaleza, que se deja llevar de sus rutinas y de sus lugares comunes
de una manera lamentable.

Record que Luciano de Samosata, el clebre satrico griego, haba
hecho un elogio de la mosca, y de aqu obtuve una casi luminosa
consecuencia.

Muchos suponen que este escritor fu cristiano, a pesar de que en la
historia de Peregrinus llama a Cristo un sofista crucificado.

Este dato parece dar a entender que Luciano no fu cristiano; pero
el elogio de la mosca para m es definitivo. Da el diagnstico del
escritor greco-sirio.

Era cristiano. Hay algo ms cristiano que la mosca? La mosca es
constante, persistente, zumbona.

A la mosca le gusta andar en las llagas, en el pus, en las basuras,
como a los verdaderos cristianos.

Alguno dir que a los obispos y a los papas les agrada ms el dinero,
la opulencia, el fausto; pero esto no demuestra ms sino que las moscas
son mucho ms cristianas que los obispos y que los papas.

La mosca crece en razn directa del sol, de la suciedad, de los
establos y de las cuadras, y en razn inversa de la limpieza, del agua
corriente y de la gente razonable. Lo mismo les pasa a los frailes.

Sorprendido por tales semejanzas obtuve la ecuacin de la cultura en la
forma que expongo aqu.

El ndice de la cultura se expresa sumando la cantidad de vino, el
nmero de moscas y el nmero de clrigos, y partiendo el total por el
nmero de rboles.

                                   Vino + Moscas + Clrigos
     _X_ (ndice de la cultura) = --------------------------
                                          Arboles

Las profundas consecuencias que se desprenden de mi descubrimiento
las entrego a la Humanidad futura. Ella sabr plantar ms rboles y
exterminar las moscas.




                                  XII

                            EN LAS BRDENAS


ESTANDO yo en Caparroso se present una partida de milicianos
nacionales, mandada por un capitn que iba de vanguardia de la columna
de un jefe llamado Iribarren. Salud al capitn, a quien conoca de
Pamplona por ser amigo de Iriarte, y hablamos.

Me dijo que se haba quedado la partida sin cirujano, porque a este le
haban muerto, y me pregunt si yo podra sustiturlo por lo menos un
da.

--Yo no soy cirujano--le dije.

--Bah! Para lo que hay que hacer, lo har usted mejor que cualquier
otro. Maana vamos a atacar a la gente de Salaberr, que campea por
ah, por las Brdenas. Necesitamos de alguien que sea capaz de poner
una venda.

--Y el cirujano de este pueblo?

--Es uno de los facciosos y anda por el monte.

No tuve ms remedio que aceptar; pero puse la condicin de no seguir
despus a la partida; pasada la accin, yo me marchara por donde
quisiera.

--Bueno. Bueno. Muy bien.

El capitn seal un cabo y ocho hombres para que quedasen a mis
rdenes. Sacamos el botiqun del cirujano y vimos lo que haba.

Mientras hicimos los preparativos estuve tranquilo; pero por la
noche, al tenderme en el pajar, me vino la idea de que cuando el otro
cirujano haba muerto, el cargo era peligroso. Luego, la imaginacin se
puso en movimiento y fu pintndome con una realidad desagradable las
perspectivas que me esperaban.

Creer que estos forajidos realistas iban a respetarle a uno porque
llevase el carcter de cirujano o de mdico me pareca una ilusin.

Pens en lo que me pasara si quedaba herido al cuidado de un barbero
en un rincn sucio, con aquella temperatura al rojo blanco.

Se me pintaron todos los horrores posibles. Comenc a agitarme de la
derecha a la izquierda, sin poder dormir.

Al amanecer, momentos antes de salir el sol, me cogi el sueo, y poco
despus me llamaron. Estaba tan fuertemente dormido, que tuvieron que
empujarme de un lado a otro para despertarme. El sol iluminaba el
campo, desolado y desierto, cuando la partida se puso en marcha. Yo
iba a retaguardia con las camillas, unas mulas y un carro. Caminamos
durante un par de horas hasta llegar a las Brdenas. El sitio era
solitario y pobre, de una monotona, de una tristeza y de una
fealdad desagradable, agudizada por el tiempo bochornoso. La tierra,
cenicienta, se extenda como un mar, y delante se nos presentaba unas
colinas rodas por las lluvias.

Estaba yo pensando que los realistas rehuan el encuentro cuando
sonaron los primeros tiros. Se hallaban los facciosos parapetados en
unas lomas blanquecinas.

Mand yo a mis hombres con la mayor serenidad posible que abriesen el
botiqun e hicieran sus preparativos.

Nuestros soldados se desplegaron en guerrilla y comenzaron a disparar y
a avanzar.

Hubo que seguirlos. Las balas pasaban silbando, y yo volva la cabeza a
un lado y a otro violentamente. Uno de los nuestros cay. Me entr un
sudor fro; me acerqu a l; le tom el pulso. Estaba muerto.

De nuevo tuvimos que marchar adelante. Los enemigos haban vuelto a
ocupar otras posiciones y seguan tiroteando. Los nuestros fueron
avanzando de una manera irregular y consiguieron que la partida
absolutista se disolviera.

El capitn tuvo que esperar largo rato a que se reunieran sus
fuerzas, que se haban desperdigado; y mientrastanto, los sanitarios
improvisados y yo comenzamos a vendar a varios heridos; y yo sangr a
uno que se trajo sin conocimiento en unas parihuelas, y que recobr el
sentido.

Cuando se reuni la fuerza, el capitn orden la retirada y nos pusimos
en marcha. Los heridos venan a mi cargo en las caballeras y en el
carro. Contemplbamos a los lejos Caparroso en un collado y las ruinas
de un castillo antiguo.

Ibamos tranquilos internndonos en un soto de lamos blancos que
llaman la Lobera cuando unos realistas apostados hicieron una descarga
que produjo el desorden en nuestra partida. Se desorden la columna,
comenz el tiroteo por nuestro lado, y yo me vi separado de mi gente y
en medio del soto en compaa de Philonous.

Cuando cesaron los tiros comenc a avanzar despacio. Iba marchando
con las mayores precauciones cuando top con el cuerpo de un realista
herido o muerto. Me par para ver si viva; llevaba un pauelo atado
a la cintura lleno de sangre. Se lo cort con el cuchillo; y viendo
que pesaba me encontr que llevaba dos onzas de oro, cuatro centenes y
varias monedas de plata, que me apropi porque el hombre estaba muerto.
Sal del soto y me acerqu a la carretera. Estaba rendido de cansancio
y de hambre. Deba ser media tarde. Ech a andar por la carretera en
direccin contraria a Caparroso cuando se acerc un coche viejo y
desvencijado.

En el coche iban un hombre, que diriga, y un cura.

Se par el coche un momento, y yo le pregunt al cochero si poda
llevarme al pueblo prximo.

--Si el seor cura quiere, a m no me importa--me dijo, con tosco
acento.

--Por m, que suba--dijo el cura.

Sub y me sent. El cura era un hombre flaco, desmayado, las cejas
como dos acentos circunflejos; los prpados, apenas abiertos, como dos
lneas, y un lente en la mano.

Llegamos a Valtierra a media tarde; fu a una posada-taberna, y lo
primero que hice fu pedir que me pusieran de comer.

El pueblo me pareci grande, triste, polvoriento y abrasado.

En la taberna, a la moza que me serva le pregunt si haca mucho calor.

--Aqu?--exclam un hombre interrumpiendo--. Aqu en invierno se hiela
la Virgen y en verano se deshace el palio.

Es la costumbre de esta gente el barajar siempre y con cualquier motivo
en su conversacin los artefactos religiosos.

Dorm en el corral, y de noche sal para Tudela.




                                 XIII

                    REVELACION DE LA ESPAA CLSICA


A pesar de que Philonous y yo salimos a media noche de Valtierra,
llegamos a Tudela, rendidos por el calor, a media maana.

Entr yo en una posada, ped un cuarto y me tumb en el suelo, porque
no poda aguantar el sofoco del jergn. Tendido y sudando estuve varias
horas oyendo el retumbar de unas campanas y el rebuzno de un burro,
hasta que el hambre me indic que era hora de levantarme. Pregunt
a qu hora se cenaba, y me dijeron que a las nueve. Cuando empez a
caer la tarde sal con Philonous a la orilla del Ebro, a respirar.
No se mova una partcula de viento. El cielo estaba blanquecino por
el calor; el to, muy ancho, pareca arder, con un color rojo de
escarlata, sombreado por los bosquecillos de las riberas; el horizonte
se encenda con los relmpagos de los montes lejanos; por el puente, de
arcos desiguales, pasaban algunos carromatos.

Estuve sentado a las orillas del Ebro hasta que empez a obscurecer.
Su superficie roja palideci y la sombra de los bosquecillos qued muy
negra.

Volv a la posada y estuve hablando con el patrn, que era herrador, un
viejo canoso con unas antiparras y aire de sabio. Todava faltaban tres
cuartos de hora para la cena.

Sal de nuevo; haba visto al llegar una parte del pueblo moderna,
insignificante. Tir ahora por el lado contrario; segu una callejuela;
luego otra; despus pas un arco. En aquellos callejones estrechos
haba carros grandes llenos de paja que interceptaban el paso; en las
puertas de las casas la gente sala a respirar el aire ardoroso, seco y
lleno de polvo; y algunos campesinos medio desnudos pasaban montados en
un borrico o en una mula.

Un farol debajo de un arco brillaba iluminando una hornacina y la
puerta de una iglesia. La obscuridad y el piso desigual me hacan ir
tropezando por las calles.

Al pasar por una encrucijada me tiraron agua y tierra desde un balcn.

Intent volver a casa del herrador, pero me perd, y durante algn
tiempo anduve dando vueltas por los mismos sitios y rincones.

En esto o una campanilla, y vi poco despus, delante de un portal
estrecho, una fila de hombres con cirios en la mano que, sin duda,
acompaaban al Vitico. Tenan la cabeza para abajo, iluminada por
el resplandor de los cirios. Qu caras! Qu aires de cansancio
y de resignacin! Qu miradas de abatimiento! Qu espaol! Qu
terriblemente espaol era aquello!

Sin fijarme en la direccin ech a andar, sal a una plaza y de all
encontr fcilmente la posada.

El herrador y otros dos huspedes me esperaban a cenar.

Nos sentamos a la luz de un candil. Uno de los hombres era un campesino
de un pueblo prximo, hombre de unos cincuenta aos, de ojos azules y
pelo rubio; el otro, un tipo de judo tan caracterstico, que me choc.

El labrador tena una idea de Tudela como de un foco de comodidades y
de placeres. Yo le dije que el campo por donde haba cruzado me pareci
rido y seco; pero l me asegur que era fertilsimo, y es posible que
tuviera razn.

El otro, el del aire judaico, era, por lo que me dijo, saludador,
medio brujo y medio mdico; haca conjuros para que no enfermaran las
caballeras y para quitar el mal de ojo a los nios, y crea que tena
procedimientos especiales para alargar la vida.

Le dije que vindole en otra parte le hubiera tomado por un judo de
casta sacerdotal, lo cual no le molest; por el contrario, me dijo que
su padre y su familia procedan de la judera de Tudela, y que no sera
raro que l fuese de raza hebrea.

Despus de cenar se apag el candil, me fu yo a la cama, y tuve que
acostarme sin ropa por el calor. Afortunadamente, a media noche comenz
una tormenta con truenos y relmpagos, cay un copioso chaparrn y
refresc el ambiente.

Dorm unas horas y sal por la maana.

El aire era ya respirable. Inmediatamente me dirig hacia la catedral.
Me reconcili con el pueblo.

A pesar de ser la mayora de las casas de ladrillo, eran hermosas;
algunas, verdaderos palacios con grandes puertas, balcones espaciados
y una galera alta con arcadas en el segundo piso. Empotrados en las
paredes ostentaban escudos abultados y salientes de piedra blanca,
y en las ventanas se vean orlas esculpidas con los primores del
Renacimiento incrustadas en el ladrillo.

Recorriendo este pueblo y luego visitando otros, me expliqu que en
Espaa la gente de inclinaciones estticas no sea muy entusiasta del
progreso; lo viejo tiene aqu su hermosura y su nobleza; en cambio,
lo nuevo es de una mezquindad que asombra por su sentido de economa,
por su sordidez trgica y completa. Calleje largo rato por Tudela, al
amanecer; qu nombres los de las calles! Calle de la Vida, calle de la
Muerte, calle del Juicio...; luego las calles de los oficios: de las
Chapineras, de las Herreras, de los Caldereros...

Se iban abriendo las puertas de las casas y saliendo los labradores
para sus faenas; luego comenzaron a pasar mujeres, muchachitas y
viejas con su mantilla, camino de la iglesia, y empez a tocar una
campana.

Di varias vueltas a la catedral hasta encontrar una puerta abierta.
Entr y estuve sentado contemplando la majestuosa nave; luego pas
a una capilla a mirar un admirable retablo. Estaba apoyado en un
confesonario, por el lado de la reja por donde se confiesan las
mujeres. De pronto apareci por la ventanilla una cabeza gruesa de un
cura, y, sin hablarme, me hizo con la mano un gesto de que me acercara.
Qued paralizado, horrorizado. Quiz haba cometido yo un sacrilegio.
Quiz me esperaba la Inquisicin.

Retroced de prisa, sal de la capilla y me dirig hacia la puerta. No
me segua nadie; pero, por si acaso, me march fuera.

Comenzaba a hacer calor, pasaban muchos curas por las callejuelas.
Llegu a la plaza y me sent. Haba mercado, puestos de verduras, de
cacharros, de instrumentos de labranza....

En las mujeres que correteaban por all, me pareci ver ms claramente
que en los hombres dos tipos distintos: unas, morenas de valo
alargado, ojos negros, melanclicos, de aire un tanto judaico, y otras,
con un tipo germano, rubias, con ojos azules o claros, la cara cuadrada
y la mirada enrgica y dura.

Fu a mi posada. Acababan de llenar de paja el patio, y los montones
dorados de gavillas lo inundaban todo.

Los mozos que haban trabajado, sudando a chorros, estaban bebiendo
vino.

Este polvo, este calor, esta mezcla de barbarie y de simplicidad, este
contraste de la pobreza de los callejones del pueblo con la pompa de la
catedral me di la revelacin de la Espaa clsica, emborrachada con su
sol, con su vino, con su fanatismo y con su violencia.




                                  XIV

                              EL SANTERO


EL saludador de aspecto judaico pensaba ir hasta Agreda y fu con l en
el carro de un ordinario. En Cintrunigo se nos reunieron un santero y
un muchacho vizcano que iba a Madrid a buscar una _conveniensia_, como
deca l.

El santero era un hombre flaco y denegrido, con los ojos muy brillantes
y el pelo rizado. Pareca un cuervo; llevaba una sotana rada, unas
polainas y un sombrero ancho colocado encima de un pauelo negro que le
apretaba la cabeza.

El vizcano era alto, estrecho, de nariz larga y gruesa, ojos abultados
y expresin parada. Se llamaba Belausteguigoitia, y tena un segundo
apellido ms largo que ste.

Belausteguigoitia crea que los Belausteguigoitias eran la flor de su
pueblo en Vizcaya; que Vizcaya era la flor de Espaa, y Espaa, la
flor del mundo. Los Belausteguigoitias eran las delicias del gnero
humano, y se poda considerar como un verdadero honor el que este
exquisito molde de los Belausteguigoitias siguiera produciendo ms
Belausteguigoitias y esparcindolos por el mundo, para ejemplo de los
dems y gloria suya.

La sociedad entera deba estar interesada en el acrecentamiento y en
la propagacin de los Belausteguigoitias y de sus narices.

Este vizcano habl de las grandezas de su pueblo y de su familia de
una manera tan exagerada, que provoc la rplica irnica del saludador,
quien le dijo que no comprenda cmo estando tan bien en su casa poda
dirigirse a Madrid, a pie, en busca de una _conveniensia_.

El vizcano dijo orgullosamente que el saludador era un ignorante
y un plebeyo, y el saludador le contest que haba conocido mucha
gente fantasmona y vanidosa entre los vizcanos; pero que nunca haba
encontrado uno tan vanidoso y tan fantasmn como l.

Belausteguigoitia se di por ofendido y no nos dirigi la palabra.

Discutimos despus el santero, el saludador y yo de varias cosas; los
dos crean en el diablo como en un personaje que anduviera todos los
das cruzndose en su camino, algo como un perro que se metiera entre
las piernas.

--Si yo creyera tanto como ustedes en el diablo y en Dios--les dije--,
dejara al diablo que se explicara alguna vez, no fuera a tener razn.

El santero dijo que no haba odo nunca absurdo mayor; el saludador
murmur que quiz estaba yo en lo cierto.

En Agreda qued el saludador; y el vizcano de la _conveniensia_, el
santero y yo seguimos en otro carro, camino de Almazn.

El santero tena que ir a Barahona a cobrar una parte de herencia. Nos
invit a ir con l, y fuimos el vizcano y yo. Yo estuve a ver, de
lejos, el campo de las Brujas y un pueblo en ruinas que se llama Los
Hoyos, en donde no quedaba mas que una casa en pie y al lado una horca.

Por la noche fuimos a cenar a casa del cura del pueblo con el santero,
y no s por que me di a m la ocurrencia de decir que no era catlico.

--No es usted catlico?

--No.

--Tenemos un hereje en casa--murmur el cura, dirigindose al ama.

A la mujer le entr un temblor tal, que cre se le iban a caer los
platos de la mano. No haca mas que mirarme con gran curiosidad, para
ver, sin duda, si se me vean los cuernos.

Interrump la cena con un pretexto, y me march a la posada, y por la
noche vinieron el alcalde y el alguacil a buscarme. Estuvo el alcalde
vacilando en prenderme; pero se decidi por mandarme salir del pueblo a
la maana siguiente.

Desde entonces no volv a decir, ni en broma, que era protestante.

Seguimos el vizcano de la _conveniensia_ y yo, a pie, nuestra marcha
por Paredes y la Venta de Ro Fro a entrar en Castilla la Nueva.

Haca mucho calor; pero estbamos en la segunda mitad de agosto, y por
la noche refrescaba y se poda dormir.

De vez en cuando encontrbamos arboledas, en las que solamos
descansar. En estos pases donde el rbol escasea, toma tal valor, que
un bosquecillo de chopos o de lamos parece un paraso, una maravilla
de la Naturaleza, algo divino y admirable.

En Jadraque encontramos un carretero, con quien nos hicimos amigos, y
en el carro de ste llegamos a Alcal.

Aqu me pareci lo mejor tomar la diligencia, y en la diligencia entr
en Madrid.




                             TERCERA PARTE

                          DE MADRID A SEVILLA




                                   I

                         LA CASA DE HUSPEDES


LA llegada a las proximidades de Madrid en un da de verano, de sol,
con la tierra desnuda, sin color por la claridad y el polvo, me pareci
un tanto trgica y sombra. La puerta de Alcal mitig algo la triste
impresin del paisaje que haba recibido. Nos detuvimos a la entrada de
la villa, y despus subimos al galope por la calle de Alcal y llegamos
a la de las Huertas, hasta una administracin de coches.

Una chusma policaca, cnica y desvergonzada, revolvi mi pequeo
equipaje, y uno de ellos me dijo que tena que tomar carta de seguridad.

Fu a cumplir este requisito y me instal en una fonda muy mala de la
calle de la Gorguera.

La primera impresin de Madrid fu para m confusa.

Afortunadamente, como vena de pueblos abandonados, no me di la
sensacin de pequeez y de miseria que daba a otros extranjeros.

Mi primer cuidado fu buscar un modo de vivir, pues no tena mas que
unas monedas de cobre por todo capital.

Fu al caf de La Fontana de Oro, tom un refresco y pregunt al mozo
por el Gran Oriente Escocs. Me di la direccin y me present en la
logia masnica. Sali a recibirme un hermano con aspecto frailuno;
me pregunt lo que saba hacer, expuse yo mis conocimientos y dej
las seas de mi posada. Al da siguiente me enviaron una esquelita
dicindome que fuera al Museo de Historia Natural, en la calle de
Alcal, y que preguntara por el director.

Fu, efectivamente, y el director me dijo que poda tener trabajo
durante algn tiempo, y que me pagaran cincuenta duros al mes. Me
march satisfecho y comenc a acudir todos los das al Museo. Pronto vi
que all no trabajaba nadie. El director tena por costumbre no ir a la
oficina, y los dems empleados hacan lo mismo.

Despus pude comprobar que esta era una costumbre de casi todos los
centros oficiales de Espaa.

Como se vea en la precisin de pasar el mes entero sin cobrar un
cntimo, fu de nuevo a la logia y me hicieron un anticipo de veinte
duros, que devolv puntualmente cuando me pagaron.

En seguida que me encontr dueo de algn dinero, pagu la fonda y
busqu una casa de huspedes. Un empleado del Museo me recomend a un
oficinista amigo, que tomaba algunas personas en familia. Viva este
ciudadano en los barrios bajos, en la calle de la Encomienda, entre
la de Embajadores y la de Mesn de Paredes; se llamaba don Nemesio
Fernndez de la Encina, y era escribiente en la Contadura general
de Valores, con poco sueldo. Su mujer, doa Menca, patroneaba sus
huspedes, y con esto se ayudaba un poco.

Don Nemesio y doa Menca me mostraron un cuarto claro y bastante
ancho, que me cederan; me explicaron con detalles lo que se coma en
la casa, y me dijeron que me llevaran diez reales.

Al principio se negaron a aceptar a Philonous; pero como yo dije que
no quera desprenderme del perro, lo aceptaron, a condicin de que lo
llevara siempre conmigo y no lo tuviera en el cuarto mas que de noche.

La casa del seor Fernndez de la Encina era una casa vieja, a la que
por una casualidad le daba el sol; tena muchos cuartos, con un piso de
baldosas rojas que se deshacan.

No haba en aquella casa ni una arista aplomada, ni un ngulo recto;
todo pareca andar bailando, y muchas veces se me figuraba que los
techos y las paredes iban a venirse al suelo.

Al principio, la vida en casa del seor Fernndez de la Encina me
pareci un tanto montona; pero me fu acostumbrando hasta encontrarla
bien.

El seor Fernndez era un poco petulante, y hablaba de su familia y de
sus posesiones de Extremadura como un hidalgo venido a menos.

Su mujer, doa Menca, una seora de cara plida y agria, se lamentaba
siempre de la caresta de la vida, y tena que explicarme lo que
costaban cuantos manjares pona en la mesa.

--Ya ve usted, don Juan--me deca--, este escabeche que est usted
comiendo me ha costado dos reales. No sabe usted cmo est la plaza.

Doa Menca hablaba el castellano como un libro, con unos giros tan
acadmicos y una cantidad tal de palabras, que me sorprenda.

Los otros huspedes de la casa eran un matrimonio que haba venido de
un pueblo de Andaluca.

Los dos, muy viejecillos, tenan cierta gracia, por lo amartelados que
estaban.

De las hijas del seor de la Encina, la mayor era una solterona ya
marchita y de mal genio, que haca labores. La segunda, muy decidida,
iba y vena y estaba siempre en la calle; y la pequea, la Paquita,
tena aficin a las cosas de la casa, administraba los caudales
familiares e impulsaba a moverse a la criada, una asturiana que se
dorma de pie, se olvidaba de todo y tiraba las salsas encima de los
comensales.

El hijo, el ms joven de todos, era un diablo; estaba constantemente
haciendo ruido, pegando a los gatos, y aspiraba a ser miliciano
nacional.

La madre y las nias se pasaban la mitad de la vida cosiendo en el
balcn, debajo de una cortina de lona. Tenan all algunos tiestos con
geranios y claveles, y para ellas el balconcito ste era un Versalles.

Enfrente, en la vecindad, vivan unos muchachos, y solan pasarse los
vecinos cestitas con caramelos y con cartas.

La hija menor, la Paquita, sola bromear conmigo y me preguntaba si
tena novia en Inglaterra. Yo le contestaba contndole mentiras, y ella
me deca:

--Ay, don Juan, don Juan! Es usted un pillo.

En el piso bajo de la casa trabajaba un sillero, picado de viruelas,
que se llamaba Deogracias y que tocaba la guitarra; en su tenducho se
reuna una tertulia de milicianos.

All sola or contar lo que ocurra en Madrid.

Los sbados, el Deogracias y su hijo salan al portal, el uno con la
guitarra y el otro con la bandurria, y tocaban ellos y bailaban las
chicas de la vecindad.

La Paquita, la nia pequea de doa Menca, bailaba con mucha gracia el
bolero.

--Es muy bonita mi nia; no es verdad, seor ingls?--me deca su
madre.

--Ya lo creo.

Todos los muchachos de la vecindad andaban tras ella, y los domingos,
despus de misa mayor, aparecan en la calle tres o cuatro lechuguinos
con aire de Tenorio.




                                  II

                       DIGRESIONES SOBRE EL PAS


EN la sillera de Deogracias, como en el taller del Museo de Historia
Natural, como en la mesa de La Fontana de Oro, adonde sola ir de
cuando en cuando por la noche, no se haca mas que discutir de
poltica. Quiz no se razonaba gran cosa; pero se pona en las
discusiones mucho fuego y apasionamiento.

El presenciar estos altercados me di la idea de que Espaa perda por
completo su antigua homogeneidad. El pas no poda transformarse en
bloque y se escinda violentamente. El Gobierno revolucionario haba
dado una carrera en una senda obscura y estaba ya perdido, sin poder
orientarse. Su empujn haba desgarrado ms el espritu del pas y no
era posible ya un zurcido. La clase pobre en Madrid segua su vida a la
antigua, en sus callejuelas estrechas y srdidas, y tena sus majos y
sus majas, sus manolas, sus toreros, sus bravucones, sus menestrales,
que empeaban el colchn para ir a los toros; sus maestros zapateros y
herreros, que trabajaban en un portalillo o en la calle; sus aguadores,
sus rateros, sus mozas de partido, sus ciegos que tocaban la guitarra
en los rincones...

La clase directora quera transformar esto rpidamente, y como no
poda, se quejaba del pueblo.

Les pasaba lo que a algunos extranjeros que haban venido a Espaa
creyendo que la Revolucin iba a cambiar el pas en un momento.

--Esto no es Europa--solan decir, y hablaban de Pars, de Londres, de
Bruselas.

Los tales franceses e ingleses suponan que no hay mas que un figurn
para vestir a los pueblos y un modo, uno e indivisible, de hacer su
dicha.

Esto, por lo menos, no est probado. Yo, por mi parte, creo que cada
cual debe buscar la felicidad a su manera; cada cual bebe en la fuente
de la vida cuando puede y como puede.

Mucha gente cree que no hay mas que una felicidad para el individuo:
ser rico, respetable, etc., etc.; pero hay hombres que son felices
contemplando un paisaje, otros interviniendo en una intriga, otros
pensando exclusivamente en las mujeres, otros trabajando en un
laboratorio, otros mirando un campo verde. La vida de cada uno tiene
sus directrices. El poder seguirlas lo ms exactamente posible es el
sentirse bien, y lo mismo pasa en los pueblos. Claro que esto no se
puede conseguir fcilmente; pero, por qu hemos de creer que no hay
para el hombre mas que una clase de felicidad? Por qu hay que pensar
que nicamente el voto y el sistema parlamentario y lo que llaman la
democracia es la felicidad y el progreso de los pueblos?

Algunos dicen que para saber si las cosas son buenas no hay mas que
confrontarlas con la realidad. Pero cul es la realidad?

Hay mucha gente que cree que la realidad es slo lo tangible, como si
el tacto fuera un sentido de exactitud matemtica. Tan realidad es
una piedra como una nube; no hay ms diferencia que a la piedra se le
siente con el tacto y con los ojos, y a la nube slo con los ojos. En
la Naturaleza misma no es fcil distinguir la realidad. Y si en la
Naturaleza no es fcil distinguir la realidad, cmo se va a distinguir
en los hechos sociales?

Cuando yo discuta con mis amigos de Madrid de poltica y de filosofa
me tenan por un perturbador.

--Nuestras conclusiones estn demostradas; son definitivas--afirmaban
ellos.

Es notable el afn de los polticos de conclur, de no dejar nada que
hacer a los que vengan detrs.

Esto es lo definitivo, lo verdadero, lo inatacable--dicen los de los
ojos miopes, y lo creen cndidamente.

Qu sabemos nosotros qu es lo definitivo y lo que no lo es? No va
rodando la verdad por el mundo y cambiando de aspecto de poca en
poca? Ms definitivo que la democracia y el parlamentarismo pareci
en su tiempo Jpiter con su cortejo de dioses, y se vino abajo; ms
definitivo ha parecido Jehov, y ya se retira entre bastidores con su
cortejo de profetas de barba negra y de nariz de loro; tan verdadero
como el sistema de Coprnico se crey el de Hiparco, corregido por
Ptolomeo...

Qu imprudencia ms ridcula hablar de lo definitivo! Qu ganas de
cerrar puertas que han de abrir los que vengan detrs!

Por eso yo le suelo decir constantemente a Philonous:

--Amigo can. Dejemos las conclusiones para los imbciles.




                                  III

                           SALIDA DE MADRID


EL ambiente de Madrid, de broma y de vida picaresca, me cogi a m
de lleno. Vi que no se trabajaba apenas en el taller del Museo y que
nadie tomaba aquello en serio, e hice como los dems: ir cada vez ms
tarde, y acabar por no aparecer. Algunos amigos masones me dijeron
que mientras ellos siguieran en el mando disfrutara del sueldo con
seguridad; pero que cuando salieran del Poder no durara mi empleo ms
que una semana a lo sumo.

Escrib a Will Tick dicindole lo que haba hecho en mi viaje, y me
contest una larga carta; me contaba que le haban nombrado secretario
de una sociedad de filohelenos de Londres, y que l, a su vez, me
haba nombrado agente de esta sociedad en Espaa. Aada que para
junio me giraran una cantidad a Sevilla con el objeto de que comprara
armas y las llevara a Gibraltar, y me indicaba que si yo conoca
algunas personas simpatizadoras del movimiento libertador de Grecia
iniciara una suscripcin y me quedase con los cuartos. Pens que si
no encontraba otro recurso acudira a ste, preparndome de antemano
alguna mxima jesutica y una gruesa de reservas mentales.

Mientrastanto, ya sin ocuparme de mi destino mas que para cobrar,
comenzaba a tomarle gusto a Madrid: formaba corrillos con los
liberales y los serviles, oa las letanas de los ciegos e iba a
la vuelta de los toros a ver las manolas en los calesines y a los
picadores con los monosabios en las ancas de los caballos.

Una persona con quien sola reunirme casi todos los das era un tal
Patricio Moore, ex fraile espaol, de origen irlands, exaltado y
afiliado al carbonarismo.

Con l andaban dos italianos de aire muy misterioso, con los bigotes
erizados, y un cmico, hombre de ciertas condiciones geniales en su
oficio, pero que abusaba del alcohol e iba enronqueciendo por momentos.

Todos ellos eran republicanos y vivan en una exaltacin perpetua,
hablando y perorando constantemente. Yo me encontraba con ellos
casi siempre en desacuerdo y me parecan proyectos utpicos los que
ellos consideraban realizables, y al contrario. Una de las cosas que
se discuta a todas horas entre ellos era si deba haber una o dos
Cmaras representativas. Pareca imposible que una cuestin as pudiera
apasionar a la gente. Claro que al pueblo esto le tena sin cuidado;
pero ellos suponan que el pueblo era una entidad que haban inventado
y que serva para realizar las ms estpidas de las utopas.

No comprendan estos reformadores que se encontraban en Espaa en una
minora insignificante, porque no slo en el campo, en donde todos eran
realistas, sino en Madrid mismo, no estaban los liberales con relacin
a los serviles en proporcin de uno a diez.

Patricio Moore y sus amigos me tachaban de poco afecto al nuevo
rgimen y de que miraba las cosas serias con indiferencia. Yo no
poda entusiasmarme en el mismo grado que ellos ni llegar a la pasin
ardiente por una cuestin de palabras.

Cuando los soldados del duque de Angulema se presentaron en la
frontera, la expectacin pblica se hizo enorme: algunos crean que si
entraban los franceses volvera una poca como la de la Independencia;
pero la mayora de la gente vea que los momentos eran distintos.

En la tertulia de Deogracias, el sillero de la calle de la Encomienda,
explic un criado del conde de Montijo cmo su amo estaba trabajando
por el partido que llamaban de los anilleros o moderados, y cmo
estaban de acuerdo los generales O'Donnell, Ballesteros, Morillo y los
amigos de Martnez Rosa en intentar el cambio de la Constitucin.

Este mismo criado de Montijo, liberal acrrimo, nos cont una escena
que ocurri en el palacio del conde, en la plazuela del Angel, entre
Montijo y el Empecinado.

Montijo haba convidado a comer a D. Juan Martn y a su ayudante
Aviraneta y les esper en compaa de una muchacha, querida suya.
Se sentaron los cuatro a la mesa y hablaron de cosas indiferentes.
Cuando acabaron de tomar el caf, Montijo invit al Empecinado a
pasar a su gabinete. El ayudante qued solo con la muchacha y comenz
a galantearla; ella se rea. En esto se oy un estrpito de voces;
la muchacha llam al criado, se forz la puerta del gabinete y se
vi al conde de Montijo debajo de una mesa gritando y al Empecinado
amenazndole con el bastn en la mano. La muchacha empez a chillar;
pero el conde le tap la boca, y el Empecinado y su ayudante se
fueron. Uno de los criados haba visto y odo lo ocurrido. El conde
haba tratado de convencer al Empecinado de que era necesario cambiar
de Gobierno y acabar con la Constitucin; despus le haba intentado
sobornar, y en vista de la frialdad del guerrillero le dijo con clera:
Es usted un bruto, incapaz de sacramentos. Entonces el Empecinado,
enfurecido, le di tal bofetn al conde que le tir al suelo, y
enarbolando el bastn intent pegarle.

El criado que nos cont esto nos di tantos detalles, que no nos dej
duda alguna de que la escena era cierta.

Al entrar los franceses en Espaa, la clera de unos y el desaliento de
los otros se acentu.

Por esta poca hubo un cambio de ministerio y me dijeron en el Museo
que haban suprimido mi plaza y que estaba de ms.

Tena guardado algn dinero, y como no me convena esperar, me decid a
marcharme a Sevilla sin tardanza. Hice mi maleta, y con mis documentos
en regla y una recomendacin eficaz para la logia masnica del Oriente
Escocs, dispuse el viaje.

Me desped del seor Fernndez de la Encina y familia, que me dijeron
que me quedara con ellos hasta encontrar trabajo, y tom la diligencia.

Quise llevar conmigo a Philonous, pero el perro se opuso. Al subir yo
al coche se me qued mirando como diciendo; Esto no es lo pactado entre
nosotros; y dando una vuelta, se fu.

Le dediqu un recuerdo sentimental y segu adelante.

En el camino tuvimos un ligero tropiezo con una partida de realistas
que mandaba un sacristn, lugarteniente de Palillos.

Entre Andjar y Carmona se habl constantemente, en la diligencia, del
peligro de encontrar partidas de bandoleros; pero no las encontramos, y
llegamos con toda felicidad a Sevilla.




                                  IV

                  DE SEVILLA A LA CRCEL DE SANLCAR


LLEGU a Sevilla con bastante dinero para esperar un mes. Era ya
verano; haca un calor respetable.

Acud a la logia masnica, donde trab algunos conocimientos, y estuve
en casa de un banquero representante de Beltrn de Lis, el cual me dijo
que en seguida que recibiera el aviso de los filohelenos de Londres me
pagara.

Este banquero me present a varias personas, entre ellas a una inglesa
viuda, la seora Landon, y a su sobrina Mercedes.

El tiempo que estuve en Sevilla lo pas bien. A pesar de las trifulcas
polticas, la vida era all alegre. Se bailaba en todas partes; y yo,
siguiendo el ejemplo de otros seores, fu a una academia de baile que
diriga un hidalgo apellidado Alvarez de Acua. Alvarez de Acua era
una de las personas ms serias de la Pennsula. Pocos hombres ponen
tan buena fe en su sacerdocio. El daba a la ciencia del baile todo lo
necesario, y cada pirueta suya tena la estabilidad de un axioma y la
transcendencia de un dogma.

Alvarez de Acua era un hombrecito pequeo y canoso, con una cara tan
movible que pareca de goma. Exageraba la gesticulacin de tal modo,
que yo me figuraba si hara gimnasia con la cara. Vesta con una
pulcritud excesiva y tena la costumbre de taparse la boca con la mano
derecha, como considerando cnico el mostrar una mella de su dentadura.

En la academia de Alvarez de Acua conoc a mucha gente joven; se
supuso, no s por qu, que yo era hombre rico, y aunque afirm
repetidas veces que no, no se me crey.

Mientras yo me diverta, los asuntos de Espaa iban de mal en peor;
los franceses ocuparon Madrid, y presenci su entrada en Sevilla y el
alboroto que armaron la gente de Triana y los gitanos en contra de los
liberales y a favor de Fernando VII.

Una da de agosto recib una carta de Will Tick en la que me deca
que fuese a Cdiz y esperara all un brick-barca que vendra con un
cargamento de fusiles para Missolonghi.

Todo el mundo me dijo que por tierra sera muy difcil llegar a Cdiz,
y que me prenderan.

Tom en Triana un barquito de vapor que se llamaba el _Guadalquivir_, y
bajando el ro llegu hasta Bonanza. Desembarqu y fu a hospedarme a
un fonducho lleno de oficiales franceses.

Iba a salir inmediatamente, cuando el dueo de la fonda me recomend no
saliera.

--Pues qu pasa?--pregunt.

--Pasa, que la playa de Sanlcar est llena de ladrones y bandidos y al
extranjero que lo pescan lo cosen a pualadas.

--No hay vigilancia?

--S; andan rondando patrullas francesas de caballera, infantera y
gendarmes.

--Pues yo necesito trasladarme a Sanlcar para ir a Cdiz.

--Le ser a usted imposible.

--Por qu?

--Porque todos los barcos de estos puertos y los vapores del
Guadalquivir estn embargados por las autoridades francesas para llevar
municiones al Puerto de Santa Mara.

--Y qu se dice de la guerra?

--La gente dice que Cdiz resistir ya muy poco.

Me acost sin resolver el plan de viaje. Dorm profundamente, y a la
maana siguiente me encontr sorprendido al ver que entraban en mi
cuarto un sargento y cuatro soldados realistas. Venan a prenderme.

--Esto es una equivocacin!--exclam yo--. Yo soy una persona pacfica.

--S, ser cierto--me replic el sargento--; pero tenemos la orden de
conducirle a usted preso a Sanlcar de Barrameda.

Pens si me habra denunciado el fondista; aunque ste me jur que no
haba hablado a nadie de mi presencia all.

Pagu la fonda, tom un calesn para preservarme del sol de fuego
que caa, y al paso, y escoltado por los cuatro soldados, salimos de
Bonanza.

El sargento de realistas subi conmigo en el calesn y fuimos hablando.
Me cont que era bodeguero y cachicn de un rico propietario de
Sanlcar que estaba en Cdiz con los liberales, y que l haba tomado
el partido de inscribirse en la Milicia realista para defender los
intereses de su amo contra la barbarie de los absolutistas, que estaban
fanatizados por algunos frailes y clrigos furibundos.

Llegamos al pueblo de Sanlcar, y entre grupos de campesinos y de
soldados franceses nos acercamos a casa del comandante de voluntarios
realistas.

Entramos en una sala de estas de los pueblos espaoles, llenas de
cortinas, que tienen aire de capillitas, y me llevaron a la presencia
del comandante, que estaba en compaa de un cura.

El comandante era un hombre rechoncho, de unos cincuenta aos, con
los ojos chiquitos y negros, la cara muy carnosa y roja y una levita
entallada. Le salud y comenz a interrogarme.

Conferenciaron despus el clrigo y el comandante y me dijeron que
tena que ir a la crcel pblica.

Protest, pero fu intil.

Sal en compaa del sargento; tomamos de nuevo el calesn y bajamos
delante de la crcel, en una plaza cuadrada. El sargento di dos
aldabonazos, abri un soldado un rastrillo, y pasamos adentro por un
corredor hasta otra puerta. Se volvi a llamar: se descorrieron varios
cerrojos; gir un postigo, y un hombre viejo y seco, con una gorrilla
en la cabeza, me hizo pasar a una cuadra grande, donde haba unos cien
hombres; unos sentados, otros tendidos, unos charlando y otros fumando.

Salud a derecha e izquierda, sonriendo amablemente, y me retir a un
rincn.

--Es un francs--decan unos.

--No; es un ingls.

En esto dos hombres ennegrecidos y malencarados se abanlanzaron a m, y
cogindome uno de ellos de la barbilla me dijo:

--Oiga uzt, ingl. Ya zabe la obligasin de loz novatoz.

--No s nada. Qu obligacin es?

--Apoquine uzt aqu la mit del dinero que yeva y haga cuenta que noz
ha entendo.

--Yo? Ca!--exclam.

--Vamoz, cabayero, zuelte uzt el dinero--dijo el otro con sorna--, que
en nuestraz manoz eztar mz zeguro, porque aqu hay mucha gente perda
y ze lo podran robar.

Volv yo a agitar la cabeza con energa en seal de negacin, y uno de
los matones, metindome la mano en el bolsillo, me sac el pauelo.

Le agarr yo inmediatamente de la chaqueta, y como le tena sujeto
y l quera escaparse, se desgarr la chaqueta hasta el hombro. El
matn, al ver la prenda de vestir rota, dijo que la estimaba ms que
a su propia piel y que aquella ofensa no se poda lavar mas que con
sangre. Efectivamente, abri la navaja; pero yo, con una rapidez
extraordinaria, le agarr de la mueca y se la estruj con tal fuerza
que tuvo que soltar el arma, dando unos chillidos que cre que le haba
roto el brazo.

El otro matn se me acerc de lado, con la navaja escondida en la
manga; pero acert a darle una patada tan definitiva en la parte ms
redonda de su individuo, que le dej en potencia propincua para hacer,
a estilo de Fielding, una luminosa disertacin acerca de los puntapis
en el trasero.

Despus de la batalla recog la navaja del primer matn, que era una
navaja realista, pues en la hoja, a un lado, pona: Muero por mi rey,
y, en el otro: Peleo a gusto matando negros.

La ria ma haba producido un tremendo estrpito entre los presos;
unos estaban a mi favor, otros en contra. Se gritaba y se chillaba con
exageraciones y frases cmicas que se lanzaban unos a otros.

--Que traigan el zanto leo para ezte ze, porque lo voy a
matar--deca uno.

--Encomindeze uzt a Dioz--gritaba otro.

En esto entraron los calaboceros repartiendo estacazos a diestro y
siniestro, seguidos del alcaide. El alcaide prendi a los dos matones y
me interrog. Era un hombre tuerto, alto, seco, membrudo y malencarado.

Le cont lo que haba ocurrido y decidi sacarme de aquella cuadra y
llevarme a la alcaida.




                                   V

                          NIEVES LA ALCAIDESA


EN compaa del tuerto sal de la cuadra, recorr un largo pasillo,
subimos una escalera de madera y entramos en una hermosa casa. Era la
alcaida. En una salita, cosiendo, haba una mujer. El tuerto me dijo
que era su seora. Se llamaba Nieves.

Era la Nieves una mujer soberbia, de unos treinta aos, morena, de
tipo rabe, los ojos negros, rasgados, el pelo de bano, los dientes
deslumbrantes y la boca pequea. Haba nacido en Ceuta.

Explic el tuerto a su mujer lo que me haba pasado. Nos sentamos.
Luego el tuerto habl largo rato. Era un aventurero. Haba sido
sargento de artillera en Orn y vivido mucho tiempo entre los moros.

El alcaide, despus de contarme largas historias muy interesantes, dijo
a su mujer que me arreglara dos comidas al da, me pusiera una cama y
me llevara lo que bien le pareciera. Dicho esto, el hombre se march y
nos quedamos la alcaidesa y yo solos.

Me pregunt quin era y por qu me haban metido en la crcel, y se lo
cont. Estuvimos charlando amablemente largo rato.

Por la noche, antes de la hora de cenar, vino el tuerto y me dijo que
el comandante de los voluntarios realistas, el amo del pueblo en aquel
momento, haba sabido mi ria en la crcel con los matones, lo que
le hizo mucha gracia, y aadi que poda estar yo en la alcaida con
tranquilidad hasta que se enviara la remesa de presos a Sevilla, y que
me autorizaba para salir a pasear por la ciudad con una persona de
confianza.

--Bueno; entonses zaldr conmigo--dijo la Nieves--. Eh, qu parese
ingl?

--Yo encantado. Si su marido lo permite.

--Nada, nada; aqu mando yo.

Se march el tuerto y qued solo con la alcaidesa y la criada.

Pusieron la mesa y dos cubiertos.

--Su marido de usted no come con nosotros?--pregunt.

--No; l come zolo y yo tambin.

Me sirvi la sopa, un puchero con garbanzos y jamn, y un buen trozo
de carne, un plato de verdura, luego una perdiz asada, despus pescado
frito, aceitunas en abundancia, todo esto regado con vino de Manzanilla
de Sanlcar y tinto de Rota.

Yo com como un brbaro, y algo arrepentido le dije a la alcaidesa:

--He comido como un prncipe, como un prncipe hambriento; pero temo no
poder estar aqu mucho tiempo, porque esto debe costar mucho.

--Te yevar trez pezetaz al da--dijo la Nieves, que se haba empeado
en hablarme de t.

--Tres pesetas?

--Z.

--Pero se va usted a arruinar!

--Ezo a ti no te importa. Ahora me voy a veztir y noz vamoz al caf.

Esper un momento, y poco despus se present la Nieves muy peinada,
con grandes rizos, vestida de negro, con mantilla de casco y una rosa
roja en la mata negra del pelo.

--Eztoy bien az?--me dijo.

--Como la mismsima diosa Venus.

--Bueno, bueno; pocaz bromaz, que tengo mal genio.

--Pues no sabe usted lo que a m me gustan las mujeres de mal genio,
patrona--le dije yo.

--Vamoz, sosn, zangre gorda! Arrglate.

La alcaidesa me mir, me arregl la corbata y se ech a rer.

Cruzamos unas calles, salimos a la plaza de la Constitucin, que ya era
de la ex Constitucin, y entramos en un caf lleno de gente.

La Nieves y yo llamamos la atencin de todos los espectadores; las
mujeres hablaban de m; aseguraban que era un ingls millonario y
liberal; los franceses se entusiasmaban con la gracia y el garbo de la
Nieves.

--Oh, quelle belle fille!--se les oa decir--. C'est un vrai tipe
d'andalouse! Voil una vritable manola.

Salimos del caf y estuvimos paseando por la plaza.

Haba muchas chicas bonitas, de ojos negros y vivos, en el paseo. Este
cantar que o por entonces me pareci muy legitimado:

      Para alcarrazas, Chiclana;
    para trigo, Trebujena,
    y para nias bonitas,
    Sanlcar de Barrameda.

A las once de la noche mi patrona se cans de pasear y nos volvimos a
la crcel.




                                  VI

                          LAS RECOMENDACIONES


AQUELLA noche me acost en una hermosa cama y dorm hasta las ocho.
Poco despus la Nieves abri la ventana y me trajo un vaso de leche
azucarada, con una torta, y me dijo que la tomase bien caliente y que
no me levantase hasta las diez.

--Seora--le dije--: me trata usted demasiado bien; yo debo ser quien
tenga el honor de servir a usted.

--A m no me llamez zeora. Erez un tonto, ingl.

--S; pero soy un tonto bien cuidado.

Me levant de la cama y me vest.

--Ahora vamoz a zalir--dijo ella.

--Bueno.

Salimos a la calle y fuimos a la parroquia.

--Le advierto a usted que soy protestante--le dije, para ver qu
contestaba.

--Qu me cuentaz con ezo?--exclam ella con desgarro--. Que erez
hereje? Pues hijo mo, dilo en alta vo y te llevarn al palo.

Yo quise convencerla seriamente de que todo el mundo tiene derecho a
profesar sus ideas religiosas; pero no me hizo caso y fu necesario
or misa, tomar agua bendita y hasta darse golpes de pecho como un
verdadero papista.

Al salir de la iglesia me dijo:

--Ahora vamoz a ve a mi comadre, que ez prima del comandante de
voluntarioz realiztaz, a ver si hase algo por ti.

--Vamos donde usted quiera.

La comadre era una mujerona morenaza y atrevida.

--De dnde haz zacado a ezte inglezote?--le dijo a mi patrona, al
verme.

La Nieves le cont lo que me haba pasado; dijo que yo era un inocente
completo y que quera que ella hablase al comandante de realistas para
que no hicieran una charranada conmigo.

La comadre dijo que hara lo que pudiese; pero que la Nieves deba
hablar tambin al primo de una amiga del ama del cura que era consejero
del comandante.

Por la conversacin resultaba que no se haca absolutamente nada en el
pueblo mas que por recomendaciones.

Esta red de influencias y de manejos maquiavlicos lo tena todo minado.

Era imposible que hubiese as la ms ligera sombra de justicia en el
pueblo.

Despus de la visita a la comadre de la Nieves volvimos a la crcel.

Estuve seis das en la alcaida. Para no quedar torpe con la
inmovilidad y la buena alimentacin me dedicaba a hacer gimnasia; luego
hablaba con mi patrona.

La Nieves llevaba y traa a su marido como a un cordero; ella vesta
los pantalones en la casa, y, segn las malas lenguas, empleaba de
cuando en cuando y con gran eficacia una vara de fresno, con la cual
devolva la razn a su marido, que la perda en la taberna, por lo
menos una vez por semana.

Por lo que me dijeron, esta costumbre la inaugur una noche que el
tuerto, de mal humor, quiso emplear con su mujer el mismo procedimiento
que empleaba con los presos; es decir, el del garrote; pero ella se lo
quit a tiempo y le supo administrar tal paliza que el tuerto qued
convencido para siempre de la superioridad de su mujer.




                                  VII

                             EN EL CAMINO


A los seis das de vivir en casa de la Nieves la comadre suya me avis
que a la maana siguiente iban a trasladar a los presos a Sevilla; yo
ira a caballo con el sargento.

Efectivamente; antes de la siete se present la escolta a la puerta de
la crcel. Sacaron de ella unos ochenta presos, cincuenta milicianos y
soldados prisioneros del Trocadero, y el resto, de delitos comunes.

El comandante de realistas y la comadre de la alcaidesa vinieron a
saludarme, y la Nieves me abraz casi llorando.

Sub a mi caballo, y al lado del sargento, que montaba una linda jaca
cordobesa, salimos del pueblo.

Llegamos a las tres horas a una venta del camino entre Sanlcar y
Trebujena y se detuvo nuestra comitiva. A los presos de delitos comunes
se les meti en un corral, debajo de un cobertizo; a los polticos se
les llev a una cuadra, y nosotros, el sargento y yo, quedamos en el
ventorro.

Entramos en la cocina, que era enorme, y hablamos con la ventera. Nos
dijo que si no queramos esperar poda darnos al momento una sopa,
un puchero, una cazuela de arroz con conejo, un plato de callos y
ensalada.

--Qu le parece a usted?--me pregunt el sargento.

--Que luego es tarde, como deca mi patrona.

Nos sentamos en una mesita pequea, dispuestos a comer, cuando estall
un gran escndalo en el zagun; salimos a ver qu pasaba y vimos a un
grupo de oficiales franceses acompaados por una pequea escolta.

Hablaban de una manera tan desptica y tan desagradable, que para
cortar las explicaciones sal yo al portal y me ofrec a servirles de
intrprete y de amistoso componedor.

Los franceses queran habitaciones para dos jefes; el ventero se las
pudo proporcionar.

Arreglada la cosa comimos el sargento y yo en paz en un rincn de la
cocina.

Habamos dado buena cuenta de la sopa, del cocido y del arroz con
conejo, e bamos a comenzar con los callos cuando me acord de los
presos liberales que venan con nosotros, y dije:

--Habr comido esa pobre gente?

--S, algo tendrn.

--Quines son estos presos polticos?

--Son catalanes--me dijo el sargento--que estaban en el ejrcito de
Cdiz. Parece que hicieron una salida de la isla a los pinares de
Chiclana y se vieron rodeados por los franceses. Quisieron resistir,
pero la mitad de ellos murieron, y los dems quedaron prisioneros con
el teniente.

--Bueno; vamos a llevarles esta fuente de callos. Les comprar unos
panes y unas botellas de vino.--Lo hice as; entramos en una tejavana,
y habl yo con el teniente cataln, quien me confes que tena un
hambre que se le nublaba la vista, y que nuestra aparicin en el corral
con la fuente de callos y los panes le haba parecido ms sublime que
todas las apariciones celestes.

A las dos horas de llegar a la venta el sargento di la orden de marcha
y nos formamos todos.

Uno de los militares franceses, comandante de la gendarmera real,
estaba en el balcn de la posada.

--Es que es usted el jefe de esta canalla de soldados de la Fe?--me
pregunt en francs, de una manera incisiva y seca.

--Esta canalla se ha formado gracias a la proteccin y a los cuidados
de ustedes los franceses--le dije, inclinndome.

--Ya lo s. Es una vergenza para la Francia. En calidad de qu va
usted con esa tropa?

--Voy como prisionero a que me identifiquen en Sevilla.

El comandante me di su nombre y sus seas, ofrecindose por si me
poda ser til en algo, y echamos a andar.

--Qu le ha dicho a usted ese franchute?--me pregunt el sargento.

--Me ha preguntado por qu iba en la comitiva.

--Qu gente! Se tienen que meter en todo; ya se creen otra vez los
amos de Espaa.

Al salir del camino de Trebujena y desembocar en la carretera que va
de Jerez de la Frontera a Lebrija, se acerc a nosotros un escuadrn
de caballera espaola. Iban diez o doce jefes, entre ellos un edecn
francs, escoltando a un general.

El general era un hombre ya viejo, de cara correcta, patillas blancas,
ojos claros y aspecto malhumorado.

Uno de los jefes del escuadrn se par a preguntar al sargento quin
era yo, y el sargento pregunt a su vez a un soldado quin era el
general que escoltaban, a lo que contest diciendo que era don
Francisco Ballesteros, un militar de los liberales exaltados que
acababa de capitular de una manera ms que sospechosa.

Al anochecer llegamos a Lebrija, y el sargento y yo fuimos enviados a
casa de un labrador rico, de ideas liberales, que nos trat muy bien.




                             CUARTA PARTE

                              PRISIONERO




                                   I

                          EL SALN DE CORTES


EL da 27 de septiembre de 1823, a las once de la maana, llegbamos
los presos a la capital de Andaluca y hacamos nuestra entrada
triunfal en medio de gritos y mueras y de alguno que otro tomate
podrido o troncho de berza con que nos obsequiaba el pueblo soberano.

Fuimos todos a parar a la subdelegacin de polica.

El subdelegado estaba en Alcal de Guadaira, y nos recibi su
secretario.

Interrog al sargento rpidamente y mand que llevaran a los presos por
delitos comunes a la crcel, a los soldados catalanes a la comandancia
militar, y a m al Saln de Cortes.

El sargento distribuy su fuerza y me envi con un soldado a mi
destino. Aquel Saln de Cortes era un antiguo cuartel de artillera,
que antes haba sido colegio de jesutas. Me recibi el alcaide, un
andaluz de unos sesenta aos, a quien llamaban el seor Pepe, hombre
que para dar mayor brillo a su figura vesta un frac viejo y un
sombrero de copa.

--Ez uzt ingl?--me dijo.

--S, seor.

--No z zi estar uzt bien aqu, porque loz ingleze zon muy amigoz de
comodidadez; pero vngaze al zaln, y ay ze encontrar entre cabayeroz.

Entr en el saln, y fu muy bien acogido por aquellos seores
liberales presos.

El seor Pepe, el alcaide, me alquil dos colchones y una almohada, y
buscando sitio para hacer mi nido encontr una pequea tribuna vacante,
donde me instal.

Poco despus del medioda, los presos se disponan a comer en las
mesas, formando grupos. Como yo no perteneca a ninguno de ellos, me
sent por separado en un banco y me prepar a comer un poco de pescado
frito y pan, que me vendi el alcaide por seis reales.

Los de la mesa inmediata me instaron a que me reuniese con ellos;
les di las gracias, diciendo que no tena ganas; pero dos seores se
levantaron, me agarraron, me pusieron de pie y me obligaron a sentarme
a su lado.

Comimos admirablemente, y algunos de aquellos sevillanos me dieron
broma por mi falta de apetito.

--Un muchacho como ste, como un castillo, y adems ingls--deca un
viejo--, se traga todo lo que le pongan.

Despus de comer y de tomar caf se quitaron las mesas, y unos se
pusieron a fumar sentados en las sillas, y otros a pasear por la
antigua iglesia, como si estuvieran en una plazoleta.

Hubo discusiones violentas, interrumpidas por chistes; luego un
seor se subi en una silla y ech un discurso muy retrico que fu
estrepitosamente aplaudido.

Aquello me daba una impresin un poco rara: no se poda comprender si
iba en serio o en broma.

La mayor parte de los presos eran caballeros y ricos propietarios de
Sevilla.

Se pas la tarde as, y al anochecer comenzaron a entrar en el saln
las familias, los parientes y amigos de los presos.

A la hora estaba llena la antigua capilla. Se encendieron las lmparas,
se pusieron mesas de juego y el saln se convirti en un gran caf.

Asistieron tambin muchos oficiales de artillera y algunos jefes de la
guarnicin.

Yo me pase con un coronel llamado Rosales y un cannigo grueso que
estaba detenido como liberal: el cannigo Molinedo.

El coronel Rosales y el cannigo dijeron que las noticias de Cdiz eran
muy malas y que el Gobierno constitucional haba hecho proposiciones de
paz a los franceses.

A las once se di la orden de evacuar el saln por las familias y gente
extraa. Cada cual se dispuso a acostarse; yo me met en mi tribuna, y
tendido en el colchn pas la noche en un sueo.




                                  II

                           LA SEORA LANDON


AL da siguiente me despert temprano, me lav y me vest, y sal a
pasear por los claustros del convento.

Le dije al seor Pepe, el alcaide, que me permitiera hacer gimnasia en
el claustro, porque me apoltronaba estando quieto.

El seor Pepe debi desconfiar, porque puso un subordinado suyo, un
hombre bajito y rubio, para que me vigilara. No tena aquel guardin un
aire tranquilizador. Se me figur conocerle, aunque no saba de qu.

Hice una porcin de flexiones en el montante de una puerta, bastante
fuerte para sostenerme a m, y anduve despus con las manos, con la
cabeza para abajo y los pies para arriba.

Me encontraba en esta actitud cuando o risas de mujer; volv a mi
posicin natural y me encontr con la seora Landon y su sobrina
Mercedes.

--Hace usted unas planchas preciosas--me dijo Mercedes, burlonamente.

--S, no las hago mal. Y qu las trae a ustedes por aqu?

--Vengo por usted--me dijo la seora Landon--. Me hablaron ayer de un
ingls que estaba preso de las seas de usted, y venimos a verle.

Yo me inclin muy reconocido.

Aadi la seora Landon que conoca mucho al subdelegado de polica
de Sevilla, don Lorenzo Hernndez de Alba, y que inmediatamente que
volviera de Alcal de Guadaira le hablara para que me dejaran en
libertad.

--Yo supongo que usted no ser ningn Bruto. No habr usted matado a
ningn tirano?

--No, no. A no ser en sueos.

--Entonces creo que le libraremos a usted.

Le di mis ms expresivas gracias, y la seora Landon aadi que
mandara enviar una cama y ropa blanca para m, y que encargara a una
fonda mi comida y almuerzo.

--Seora--le dije--, que no me manden mucha comida, porque la comer
toda y me pondr pesado y no podr hacer estos ejercicios.

La seorita Mercedes se rea. Charlaron un largo rato conmigo, dijeron
que volveran al da siguiente y se fueron.

Yo me reun con el cannigo grueso de la noche anterior y con un joven
capitn que se llamaba Iscar.

Iscar era un hombre muy nervioso y muy vivo, que haba tomado parte en
varios movimientos revolucionarios. Fu el brazo derecho del general
Porlier cuando ste intent levantarse en Galicia con el marqus de
Viluma. Fracasada la empresa de Porlier y fusilado el general, a
quien llamaban el Marquesito, Iscar, Viluma y los dems complicados
estuvieron presos en La Corua durante algn tiempo.

--Ha tenido usted la visita de una seora principal de Sevilla--me dijo
el cannigo.

--S, la seora Landon.

--Los sevillanos que estn aqu han quedado un poco asombrados de la
visita, y dicen que debe usted ser hombre de gran familia y posicin.

--No, no. Soy de familia modesta.

El cannigo sonri con incredulidad. En esto pas el hombrecito rubio
que me haba vigilado mientras yo haca gimnasia, y el capitn Iscar se
abalanz a l.

El hombre rubio mir antes a derecha e izquierda con gran alarma,
hablaron los dos un rato rpidamente y se separaron.

--Esto est lleno de misterios--me dijo el cannigo.

Volvimos al saln; pero la estancia all no era del todo grata.
Entre los presos haba enfermos en sus camas, algunos de tifus y de
disentera; nadie se haba cuidado de resolver el modo de ventilar la
antigua iglesia, y el ambiente era ya irrespirable.

Yo decid dejar la tribuna y poner mis dos colchones en el claustro, a
pesar de que todo el mundo consideraba esto como una extravagancia.


                                  III

                               LA TORRE


EL ltimo da del mes de septiembre entraron en el viejo edificio
del Saln de Cortes una nueva remesa de nacionales prisioneros del
Trocadero. Estaban asustados. Habl con alguno de ellos, y me dijeron
que teman por su vida, pues haban fusilado varios de los suyos en el
camino.

El mismo da el Saln de Cortes se desocup y ms de la mitad de los
presos vecinos de Sevilla quedaron libres, gracias a las gestiones
del subdelegado de polica. Esta mezcla de severidad y de lenidad me
preocupaba; a veces me figuraba que se iba a implantar el terror blanco
por los realistas; a veces, que todo era una broma.

Al parecer, esta divergencia dimanaba de que en ocasiones mandaba el
capitn general, y en otras, el subdelegado de polica.

El capitn general quera fusilar a todo el mundo, y, en cambio,
el subdelegado de polica pretenda dejar en libertad a los presos
polticos; de aqu esta desigualdad de procedimientos tan inquietante
y tan absurda. Yo estaba sin saber a qu atenerme; tan pronto me
pareca aquello una comedia de risa, como una cosa seria. Los presos se
escapaban con el asentimiento del subdelegado; pero de cuando en cuando
se pona a uno en capilla y se le fusilaba por orden de un consejo de
guerra.

Una maana, antes de almorzar, vino a visitarme la seora Landon
con su sobrina; me dijeron que el subdelegado haba dado orden de
dejarme en libertad; pero que el secretario se opona diciendo que el
capitn general haba escrito recomendando la mayor vigilancia con los
extranjeros sospechosos.

--As que tendr usted que estar unos das ms--termin diciendo la
seora Landon.

--No me importa gran cosa el encierro--le contest--; lo que me
desagrada es ir a comer al saln, en donde ya no se puede estar por la
pestilencia que hay. Si me trasladaran a otro lado, estara bien.

--Adnde quiere usted que le trasladen?

--Qu s yo! A un rincn cualquiera de este viejo edificio.

--Espere usted un cuarto de hora. Voy a hablar con el jefe del cuartel.

Me qued con la seorita Mercedes, que me impona un poco, y media hora
despus entr la seora Landon con un comandante de artillera.

El comandante dijo que todo el edificio estaba ocupado por la tropa y
los presos polticos.

--El nico local vaco que hay--sigui diciendo--es una pequea
habitacin en el campanario, la antigua vivienda del campanero. En
este momento la ocupa un sargento guardaalmacn que ha puesto all su
oficina; pero le podemos decir que se vaya.

--Vamos a ver esa habitacin--dijo la seora Landon.

--Vamos--repuse yo.

Fuimos las dos seoras, el comandante y yo; recorrimos un claustro,
pasamos una puerta y salimos a un patio abandonado y lleno de hierbas.
El comandante abri una puerta maciza de una torre, pasamos un pequeo
zagun empedrado y subimos por una escalerilla de piedra, de caracol
hasta el primer piso.

La habitacin del guardaalmacn consista en un cuarto como un
gabinete y una alcoba. El cuarto tena una gran ventana con rejas, y la
alcoba, una aspillera.

--Qu le parece a usted esto?--me pregunt el comandante.

--Muy bien. Me conviene.

--Le gusta a usted?--me dijo la seora Landon.

--S, mucho. Pienso inmortalizar esta torre llamndola desde ahora la
torre de Thompson.

El comandante mand desocupar el local e hizo trasladar mi cama. Me
pusieron una mesita y una silla, y la seora Landon prometi enviarme
unos tomos de sir Walter Scott.

--Aqu puede usted dedicarse a contemplar Sevilla. Desde lo alto del
campanario se domina toda la ciudad--me dijo el comandante.

--Aprovechar el permiso.

--Supongo que no se escapar usted, seor ingls?--me dijo luego el
comandante al darme la mano.

--Si encuentro ocasin, creo que lo har.

El comandante se ech a rer, y la seora Landon y Mercedes hicieron lo
mismo.

Al da siguiente de ocupar mi celda en la torre de Thompson, mi amiga
la seora Landon me envi los libros prometidos. Estuve leyendo algn
tiempo y cuando me cans me fu a pasear al claustro con el cannigo
Molinedo y el capitn Iscar.

De noche sub a lo alto del campanario, desde cuyo balcn pas horas
y horas contemplando Sevilla a la luz de la luna. Vea la Giralda,
los pinculos de la catedral, algunas torres y cpulas lejanas que no
conoca y los tejados, baados de luz plateada.




                                  IV

                          MARE SERENITATIS


MUCHAS extravagancias, absurdos e insensateces escribi Thompson
dirigidos a la luna, a la que contemplaba por las noches desde el
balcn de la torre. Entre sus notas fragmentarias la nica que tiene un
poco de sentido es sta, titulada _Mare Serenitatis_, y que dice as:

       Entre los nombres extraordinarios y poticos que los
       astrnomos han puesto en la geografa de la luna, ninguno
       para m tan sugestivo como el Mar de la Serenidad (_Mare
       Serenitatis_).

       Antiguamente deban creer que estos mares lunares tenan agua
       y oleaje; hoy se sabe que son llanuras, oquedades entre montes
       y crteres volcnicos.

       Como ese supuesto mar tuyo, oh Luna!, nosotros quisiramos
       que en el espritu humano hubiera tambin otro mar de la
       Serenidad en una regin oculta e inexplorada...

       Qu admirable descubrimiento sera llegar a l por entre un
       laberinto de montaas abruptas!

       Este _mare serenitatis_ tendra un agua ms sutil que la de
       las lagunas de las altas cumbres, y se extendera bajo un
       cielo claro y sin brillo.

       Yo no le pedira a este mar placeres indignos de un espritu
       noble, ni el olvido de las aguas del Leteo, sino la claridad,
       la comprensin de los enigmas de la vida, de nuestras
       brutalidades, de nuestros fanatismos y de nuestras violencias.

       All me gustara verme, sin clera y sin humildad, limitado
       ante la Naturaleza y tranquilo en mi limitacin; all me
       gustara ver mi espritu limpio de posos turbios y malsanos
       como un cristal brillando a la luz del sol.

       Desgraciadamente, ni en ti, vieja Selene, pequeo satlite, ni
       en nuestro espritu humano, tan pequeo como t, existe ese
       mar de la Serenidad.




                                   V

                               EL FRAILE


EL segundo da de mi prisin en la torre no vinieron la seora Landon
y su sobrina; en cambio, tuve la visita del cannigo Molinedo y del
capitn Iscar. Por lo que dijo el cannigo no quedaban ya presos en
el Saln de Cortes, excepto unos milicianos, a los cuales queran
trasladar a otro pueblo. El rey iba a llegar a Sevilla, y los realistas
haban pensado, como un nmero de festejos para agasajar a Fernando
VII, hacer una degollina de negros; y el subdelegado de polica,
siempre paternal con los liberales, se dispona a ir sacando de Sevilla
a los ms calificados y llevarlos a otra parte. Molinedo e Iscar
saldran al da siguiente.

El absurdo segua; persista el rgimen mixto de severidad y de
benevolencia. Se fusilaba a las personas ms inocentes y se dejaba
libres a las ms comprometidas.

El capitn Iscar me dijo:

--Sabe usted aquel hombre bajito y rubio, algo bizco, que estuvo
vigilndole a usted por orden del alcaide?

--S. Qu le ha ocurrido?

--Que se ha escapado.

--Pero, no era un vigilante de la crcel?

--Ca! Es un conspirador.

Iscar me cont cmo haba engaado a los carceleros.

--Y quin era ese hombre?

--Es uno de los tipos ms revoltosos de la poca. Se llama Aviraneta, y
ha sido el brazo derecho del Empecinado.

--Ahora que me habla usted del Empecinado, recuerdo a este Aviraneta.
Le he visto una vez con el general en el caf de La Fontana de Madrid.
Y usted le conoca de hace tiempo?

--S; yo le conoca desde la intentona de Porlier. Yo fu como emisario
de Porlier a ver al Empecinado a su finca de Castrillo de Duero, y all
hablamos Aviraneta, l y yo.

Se fueron Iscar y el cannigo Molinedo; yo sub al campanario y estuve
contemplando Sevilla, iluminada por los ltimos rayos del sol.

Al da siguiente, por la maana, al despertar, experiment la
desagradable sorpresa de ver a un fraile dominico que entraba en mi
cuarto acompaado del sargento guardaalmacn.

Era un fraile grueso, panzudo, con un aire de ballenato putrefacto,
las barbas rubias, el pelo rojo y ensortijado, que pareca hecho con
virutas, y los ojos de mope.

--Hijo mo--me dijo el fraile con un acento andaluz muy meloso--, he
sabido que ests preso y vengo a ofrecerte los socorros de la religin.
Supongo que tendrs cargada la conciencia y que una confesin general
aliviar tu alma.

--Es que han pensado ahorcarme?--pregunt yo al sargento, saltando en
camisa de la cama.

--No, no. Este padre ha venido aqu a confesar a otros presos y ha
querido verle a usted.

--Pues as se muera de repente!--murmur para mis adentros.

--No quiere usted confesarse?--me pregunt el padre.

--No, yo no soy catlico--exclam--. Soy ingls y de la religin de mi
pas.

--Tienes que abandonar esa hereja, hijo mo.

--Si tengo que convertirme por la fuerza--murmur yo--, mi conversin
no tendr ningn valor. Me he educado en la religin reformada y no
tengo motivo ninguno para creer que sea falsa. Si me dan argumentos,
los tomar en cuenta.

No me atrev a decir que el protestantismo, como el catolicismo, me
parecan formados por mitos ms alejados de la realidad que el de la
Cosa en s.

El fraile me ech una pltica de las ms ramplonas; en su acento dulzn
me dijo que el momento de la muerte poda estar muy prximo; que haba
que prepararse para este instante terrible, y que me traera libros
religiosos.

Se march el fraile con el sargento. Salt de la cama, me vest y baj
las escaleras hasta la puerta de la torre. Tena sta un cerrojo por
dentro y decid correrlo para que no me sorprendieran visitas como
aquella.

Acababa de echar el cerrojo cuando o un ruido de pasos en el pequeo
portal.

--Quin est aqu? Quin es?

--Por Dios, caballero!--dijo una voz--. No me pierda usted.

--Pero quin es usted? A ver. Venga usted a la luz, que nos veamos las
caras.

Subimos al primer piso y qued atnito al ver una muchacha vestida de
soldado.

--No diga usted nada, por Dios--exclam.

--Yo qu voy a decir, si soy un preso.

--Es usted un preso?

--S.

--Pues yo he venido disfrazada de soldado a darle un papel a mi novio,
en el que le explicaba por dnde se poda escapar; pero precisamente
esta misma noche le han sacado de Sevilla. Al saberlo he intentado
marcharme; pero me he encontrado la puerta cerrada, y para que no me
vieran me he metido aqu.

--Pues le va a usted a ser muy difcil salir. No traa usted ropa de
mujer?

--No.

--Veremos qu se hace. Suba usted.

La muchacha no era melindrosa. Nos repartimos los colchones, y ella
durmi en la alcoba, y yo, en el gabinete.

Al otro da la Trnsito, as se llamaba la chica, arregl el cuarto y
lo limpi, mientras estaba la puerta de la torre cerrada. Despus tuvo
que subir al campanario y pasar el da all.




                                  VI

                                EVASIN


AL da siguiente decid estudiar el terreno para ver si era posible una
evasin.

Me acost muy temprano y me levant al amanecer. Baj las escaleras de
mi encierro, abr la puerta y explor el patio. Este patio, en donde
se levantaba la la torre, se hallaba enlosado y circunscrito por tres
paredes altsimas y otra no tan alta que le separaba de un jardn
poblado de rboles.

Examin la tapia ms baja y vi que haba una antigua ventana cerrada a
una altura de tres o cuatro varas.

Si esta ventana no tena reja, por all deba de ser fcil pasar al
jardn vecino.

Vi en el patio una barrica, la empuj y la llev debajo de la ventana;
baj de mi cuarto una silla y la puse encima. Despus me sub a la
silla, y con un palo con punta, metindolo en el resquicio de la
ventana, llegu a abrirla. No haba reja. Cerr la ventana y me volv a
la torre.

A las nueve de la maana vino a visitarme el sargento guardaalmacn
que haba ocupado la torre antes que yo. Traa varios libros msticos,
enviado para m por el fraile.

Me dijo que ya no quedaban presos polticos, pues todos haban sido
trasladados fuera de Sevilla, mientras estuviera el rey en la ciudad.

--Y conmigo, qu van a hacer?

--No s. A m me han ordenado que le ponga un centinela de vista y que
le encierre con llave desde maana.

--Pues es una broma.

Me convena hacer algunas investigaciones antes de que se cerrase la
puerta, y al da siguiente, antes del alba, baj al patio.

La Trnsito quedara en la ventana, y si vea asomarse a alguien
tirara una piedrecita al suelo para avisarme.

Cog la silla en una mano, baj las escaleras, abr la puerta de la
torre, march hacia donde estaba la barrica y la coloqu debajo de la
ventana, y encima la silla, y despus a pulso entr por la ventana,
llenndome de araazos la cara y las manos.

Pas al otro lado, al jardn vecino; me agarr a la rama de un rbol
y baj por el tronco hasta la tierra. Estaba el huerto en el mayor
silencio; se oa nicamente el piar de los pjaros en el follaje. Cruc
el jardn sin hacer ruido.

Me acerqu al rbol que estaba ms inmediato a la pared que daba a la
calle; trep por l, y de rama en rama llegu al borde de la tapia y
mir con precaucin. Daba a una callejuela estrecha y desierta. La
tapia tendra seis o siete varas de alto. Me dieron tentaciones de
saltar; pero no quise dejar sola a Trnsito y volv al jardn, luego al
patio y despus a mi torre.

Hecha la excursin me lav y me acost.

Al da siguiente, al levantarme de la cama, vi que en la puerta haba
un artillero de centinela, con la bayoneta calada.

--Es que no puedo salir?--le pregunt.

--Esa es la orden que me han dado.

Al medioda se present la seora Landon. Le dije que mi asunto se
complicaba; que tena un centinela de vista y que me encerraban en la
torre con llave.

--Yo voy a ver si me escapo--continu diciendo.

--Har usted muy bien--exclam ella.

--Usted me podra ayudar?

--S, s; dgame usted lo que necesita.

Yo tena pensado mi plan.

--Necesitar un cordel de ochenta varas de largo, del grueso del dedo
meique.

--Y eso cmo lo voy a entrar aqu?

--Usted maana me regalar un almohadn; dir usted que es mi
cumpleaos, y dentro del almohadn vendr la cuerda.

--Muy bien.

--Adems, tomar usted dos botellas de Jerez, vacas, que conserven las
etiquetas, las llenar usted de aguarrs, las cerrar muy bien y me las
enviar con el almohadn, como regalo.

--Descuide usted; todo esto se har. Cmo piensa usted salir?

--Voy a hacer una escalera con el cordel que usted me traiga, y me
descolgar por la torre.

--Y despus?

--Despus pasar al jardn de al lado por un agujero de la tapia, y de
este jardn ir a la calle. Lo que quisiera saber son las salidas de la
calle que va por ah detrs.

La seora Landon y yo nos asomamos a la ventana enrejada, y yo le
mostr las copas de los rboles del jardn prximo, que asomaban por
encima de la tapia.

--Yo le podra enviar a usted un plano de Sevilla--dijo la seora
Landon--. Pero para qu? Es mejor otra cosa. Maana ser la
escapatoria?

--S, si usted me manda el almohadn.

--Eso vendr sin falta. A qu hora piensa usted escaparse?

--De diez a diez y media de la noche.

--A esa hora habr en esa callejuela una persona apostada que le
esperar y le acompaar.

Se march la seora, y yo pas el da con la mayor impaciencia. Por la
maana me despertaron, trayndome los regalos de la seora Landon: el
almohadn y las dos botellas de aguarrs disfrazadas de Jerez. Al verme
solo romp el almohadn, saqu la cuerda, y la Trnsito y yo comenzamos
a hacer la escala. Reserv un trozo de cordel de unas ocho varas.

Cerr el cerrojo de la puerta de la torre y estuvimos trabajando en el
campanario.

Desde all advertimos la gran animacin del pueblo.

Iba a entrar el rey de Espaa en la ciudad. Todos los balcones se vean
engalanados con colgaduras, con arcos de triunfo, ramas y flores. Las
calles estaban atestadas de gente.

--Por la orilla del ro se vean coches y calesines que iban hacia
la torre del Oro, y por los caminos lejanos se advertan grupos de
labradores a pie y en caballeras.

--Pueblo estpido!--exclam yo elocuentemente--. Entusismate con tu
Fernando. Cuando le convenga a este truhn te calentar las espaldas.

En todo el da terminamos la escala entre la muchacha y yo. A la hora
de retreta baj yo a la puerta de la torre. Estaba cerrada con llave.
Escuch. No andaba nadie por el patio.

Comenc mis pruebas. La escala no bastaba; le faltaban cinco o seis
varas para llegar desde el balconcillo del campanario al patio. Estuve
pensando en la manera de resolver esta dificultad, y me decid a aadir
a la escala una cuerda hecha con un trozo de sbana.

--Yo bajar primero--le dije a la Trnsito--; esperar en el patio y
silbar. Si acaso, cuando llegue usted a la cuerda hecha con la sbana
le falta fuerza para sostenerse, la recoger en brazos.

La muchacha dijo que no tena miedo. Entonces yo vaci mis dos botellas
de aguarrs en la palangana y fu embebiendo la escala y el trozo de
la sbana, hasta que empaparon casi todo el lquido. El resto lo ech
por un agujero en el zagun de la torre.

Despus at la escala al barandado de piedra del balcn del campanario,
y fu echndola abajo. Hecho esto, met una caja de pajuelas en el
bolsillo, y salt al lado de fuera del barandado y fu descendiendo con
dificultades hasta alcanzar al trozo de sbana y llegar al patio.

Silb suavemente, y not, por la cuerda, que la escala se agitaba y la
muchacha comenzaba a bajar despacio. Antes de que llegara al trozo de
la sbana yo acerqu la barrica y me sub a ella. Al llegar la Trnsito
al trozo de sbana pude sostener a la muchacha por los pies y luego por
el cuerpo.

Vena la muchacha rendida.

--Descanse usted--le dije--. Ahora vamos a ver un bonito
espectculo--aad.

Saqu el eslabn, el pedernal y la mecha; at una pajuela de azufre en
el trozo de sbana en que terminaba la escala y la pegu fuego con la
mecha.

Ardi la pajuela, despus el pedazo de sbana, luego la escala, de una
manera tan discreta, que pareca desaparecer por arte de magia.

Concluda esta parte, acercamos la barrica al ventanillo que comunicaba
con el jardn contiguo; hice pasar a la muchacha, luego pas yo,
cruzamos el jardn y subimos por un rbol a la tapia.

At el trozo de cuerda que llevaba a una rama gruesa de un rbol y la
punta la ech fuera de la tapia, hacia la calle.

--Yo me descolgar primero--le dije a la Trnsito--; luego la recibir
en brazos.

Me deslic por cerca de la pared y descend fcilmente. Despus baj la
muchacha, que se desoll las manos, y estuvo a punto de derribarme al
sostenerla.

Para que nadie lo advirtiera, desde la calle hice un ovillo con la
punta de la cuerda y la tir al otro lado de la tapia hacia el jardn.

--Ahora qu hacemos?--pregunt la Trnsito.

--Usted tiene sitio adonde ir?

--S.

--Pues entonces cada cual por su lado.

La estrech la mano y me separ de ella. La noche estaba obscura; no
haba un alma por aquellas inmediaciones.

Di dos vueltas arriba y abajo por la calle, cuando se me acerc una
mujer de pobre aspecto.

Era la seora Landon.

--Sgame usted--me dijo.

La segu; en las calles cntricas se senta el gran barullo; haba
comparsas de guitarras y panderetas y gente que cantaba canciones
alusivas a la entrada del rey. Los curas y frailes pasaban seguidos
del populacho, hablando y accionando, y capitaneando a patrullas de
desharrapados.

Todos eran gritos y vivas al rey absoluto y mueras a la Constitucin, a
los herejes y a los negros.




                                  VII

                          LA CASA ABANDONADA


SIEMPRE tras de la seora Landon llegu a una calle muy lejana de la
crcel y me detuve delante de un gran casern. Cruz mi gua un portal,
pas yo despus de ella; llegamos a un patio con jardn; luego a otro
patio, y me encontr en una casa grande y abandonada. La seora Landon
me llev a una sala con una alcoba con columnas. Me mostr una mesa con
viandas y me dijo:

--Cene usted y acustese.

--Muy bien. Nada ms?

--Puede usted estar con la luz encendida; pero no vaya usted con ella a
las habitaciones que dan a la calle. Esta casa est deshabitada y tiene
dos salidas. Si por una casualidad, que me parece improbable, vinieran
a buscarle por el lado por donde hemos entrado, puede usted escaparse
por esta otra parte. La llave est en la puerta.

--Bueno. Entendido.

--Quiere usted alguna cosa?

--Si no le molesta a usted, le dira que cree que sera conveniente el
que fuera usted maana al Saln de Cortes a hacer como que va a visitar
al preso y ver lo que dicen de su fuga.

--S, s; tiene usted razn. As lo har.

Dicho esto, la seora Landon me di las buenas noches y me dej solo.
Cen, me acost y dorm perfectamente hasta las siete.

Me levant a esta hora y recorr la casa.

Las habitaciones que daban a la calle estaban cerradas; el suelo y
los muebles, cubiertos de una capa de polvo. En los grandes espejos
deslustrados me vea en la semiobscuridad como un duende.

Sal al momento al jardn. Era grande, tena naranjos y palmeras y
comunicaba nicamente con el de la seora Landon. Una pared muy alta lo
separaba de un convento.

Me pase una hora, escudri en un antiguo invernadero, con las puertas
podridas y los cristales rotos y despus entr en la casa; recorr
los salones, y en uno encontr un armario abierto lleno de libros
encuadernados en pergamino. Casi todos estaban en latn, y nicamente
vi en castellano la historia de la conquista de Mjico, por el capitn
Bernal Daz del Castillo, y el libro de mi paisano William Bowles, la
_Introduccin a la Historia Natural y a la Geografa de Espaa_.

Le alternativamente uno y otro libro y me engolf de tal modo en la
lectura, que cuando mir al reloj eran las doce.

Baj al jardn, y la seora Landon, desde su ventana, me dijo que me
acercase.

Haba estado en la crcel, y al llegar al patio de la torre se haba
encontrado con los artilleros asombrados y risueos.

--El ingls ha volado--le dijo el sargento guardaalmacn.

--Cmo? Ha hudo?--le pregunt ella.

--S.

--Por dnde?

--Pues no se sabe. Es un misterio.

El sargento le cont que por la maana, al ver la puerta cerrada
por dentro, haban credo que el ingls estara enfermo y llamaron
repetidas veces, y en vista de que no contestaba descerrajaron la
puerta y entraron. En el cuarto del preso se vi que estaba rota una
sbana de la cama; en el campanario se encontr una peineta de mujer, y
en el zagun de la torre un fuerte olor a aguarrs.

Algunos crean que el ingls haba hudo por arte de magia.

En aquel momento dos capitanes hacan un informe para resolver cmo se
haba podido llevar a cabo la evasin.

Despus de contarme esto, la seora Landon mand que me pasaran la
comida, y por la tarde me dediqu a leer.

Al tercer da de cautiverio la seora Landon vino a visitarme y me dijo
que haba visto al subdelegado de polica y le haba confesado que yo
estaba en su casa. El subdelegado le advirti que no me presentara en
la calle, pero que no tena necesidad de esconderme.

El mismo da la seora Landon me indic que me iba a llevar por la
noche a casa de un sastre; le dije que en aquel momento yo no tena
dinero, a lo que contest que no importaba. Como la seora Landon era
tan dominante, tuve que ceder y fu con ella en coche a ver al sastre,
que llegaba de Gibraltar.

Era este sastre un francs de caricatura inglesa: alto, flaco, con los
hombros ms altos que la cabeza, la cara juanetuda y amarilla y las
piernas delgadas. No le faltaba para ser un tipo de Gillrray mas que
llevar las pantorrillas al aire, coleta y papillotes, y una rana en la
mano.

El sastre nos elogi sus telas con grandes extremos y nos mostr sus
trajes hechos.

La seora Landon escogi una levita verde botella que, segn dijo, me
vena muy bien, dos chalecos de piqu y un pantaln claro.

Despus pasamos por una sombrerera, donde me compr un sombrero de
copa; luego, por una zapatera, y volvimos con nuestras compras.

--Ahora, seor Thompson, va usted a hacer lo siguiente: Maana por la
maana, antes de que se hayan levantado mis criadas, ir usted al sitio
en donde paran las diligencias con un maletn en la mano; esperar
usted que venga una, y en seguida tomar usted un coche, dar las seas
de mi casa, y se presentar usted aqu y llamar a la puerta. Pasar
usted por mi sobrino.

Hice lo que me dijo, y al da siguiente llamaba a la puerta haciendo mi
papel de extranjero. La criada me haca entrar en la sala, y la seora
Landon me reciba con una mezcla de displicencia y afecto, como si
fuera de verdad un pariente importuno.




                                 VIII

                                DILEMA


LOS das siguientes fu presentado a los amigos como sobrino de la
seora Landon, y lleg esta seora a estar tan bien en su papel de ta,
que me acusaba de holgazn y vagabundo, como si me conociera a fondo.

Aunque lo pasaba bien, me aburra sin salir; tena grandes
conversaciones con Mercedes, a quien llamaba mi prima, en broma. Le
cont mi vida sin ocultarle nada, y ella me habl de su novio, un
muchacho de Sevilla, que estaba en el ejrcito, por quien senta la
seora Landon un gran odio.

Un da, la seora Landon me llam a su gabinete, y me dijo:

--Habla usted bastante con mi sobrina Mercedes.

--S.

--Mi sobrina, que, como habr usted notado, es bastante coqueta, tiene
una bonita renta, y le convendra a usted, que es un vagabundo sin un
cuarto.

--Ciertamente que me convendra--le dije--; pero como yo, aunque sea
un vagabundo, no soy un granuja, ni siquiera un ambicioso, no tengo
pretensiones con respecto a ella. No. Conozco mi situacin.

--No me entiende usted--dijo la seora Landon--. No me parece mal que
se dirija usted a ella.

--Pero hay un inconveniente, seora.

--Cul?

--Que ella tiene un novio.

--S; un miserable botarate, raqutico, intil para todo.

--Pero ella le quiere.

--Pues piense usted que no le quiere. En fin, ya sabe usted. Si usted
consigue que Mercedes olvide a ese mico, usted aqu ser el amo; si no,
ya se puede usted marchar de esta casa cuanto antes. Ocho das le doy
de plazo.

Tuve una conferencia con Mercedes, y le dije lo que me haba expuesto
la seora Landon.

--Me ha dado ocho das para hacer su conquista. Como yo no me siento
ningn Don Juan, me voy a marchar.

Ella me dijo que no me fuera; pero como el dilema era irme o casarme
con ella, Merceditas opt porque me marchase.

--Tiene usted dinero?--me dijo.

--No.

--Yo no tengo mas que dos monedas de cinco duros, que se las ofrezco.

--No; no quiero.

--Las tendr usted que tomar.

--Bueno; las tomar.

--Y cundo se va usted?

--Maana mismo. Llevar de la biblioteca este libro de _Historia
Natural_ de William Bowles.

--S, s; puede usted llevrselos todos, si quiere.

Al anochecer sal de la casa y fu a ver al banquero y representante de
Bertrn de Lis, por si tena alguna noticia de Inglaterra.

Al entrar en la crcel le haba escrito a Will Tick dicindole lo que
me pasaba y encargndole que si tena algo que decirme escribiera al
banquero de Sevilla.

El banquero me dijo que no le haban escrito absolutamente nada.

nicamente saba que, por encargo de los filohelenos de Londres, se
estaban comprando armas en Algeciras, que se llevaran en un barco que
pasara por el Estrecho con voluntarios, en direccin a Grecia.

Volv a casa, y por la noche escrib una carta a la seora Landon
dndole las gracias por sus bondades, y al amanecer me vest mi
redingote viejo y la ropa que haba sacado de Madrid; abr la puerta,
cruc Sevilla y me dirig camino de Jimena.




                                  IX

                               DE VIAJE


TOM mi camino hacia Gibraltar por Utrera. Era a principios de
noviembre y haca un hermoso tiempo para viajar. Las horas de sol
apretaba el calor, pero no de una manera molesta.

Sola dormir en el campo; compraba pan en los pueblos, y con pan y
fruta me alimentaba.

Me sirvi mucho el libro de William Bowles que haba sacado de casa de
la seora Landon, y gracias a sus indicaciones pude desayunarme con los
frutos del madroo (_arbustus unedo_), del alfonsigo (_pistacia vera_)
y del algarrobo (_seratonia silicua_), que produce vainas azucaradas.
Tambin tuve que explotar, en malas ocasiones, la _glycyrrhiza gladia_
o regaliz y el _opuntia vulgaris_ o higo chumbo.

Lo pasaba mal que bien siguiendo mi camino cuando, al comenzar a subir
una sierra, entre El Bosque y Ubrique, me encontr con un aldeano que
marchaba con su hija a Gibraltar; los dos a caballo.

El era hombre de cincuenta aos, muy moreno y muy seco, con patillas ya
grises. Ella tendra lo ms unos quince o diez y seis, y era preciosa,
delgada, fina, con los ojos negros, llameantes, la cara redonda y los
labios rojos.

Hablamos largamente el hombre y yo; me dijo que viajaba con frecuencia
y que haca contrabando. El se llamaba el seor Juan; la nia,
Milagros. Yo les cont quin era y algunas de mis aventuras, y los dos
se rieron mucho.

--Vaya, mntese usted a la grupa de mi caballo--me dijo l--, que me va
dando pena verle caminar a pie.

Sub al caballo y seguimos conversando y marchando por entre breales
secos, abruptos, interrumpidos muy de tarde en tarde por matas
polvorientas y lentiscos.

En los picachos ridos, quemados por el sol, se vean algunas cabras, y
las guilas volaban trazando grandes curvas por el aire.

--Y qu? No tiene usted miedo a los bandidos?--me dijo de pronto ella.

--Yo, ninguno. A m qu me van a hacer, si no tengo un cuarto?

--Quitarle la vida.

--Para qu?

--No le han ofrecido all en Sevilla un seguro para los ladrones?--me
pregunt l.

--A m, no. Es que hay un seguro as?

--S, seor. En toda Andaluca tiene usted seguros contra los ladrones.
El propietario que viaja y no quiere ser robado paga una cantidad a la
sociedad, y sta le da un salvoconducto y a veces una pequea escolta.

--Pero el Gobierno no hace nada para acabar con esta inmoralidad?

--Nada. El Gobierno de la Constitucin parece que ha querido hacer
algo; pero con la entrada de los franceses se ha acabado todo el orden,
y la gente perdida anda por los caminos como Pedro por su casa.

Mientras el seor Juan hablaba, su hija me examinaba con una mirada
curiosa e irnica.

Ibamos marchando por un mal camino ardoroso y polvoriento, por la
sierra, entre grandes encinas y algarrobos.

Antes de llegar a Ubrique paramos en una venta del camino.

--Usted har noche aqu?--me dijo el seor Juan.

--Es buena venta sta?--le pregunt.

--Muy buena.

--Es que no me quedan mas que unas pocas pesetas para llegar a
Algeciras y no me atrevo a gastarlas.

--No tenga usted cuidado. No le llevarn aqu casi nada.

Bajamos en la venta, y el ventero, un tipo no muy bien encarado, nos
llev a los tres a la cocina. Estuvimos charlando, cenamos, y despus
de cenar se arm un bailoteo de padre y muy seor mo con la Milagros y
otras chicas de la venta y unos mozos arrieros.

Los tales arrieros me parecieron un tanto desvergonzados. El seor Juan
me present a ellos.

Se llamaban el Gaviln, el Moreno, el to Malaspulgas y el Manquillo;
todos iban muy elegantes.

Me choc que obedecieran al seor Juan ciegamente, y ste me dijo que
eran sus mozos.

Yo tuve que bailar y lucir las habilidades que haba aprendido en
Sevilla en la academia de Alvarez de Acua.

--Ol por el ingls! Ah la sangrecita gitana! Vaya calor!--me
gritaban.

Estuvimos de broma hasta media noche.

Cansado y con el recuerdo de la Milagros en el cerebro me ech en un
colchn y me qued dormido.

Despert ya entrada la maana. Baj a la cocina y no haba nadie.
Llam, no me contestaron. La puerta estaba cerrada.

Entr en un cuarto prximo a la cocina y me choc ver en un rincn dos
trabucos y varios paquetes.

Quiz aqul era un nido de contrabandistas? Sal al zagun y qued
atnito y espantado al ver en el suelo un reguero de sangre. Este
reguero manchaba el portal y la cocina, segua por un corralillo y
terminaba en un rincn, donde la tierra estaba removida. La idea de
que all acababan de enterrar a un hombre me sobrecogi.

Entonces record vagamente que de noche haba odo ruido y rumores de
lucha. Este seor Juan y su hija y sus mozos seran bandidos?

Me pareci que no caba duda, y sin pensar en ms escal la tapia del
corral, salt al campo y sal a marchas forzadas camino de Ubrique.

Al registrarme los bolsillos vi que me haban robado el poco dinero que
llevaba, dejndome solamente unas monedas de cobre.




                                   X

                                UN LOCO


PAS Ubrique, pueblo bastante msero, en donde todo el mundo se
dedicaba a hacer contrabando con la mayor impunidad y a coser petacas
de cuero. Me choc que se vendiera el tabaco de contrabando a la vista
de todo el mundo, y me dijeron que el Gobierno espaol no se atreva a
mandar aduaneros.

Los ubriqueos estaban dispuestos a defender su prerrogativa de hacer
contrabando con la sangre de sus venas.

Desde Ubrique me intern en la sierra de los Gazules y llegu a Jimena.

Entraba en este pueblo por una callejuela cuando me vi seguido por un
hombre alto, delgado, moreno, con los ojos muy hundidos y la barba
negra, manchada de plata. Me esperaba algn nuevo percance. Me detuve
dispuesto a afrontar el conflicto. El hombre se me acerc y me dijo con
una voz bronca:

--Es usted godo?

Hice un gesto de extraeza, que lo mismo poda ser afirmativo que
negativo.

El hombre debi creer que deca que s, y sacando una hoja del bolsillo
exclam:

--Tome usted y lea usted.

Cog el papel, que era un impreso, y comenc a leerlo. Se trataba
de un manifiesto anticonstitucional completamente absurdo en donde
se protestaba de las impiedades de la poca. El manifiesto terminaba
diciendo: Viva la religin! Viva el Cid! Viva el honor castellano!
Abajo el vil judo que mora en Gibraltar!

Dado en Jimena de la Frontera el 15 de agosto de 1823.--_Yo el Rey._

Despus de leer el papel sonre, comprendiendo que aquel pobre hombre
no andaba bien del caletre, e hice una seal de asentimiento, y el
loco, agarrndome del brazo, me dijo:

--Me reconoce usted como soberano?

--S, seor.

--Me traer usted la cabeza del traidor Riego?

--Ahora mismo.

--Sabe usted dnde est ese pillo?

--S; necesitara una cuerda para atarlo.

--Ahora vengo con ella.

El loco ech a correr y yo me met en una posada. Ped noticias de
aquel desdichado, y me dijeron que las cuestiones polticas le haban
sorbido el seso; se habl tambin de los bandidos que merodeaban en la
sierra; pero yo no dije nada ni indiqu que los conoca.

Por la tarde sal de Jimena, y poco despus comenc a ver el mar.

El paisaje cambiaba; se vean grandes piteras y chozas con el tejado de
ramaje y de hierba.

Ya enfrente de la baha encontr a un guardia del resguardo, que me
indic el camino de Algeciras.




                                  XI

                                EL COPO


LLEGU a Algeciras un da de noviembre por la maana, cansado y sin una
moneda de cobre; antes de entrar en el pueblo me acerqu a la playa de
los Paredones, y viendo que no haba nadie me desnud, dej la ropa
sujeta con una piedra y me met en el mar.

El agua estaba templada; me frot el cuerpo con manojos de algas secas
y con arena.

El bao me quit la comezn del camino y me di un gran sueo y mucha
hambre.

Me hubiera gustado ser como el asno de Buridn, que me hubiesen
puesto a un lado una racin de comida y al otro unos colchones, para
demostrar, eligiendo, que tena libre albedro.

Como no estaba de suerte, no pude satisfacer mis dos necesidades de
comer y dormir, y me decid por aquella que no me costaba nada, y me
tumb al lado de una barca, de manera que el sol no me diese en la
cabeza.

Dorm bastantes horas, y cuando me despert me encontr rodeado de un
crculo de muchachos y de algn hombre, haraposos todos, que me miraban
hablando y riendo.

--Este es un gigante--deca uno.

--Ca! Es un elefante!

--Pues las patas las tiene de camello.

--No vaya a ser un ballenato que se ha escapado de la jaula.

--A qu va a venir aqu un ballenato, compadre?

--Quiz quiera tomar lecciones para sacar el copo.

--Seores--dije yo, incorporndome--, no soy nada de lo que dicen
ustedes; soy un ciudadano ingls que en este momento bosteza de hambre.

--Ah! Es un ingl--exclamaron todos.

--Pues, nada--dijo uno--: si tiene usted tanta carpanta, tire usted del
copo con nosotros y tendr usted su parte.

--Tirar aunque sea de una carreta por comer.

Quiz el hombre haba hecho su ofrecimiento con irona; pero al ver que
yo aceptaba su proposicin se qued sorprendido.

Me enter en qu consista el copo; me quit la levita, que dej en
una caseta de la playa, cog una cuerda de esparto con un corcho en la
punta y me puse a tirar de la sirga como los dems.

Tenamos ya las redes cerca de la playa cuando se nos acerc un vejete.

--No cogeris ms de dos pjaros--nos dijo.

El pronunciaba _pharos_.

--As revientes, pjaro de mal agero--murmur yo.

Se sac el copo, salieron en la red un amontonamiento de peces grandes,
y de pececillos, y se presentaron en seguida varios hombres a ofrecer
dinero por el pescado. Se termin la subasta y se sacaron cincuenta
reales, de los que me correspondieron a m tres. Al parecer fu una
buena pesca. Concluda la faena me lav y me puse la levita.

--Dnde comis vosotros?--le dije a uno de los muchachos compaeros
mos de tirar del copo.

Cada uno me indic un sitio distinto y me decid a ir a un fign con
uno a quien llamaban _Cara e perro_, que me inspir ms confianza. Com
en el muelle, en una taberna, cerca de donde sale al mar el ro de la
Miel, y fraternic con _Cara e perro_, el _Currichi_, el _Mojama_, el
_Chirri_, el _Rondeo_ y otros personajes distinguidos.

Estaba pensando en el problema de acostarme cuando se present en la
taberna un hombre de unos veinticinco aos, en compaa de un viejo.

El joven se acerc a la mesa.

--T, _Chirri_--dijo de una manera imperiosa--, vete a casa del
_Nacional_ y dile que maana est listo para las siete.

El _Chirri_ se levant inmediatamente y sali escapado.

--Quin es este seor?--pregunt yo, sealando al hombre del bigote.

--Este es Paquito, nuestro patrn--me dijeron--, el amo de la red de la
que ha tenido usted que tirar esta maana, y de los botes.

--El no suele estar all?

--No; l tiene dos barcas, una grande, con la que hace el contrabando,
que se llama el _Lince_, y otra ms pequea, la _Consolacin_.

Al mismo tiempo el dueo de las barcas y el viejo que le acompaaba
deban hablar de m. Paquito llam a uno de los muchachos que estaban
en mi mesa, que despus se me acerc.

--El patrn--me dijo--quiere hablar con usted.

Me levant y fu a su mesa.

--Sintese usted--me dijo Paquito--y tome usted lo que quiera.

Me sent y ped una taza de caf.

Era el patrn un hombre de unos treinta aos, delgado, seco, curtido
por el sol y el aire del mar, con los ojos brillantes y el bigote negro.

--Es usted ingls?--me pregunt de pronto.

--S, seor.

--Me han contado que ha estado usted esta tarde tirando del copo.

--Es verdad.

--Ha sido por capricho?

--No. Por ganar unos cuartos para comer. Se me ha concludo el dinero
que traa...

--Eso est bien. Puede uno ser ms caballero que el verbo divino y
tener las manos callosas del trabajo... Viene usted de Gibraltar?

--No, vengo por Francia.

--Y, oiga usted, ha venido usted a Espaa por pasear nada ms?

--No.

Y en seguida ech mano del mito Cox y lo desarroll ante los ojos del
patrn.

--Le ha gustado a usted Espaa?

--Mucho. Es un pas por el que tengo gran simpata.

--Chquela usted. No le falta a usted ms que una cosa para tenerme de
su parte.

--Y es?

--El ser liberal.

--Pues lo soy.

--Es usted de los mos. Cmo se llama usted, seor ingls?

--Yo, Thompson.

--Bueno, seor Thompson, aqu tiene usted un amigo.

--Muchas gracias.

--Qu necesita usted por el momento?

--Un sitio donde comer y dormir hasta que me manden dinero de mi pas.

--Vendr usted a mi casa. Hala, vamos!

Salimos de la taberna, tomamos por una calle en cuesta a salir a una
hermosa plaza, y de all seguimos por una avenida hasta detenernos en
una casita de un piso solo con una puerta grande y un escaln.

--Pase usted, Thompson--me dijo Paquito, y yo pas.




                                  XII

                         LA FAMILIA DEL PATRN


ME present Paquito a su mujer y a su madre y orden despus que me
arreglaran un cuarto. Estuvimos hablando de varias cosas. Paquito, como
todos los liberales espaoles, altos y bajos, tena la preocupacin
de la poltica y me pregunt acerca de las costumbres parlamentarias
inglesas, estas costumbres que son, segn parece, un gran honor para
todo ingls, aunque a m, la verdad, me han dejado siempre un tanto
indiferente.

Luego hablamos de la posibilidad de que la reaccin, entronizada por
los Cien Mil Hijos de San Luis en Espaa, se sostuviera o no. Paquito
tena la esperanza de un movimiento revolucionario. A m no me pareca
esto probable, y menos prximo, porque la mayora de la gente haba
quedado cansada de los ensayos infructuosos de los constitucionales.

Acabada nuestra charla me llevaron a un cuarto pequeo y encalado que
me cedieron.

Paquito se mostraba en su casa, a pesar de su liberalismo,
perfectamente tirnico. Era exigente, grun; todo lo que hacan los
dems le pareca detestable y nicamente manifestaba benevolencia para
sus faltas.

La madre era por el estilo: una vieja que rea por costumbre y
hablaba con una rapidez incomprensible para m. Siempre se quejaba de
fro.

Muchas veces que yo estaba sofocado por la tibieza del ambiente le oa
lamentarse de que no cerraban las puertas:

--Jess! Dios mo! Qu fro hace hoy! Me quieren matar! Yo no
puedo resistir este viento, que corta! Santo Cristo de la Alameda,
por qu no me habr quitado Dios de en medio, que no sirvo mas que de
estorbo a todo el mundo?

As iba esta vieja engarzando quejas y conjurando todos los santos y
santas del calendario.

La mujer de Paquito pareca una princesita condenada a vivir entre
piratas. Tena un aire resignado, unos ojos claros, ingenuos y una
gran suavidad. Era hija de un militar que haba guerreado en Amrica.
Haba quedado hurfana muy nia. Se llamaba Dolores. Me pareci que en
la casa no la guardaban consideracin alguna y que la hacan trabajar
demasiado.

El matrimonio tena un chico y una chica. El chico era un salvaje de
seis o siete aos, desptico y mal educado. Yo estuve muchas veces
a punto de calentarle las orejas porque se manifestaba de muy mala
intencin. El chiquillo lleg a tomarme odio.

Al cuarto o quinto da de llegar a Algeciras fu a ver al cnsul
ingls, que me proporcion trabajo para una temporada.

Le dije que estaba en relacin con los filohelenos de Londres, y l me
inform de que iba a llegar un barco con soldados para Grecia.

Cuando cobr el dinero del cnsul habl con Dolores, la mujer de
Paquito, para que me dijera lo que tena que pagar por estar en su casa.

Nos pusimos de acuerdo, y qued all, en mi cuartito pequeo,
escribiendo y pintando. Por la tarde sola dar un paseo por la playa,
y recorra tambin las calles del pueblo, con sus grandes caserones
blancos, con balconadas salientes, adornadas con hierros barrocos, sus
rejas, sus canalones y sus persianas pintadas de verde.

Paseaba tambin por la plaza Alta y por una avenida, cuyas bocacalles
iban a dar a la baha, y por las cuales se divisaba el cielo y el mar.

Como se estaba en un perodo de poltica revuelta, todos los das haba
algn acontecimiento. A medida que los ministros de Fernando VII se
apoderaban del Poder la represin era mayor. Se hacan prisiones, y
llegaban constantemente cuerdas de presos que el comandante del campo
de Gibraltar, don Jos O'Donnell, enviaba a los presidios de Africa.

Un da vi en la plaza Alta un espectculo triste. Un constitucional, un
hombre viejo, de noble aspecto, se escap de la cuerda; dos voluntarios
realistas le siguieron gritando: A se! A se! La gente fu tras
l, le cogieron y a palos lo dejaron tendido en el suelo.

El pueblo entero manifestaba un gran fervor realista; se haba
sustitudo la lpida de la Constitucin por otra con el letrero: Plaza
del Rey, con las armas de la ciudad y una corona. Paquito, que estaba
sealado como liberal exaltado, no sala apenas, y muchos, entre ellos
yo, le aconsejaron que fuera a Gibraltar y que no viniese mas que de
tarde en tarde. Esto fu lo que hizo.

Yo me alegr mucho, no por la seguridad de Paquito, que me tena sin
cuidado, sino por hablar libremente con Dolores. La verdad es que me
iba enamorando de ella por momentos. Era una mujer tan simptica, tan
buena! No me cansaba de orla.

Ya s yo que hay un mandamiento, no se cul, que dice que no se debe
desear la mujer del prjimo; pero esto siempre me ha parecido una
tontera; yo, no slo deseaba la mujer de mi prjimo, sino que se la
hubiera quitado si hubiese podido.

Cuando Dolores qued sola con su suegra y los chicos, yo le deca que
saliera, que no estuviera siempre metida en casa.

Un domingo dimos una vuelta por la baha en el _Lince_, una barca
grande. El _Chirri_ iba al cuidado de la vela y yo al timn.

Estaba el cielo azul y el mar casi tan azul como el cielo.

Enfrente se divisaba el Pen, de un color gris de ceniza, obscuro en
los sitios cubiertos de bosque y alargado hasta la punta de Europa...

Dolores me habl de su infancia, de la que conservaba un recuerdo
confuso de idas y venidas por colegios de distintas ciudades; me cont
una serie de nieras con verdadera gracia. Yo le haca mil preguntas y
le oa encantado.

El barco marchaba suavemente; vea desarrollarse ante mis ojos la lnea
quebrada de los montes formada por las ltimas ramificaciones de la
sierra de los Gazules.

A lo lejos apareca la serrana de Ronda, los montes de Gaucn y
Casares y los de Estepona.

Ms cerca la sierra Carbonera, con San Roque en un alto; El Campamento,
a orillas del mar, y luego La Lnea sobre el arenal que une la tierra
con Gibraltar.

--Vamos ya--dijo Dolores--, que la madre estar esperando.

--Qu prisa tiene usted para volver?--le pregunt yo.

--S, hay que hacer la cena.

--Deje usted la cena; por un da cenaremos ms tarde. El da est tan
hermoso!

--Bueno--replic ella.

Seguimos hablando. Avanzamos hasta la salida de la baha. Estaba el
Estrecho lleno de barcos, que navegaban con las velas desplegadas.
Pasamos cerca de las murallas, llenas de lquenes, de la isla Verde.

Ahora se vea el otro extremo de la gran baha casi circular, la Punta
Carnero, y a lo lejos, la costa de Africa, el acantilado blanquecino de
los montes de Sierra Bullones y el pico de la Almina de Ceuta.

Seguimos hablando Dolores y yo largo rato, y al caer la tarde le dije
al _Chirri_ que volviramos.

       *       *       *       *       *

Pasamos de nuevo por delante de la isla Verde. El sol iba retirndose
con lentitud, iba escalando las casas de Algeciras, brillaba en
los cristales, suba a los tejados, los abandonaba e iluminaba el
campanario de la iglesia con una claridad rojiza. La sierra pareca
acercarse, y al borrarse sus repliegues tomaba el aspecto de una
muralla que se levantara tras del pueblo. Las casas se destacaban con
ms claridad a la luz fra del crepsculo.

El cielo tomaba un color de escarlata por el lado del mar y ste iba
brillando con resplandores de rosa.

Al desembarcar, al acercarnos a Algeciras, las ventanas de las casas
comenzaban a iluminarse; se oa en las tabernas rasguear de guitarras y
se senta un olor fuerte de aceite fro.

Desde el muelle fuimos hasta la plaza Alta.

Al pasar hacia casa oamos la retreta en un cuartel.

       *       *       *       *       *

Dos das despus estaba en mi cuarto escribiendo, cuando se me present
Paquito, con un aire grave, dramtico.

Me advirti que me tena que hablar; hice ademn de orle, y de repente
me dijo que yo era un sinvergenza, un ingrato y un canalla que estaba
cortejando a su mujer. Negu yo el hecho, y entonces l me replic que
el domingo anterior haba ido a pasear en la lancha con Dolores y que
le haba dicho que era muy guapa y otra porcin de cosas.

--Quin le ha dicho a usted eso?

--Mi chico y el _Chirri_.

Me call y no repliqu; l sigui insultndome, y despus insultando a
su mujer.

Esto no lo pude soportar y salt.

Ya furioso, le dije que era un botarate y que su mujer vala millones
de veces ms que l; que le tena por un vanidoso y un farsante; que
su liberalismo era una mentira, porque no era mas que envidia por
los que podan y valan ms que l, y, en ltimo trmino, que estaba
dispuesto a batirme con l a puetazos, a navajazos o a tiros, porque
le consideraba uno de los seres ms despreciables y ms ridculos de la
tierra.

Mi indignacin le enfri a Paquito, y sin contestarme nada se march,
dejndome solo e iracundo.




                                 XIII

                               MAC CLAIR


DESPUS de nuestra ria, toda la familia de Paquito se traslad a
Gibraltar, y yo qued en una casa de la vecindad, en la ms profunda
desesperacin.

Segua trabajando para el cnsul, cuando recib un carta de Will Tick
anuncindome que pocos das despus pasara el Estrecho, en direccin a
Grecia, una expedicin de filohelenos.

Antes llegara a Algeciras el coronel Mac Clair, que iba a comprar
armas y municiones de guerra.

Saldra yo a recibirle al muelle y le reconocera, por ser un tipo
alto y delgado, vestido con un ulster negro con rayas blancas, y que
llevara un bulto cuadrado envuelto en tela encerada en la mano derecha
y un paraguas en la izquierda.

Efectivamente, lo reconoc. Era Mac Clair un hombre delgado, seco, de
aire enfermizo. Tena el pelo rojo, rizado, patillas cortas, bigote
grueso y anteojos azules. Por debajo del ulster usaba redingote de
color de castaa.

Llev a mi casa a Mac Clair, y al da siguiente fuimos en coche a
Tarifa, donde recogimos varias cajas de fusiles, escondidas cerca de la
playa, y las embarcamos en una gabarra.

El coronel Mac Clair march despus a Gibraltar, donde compr un
ciento de fusiles espaoles e ingleses.

El coronel me dijo que me avisara la llegada del paquebot que vena de
Londres con los filohelenos.

Efectivamente, quince das despus me avis. Con un tiempo muy malo
salimos los dos en un falucho.

Fuimos hasta Tarifa, en donde tenamos nuestras cajas de fusiles, las
embarcamos y esperamos toda una tarde y toda una noche.

Al da siguiente, el coronel reconoci el bergantn _Fnix_, al que
esperbamos.

Nos acercamos al barco, que pareca un gran pez negro sobre el agua, y
entramos en l.

Al pasar por delante de Algeciras se me humedecieron los ojos con el
recuerdo de Dolores.

       *       *       *       *       *

Estas cuartillas le a mistress Hervs, en el mirador del castillo de
Ondara, una tarde de verano.

Mi aventura en Grecia, quiz por ser insignificante, no la he escrito
todava. No s si la escribir alguna vez.


    Itzea-Vera del Bidasoa.--Octubre, 1916.


                     FIN DE LA RUTA DEL AVENTURERO




                              NDICE


                                                    Pginas.

  PRLOGO                                                  7


                      EL CONVENTO DE MONSANT

     I.--Una ciudad levantina                             11

    II.--El castillo                                      17

   III.--Los sospechosos                                  21

    IV.--Entierro                                         27

     V.--El teniente Eguaguirre                           33

    VI.--El mirador del castillo                          41

   VII.--Los oficiales                                    47

  VIII.--Urbina                                           51

    IX.--Recomendacin de Kitty                           55

     X.--Explicacin                                      59

    XI.--El proyecto                                      65

   XII.--El viaje                                         69

  XIII.--El convento                                      75

   XIV.--Los argonautas                                   83

    XV.--El rapto                                         95

  EPLOGO                                                105


                        EL VIAJE SIN OBJETO

  PRLOGO                                                113


                           PRIMERA PARTE

                      UNA VIDA INSIGNIFICANTE

     I.--El viajero y su cancin                         117

    II.--Disecacin y farmacia                           121

   III.--Los libros de mi to                            125

    IV.--La casa de Israels y Piper                      129

     V.--Elogio de la litografa                         133

    VI.--En plena bohemia                                137

   VII.--Das tristes                                    141

  VIII.--Examen de mis aptitudes por el sistema
         mtrico decimal                                 145

    IX.--ltima hazaa en Londres                        149

     X.--Los destinos absurdos                           153

    XI.--En memoria de Burton                            157

   XII.--Charlatanes y saltimbanquis                     161

  XIII.--Comienzo de una aventura romntica              167

   XIV.--En la diligencia                                175

    XV.--Mary la de Biriatu                              179

   XVI.--La venta de Inzolas                             183


                           SEGUNDA PARTE

                       DEL PIRINEO A MADRID

     I.--Los placeres del campo                          185

    II.--Erlaiz el panadero                              187

   III.--El parador de Sumbilla                          193

    IV.--Pamplona                                        197

     V.--Los caballeros                                  203

    VI.--Los estratos sociales de Pamplona               205

   VII.--Philonous                                       209

  VIII.--Los realistas franceses                         211

    IX.--Conspiraciones                                  213

     X.--El calor                                        217

    XI.--Las moscas                                      221

   XII.--En las Brdenas                                 223

  XIII.--Revelacin de la Espaa clsica                 227

   XIV.--El santero                                      231


                           TERCERA PARTE

                        DE MADRID A SEVILLA

     I.--La casa de huspedes                            235

    II.--Digresiones sobre el pas                       239

   III.--Salida de Madrid                                243

    IV.--De Sevilla a la crcel de Sanlcar              247

     V.--Nieves la alcaidesa                             253

    VI.--Las recomendaciones                             257

   VII.--En el camino                                    259


                           CUARTA PARTE

                            PRISIONERO

     I.--El Saln de Cortes                              263

    II.--La seora Landon                                267

   III.--La torre                                        271

    IV.--Mare Serenitatis                              275

     V.--El fraile                                       277

    VI.--Evasin                                         281

   VII.--La casa abandonada                              287

  VIII.--Dilema                                          291

    IX.--De viaje                                        295

     X.--Un loco                                         299

    XI.--El copo                                         301

   XII.--La familia del patrn                           305

  XIII.--Mac Clair                                       311




                            OBRAS COMPLETAS

                               DE AZORIN


I.--EL ALMA CASTELLANA.

II.--LA VOLUNTAD.

III.--ANTONIO AZORN.

IV.--LAS CONFESIONES DE UN PEQUEO FILSOFO. (Aumentada.)

V.--ESPAA.

VI.--LOS PUEBLOS.

VII.--FANTASAS Y DEVANEOS.

VIII.--EL POLTICO.

IX.--LA RUTA DE DON QUIJOTE.

X.--LECTURAS ESPAOLAS.

XI.--LOS VALORES LITERARIOS.

XII.--CLSICOS Y MODERNOS.

XIII.--CASTILLA.

XIV.--UN DISCURSO DE LA CIERVA.

XV.--AL MARGEN DE LOS CLSICOS.

XVI.--EL LICENCIADO VIDRIERA.

XVII.--UN PUEBLECITO.

XVIII.--RIVAS Y LARRA.

XIX.--EL PAISAJE DE ESPAA VISTO POR LOS ESPAOLES.

XX.--ENTRE ESPAA Y FRANCIA.

XXI.--PARLAMENTARISMO ESPAOL.

XXII.--PARS BOMBARDEADO Y MADRID SENTIMENTAL.

XXIII.--LABERINTO.

XXIV.--MI SENTIDO DE LA VIDA.

XXV.--AUTORES ANTIGUOS. (ESPAOLES Y FRANCESES.)

XXVI.--LOS DOS LUISES Y OTROS ENSAYOS.





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Ruta del Aventurero, by Po Baroja

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possession. If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a
Project Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound
by the terms of this agreement, you may obtain a refund from the
person or entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph
1.E.8.

1.B. "Project Gutenberg" is a registered trademark. It may only be
used on or associated in any way with an electronic work by people who
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things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
even without complying with the full terms of this agreement. See
paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project
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electronic works. See paragraph 1.E below.

1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the
Foundation" or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection
of Project Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual
works in the collection are in the public domain in the United
States. If an individual work is unprotected by copyright law in the
United States and you are located in the United States, we do not
claim a right to prevent you from copying, distributing, performing,
displaying or creating derivative works based on the work as long as
all references to Project Gutenberg are removed. Of course, we hope
that you will support the Project Gutenberg-tm mission of promoting
free access to electronic works by freely sharing Project Gutenberg-tm
works in compliance with the terms of this agreement for keeping the
Project Gutenberg-tm name associated with the work. You can easily
comply with the terms of this agreement by keeping this work in the
same format with its attached full Project Gutenberg-tm License when
you share it without charge with others.

1.D. The copyright laws of the place where you are located also govern
what you can do with this work. Copyright laws in most countries are
in a constant state of change. If you are outside the United States,
check the laws of your country in addition to the terms of this
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distributing or creating derivative works based on this work or any
other Project Gutenberg-tm work. The Foundation makes no
representations concerning the copyright status of any work in any
country outside the United States.

1.E. Unless you have removed all references to Project Gutenberg:

1.E.1. The following sentence, with active links to, or other
immediate access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear
prominently whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work
on which the phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the
phrase "Project Gutenberg" is associated) is accessed, displayed,
performed, viewed, copied or distributed:

  This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
  most other parts of the world at no cost and with almost no
  restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it
  under the terms of the Project Gutenberg License included with this
  eBook or online at www.gutenberg.org. If you are not located in the
  United States, you'll have to check the laws of the country where you
  are located before using this ebook.

1.E.2. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is
derived from texts not protected by U.S. copyright law (does not
contain a notice indicating that it is posted with permission of the
copyright holder), the work can be copied and distributed to anyone in
the United States without paying any fees or charges. If you are
redistributing or providing access to a work with the phrase "Project
Gutenberg" associated with or appearing on the work, you must comply
either with the requirements of paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 or
obtain permission for the use of the work and the Project Gutenberg-tm
trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or 1.E.9.

1.E.3. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
with the permission of the copyright holder, your use and distribution
must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any
additional terms imposed by the copyright holder. Additional terms
will be linked to the Project Gutenberg-tm License for all works
posted with the permission of the copyright holder found at the
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License terms from this work, or any files containing a part of this
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electronic work, or any part of this electronic work, without
prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
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to or distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format
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version posted on the official Project Gutenberg-tm web site
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to the user, provide a copy, a means of exporting a copy, or a means
of obtaining a copy upon request, of the work in its original "Plain
Vanilla ASCII" or other form. Any alternate format must include the
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access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works
provided that

* You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
  the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
  you already use to calculate your applicable taxes. The fee is owed
  to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he has
  agreed to donate royalties under this paragraph to the Project
  Gutenberg Literary Archive Foundation. Royalty payments must be paid
  within 60 days following each date on which you prepare (or are
  legally required to prepare) your periodic tax returns. Royalty
  payments should be clearly marked as such and sent to the Project
  Gutenberg Literary Archive Foundation at the address specified in
  Section 4, "Information about donations to the Project Gutenberg
  Literary Archive Foundation."

* You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
  you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
  does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
  License. You must require such a user to return or destroy all
  copies of the works possessed in a physical medium and discontinue
  all use of and all access to other copies of Project Gutenberg-tm
  works.

* You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of
  any money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
  electronic work is discovered and reported to you within 90 days of
  receipt of the work.

* You comply with all other terms of this agreement for free
  distribution of Project Gutenberg-tm works.

1.E.9. If you wish to charge a fee or distribute a Project
Gutenberg-tm electronic work or group of works on different terms than
are set forth in this agreement, you must obtain permission in writing
from both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and The
Project Gutenberg Trademark LLC, the owner of the Project Gutenberg-tm
trademark. Contact the Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1. Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
works not protected by U.S. copyright law in creating the Project
Gutenberg-tm collection. Despite these efforts, Project Gutenberg-tm
electronic works, and the medium on which they may be stored, may
contain "Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate
or corrupt data, transcription errors, a copyright or other
intellectual property infringement, a defective or damaged disk or
other medium, a computer virus, or computer codes that damage or
cannot be read by your equipment.

1.F.2. LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
liability to you for damages, costs and expenses, including legal
fees. YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3. YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
DAMAGE.

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written explanation to the person you received the work from. If you
received the work on a physical medium, you must return the medium
with your written explanation. The person or entity that provided you
with the defective work may elect to provide a replacement copy in
lieu of a refund. If you received the work electronically, the person
or entity providing it to you may choose to give you a second
opportunity to receive the work electronically in lieu of a refund. If
the second copy is also defective, you may demand a refund in writing
without further opportunities to fix the problem.

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in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS', WITH NO
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LIMITED TO WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

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damages. If any disclaimer or limitation set forth in this agreement
violates the law of the state applicable to this agreement, the
agreement shall be interpreted to make the maximum disclaimer or
limitation permitted by the applicable state law. The invalidity or
unenforceability of any provision of this agreement shall not void the
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1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
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providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in
accordance with this agreement, and any volunteers associated with the
production, promotion and distribution of Project Gutenberg-tm
electronic works, harmless from all liability, costs and expenses,
including legal fees, that arise directly or indirectly from any of
the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this
or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or
additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any
Defect you cause.

Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of
computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
from people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future
generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
www.gutenberg.org Section 3. Information about the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its
volunteers and employees are scattered throughout numerous
locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt
Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
date contact information can be found at the Foundation's web site and
official page at www.gutenberg.org/contact

For additional contact information:

    Dr. Gregory B. Newby
    Chief Executive and Director
    gbnewby@pglaf.org

Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment. Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements. We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
state visit www.gutenberg.org/donate

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations. To
donate, please visit: www.gutenberg.org/donate

Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works.

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
freely shared with anyone. For forty years, he produced and
distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
edition.

Most people start at our Web site which has the main PG search
facility: www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.

